Friday, March 4, 2016

Enseñándole a la máquina

Me despierto por la mañana y siento que mis manos se han transformado en garras de oso. Hago ejercicios (Robert dice que me parezco a un bebé experimentando con los dedos) para liberar los tendones y desplegar manos humanos. Doctor Cuatro me dice que el hecho de tener cinco dedos cerrados en garras de oso lo tiene sorprendido. No ha visto algo similar, una evolución de ser humano a oso tan rápido, apresurado por los tratamientos del cáncer. Me está ofreciendo la cirugía. Cinco dedos. Dos manos. Una mano a la vez con un mes de recuperación para cada uno. ¿Dónde encaja todo esto en mi calendario?

Me cae bien el Doctor Cuatro. Es el tercer cirujano que he visto este año. La primera cirujana era muy objetiva, explicando los posibles efectos secundarios sin mucha empatía. El segundo fue muy amable, "Usted nació con un defecto cardíaco. Vamos a arreglar el problema. ¿De acuerdo?" El doctor Cuatro, alto y delgado, con largos rizos rubios, ojos y piel pálido como si fuera inglés o escandinavo, entró dos veces, en sus matorrales, buscando algo. El tono de su enfermera era casi maternal, "¿Necesita algo, doctor?" Parecía ser el tipo de hombre que buscaba las cosas para sí mismo para no tener que molestar a nadie. Cuando me habló, no era para recomendar un tratamiento. Él reconoció el problema en mis manos, explicando que hay un nódulo en la base de cada tendón del dedo que se atasca en la articulación. Dijo que no sabía por qué yo tenía cinco dedos atascados tan repentinamente. "No sabemos todo, ya sabes... muchas veces desconocemos los 'porqués'". Y añadió: "Tiene algunas opciones," y se detuvo. A mí me tocó decir, "me gustaría seguir adelante con la opción de cirugía, por favor." Me dio la impresión de que le gusta trabajar con muñecas y pulgares pero no tanto le gusta explicar las opciones. El lunes averiguaré la fecha para la primera cirugía. "¿Cuál le gustaría que se haga primero?" me preguntó. "Incluso, yo podría esperar hasta el mero día de la cirugía para tomar una decisión." Él me conoce bien. No estoy acostumbrada a tener tanta decisión en los consultorios médicos.

Estos lugares me parecen llenos de paradoja. Por un lado, representan la aplicación sincronizada de tanto conocimiento. Son como una máquina bien engrasada, aplicando las estadísticas, dando miles de tratamientos para miles de condiciones, usando siempre el protocolo indicado. Se puede sentirse uno como un engranaje en la máquina. Uno puede perderse en esa máquina médica. Pero, por otro lado, cuando uno platica con un ser humano dentro de la máquina, se le recuerda que al final del día, la maquina no tiene idea de cómo su cuerpo responderá a este tratamiento. Usted es único después de todo, y puede sorprenderlos a todos. Usted tiene algo que añadir en esta discusión. Algunos médicos comunican esta verdad mejor que otros, y saben la importancia de escuchar al paciente. Tal vez es una habilidad aprendida.

Incluso se puede ver que la maquina aprende a través del tiempo. En los últimos dos días he estado en tres hospitales, todos construidos en diferentes años. Se puede ver cómo se han añadido edificios, conectados por un laberinto de pasillos que salen a ángulos extraños. En uno de estos hospitales fuimos ayudados por una secretaria en su oficina. En el otro tuvimos que pedirle a una enfermera que nos abriera una puerta para poder salir. Estos hospitales no era fáciles de navegar. Al otro lado, el nuevo hospital, donde voy para mis tratamientos, tiene un plan más intuitivo. Los arquitectos supieron como tomar en cuenta las preguntas y la comodidad y las confusiones humanas.


Tal vez hoy, en mi singularidad, he aportado algo al aprendizaje de la maquina: que la mano del ser humano, y las garras del oso, y los tratamientos del cáncer tienen algún tipo de conexión. Tal vez logré que la máquina fuera un poquito más sensible al ser humano. Nunca lo sabré.

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