Me despierto por
la mañana y siento que mis manos se han transformado en garras de oso. Hago
ejercicios (Robert dice que me parezco a un bebé experimentando con los dedos)
para liberar los tendones y desplegar manos humanos. Doctor Cuatro me dice que
el hecho de tener cinco dedos cerrados en garras de oso lo tiene sorprendido.
No ha visto algo similar, una evolución de ser humano a oso tan rápido, apresurado
por los tratamientos del cáncer. Me está ofreciendo la cirugía. Cinco dedos.
Dos manos. Una mano a la vez con un mes de recuperación para cada uno. ¿Dónde
encaja todo esto en mi calendario?
Me cae bien el
Doctor Cuatro. Es el tercer cirujano que he visto este año. La primera cirujana
era muy objetiva, explicando los posibles efectos secundarios sin mucha empatía.
El segundo fue muy amable, "Usted nació con un defecto cardíaco. Vamos a
arreglar el problema. ¿De acuerdo?" El doctor Cuatro, alto y delgado, con
largos rizos rubios, ojos y piel pálido como si fuera inglés o escandinavo, entró
dos veces, en sus matorrales, buscando algo. El tono de su enfermera era casi
maternal, "¿Necesita algo, doctor?" Parecía ser el tipo de hombre que
buscaba las cosas para sí mismo para no tener que molestar a nadie. Cuando me habló,
no era para recomendar un tratamiento. Él reconoció el problema en mis manos,
explicando que hay un nódulo en la base de cada tendón del dedo que se atasca
en la articulación. Dijo que no sabía por qué yo tenía cinco dedos atascados tan
repentinamente. "No sabemos todo, ya sabes... muchas veces desconocemos
los 'porqués'". Y añadió: "Tiene algunas opciones," y se detuvo.
A mí me tocó decir, "me gustaría seguir adelante con la opción de cirugía,
por favor." Me dio la impresión de que le gusta trabajar con muñecas y
pulgares pero no tanto le gusta explicar las opciones. El lunes averiguaré la fecha
para la primera cirugía. "¿Cuál le gustaría que se haga primero?" me
preguntó. "Incluso, yo podría esperar hasta el mero día de la cirugía para
tomar una decisión." Él me conoce bien. No estoy acostumbrada a tener
tanta decisión en los consultorios médicos.
Estos lugares me
parecen llenos de paradoja. Por un lado, representan la aplicación sincronizada
de tanto conocimiento. Son como una máquina bien engrasada, aplicando las
estadísticas, dando miles de tratamientos para miles de condiciones, usando
siempre el protocolo indicado. Se puede sentirse uno como un engranaje en la máquina.
Uno puede perderse en esa máquina médica. Pero, por otro lado, cuando uno
platica con un ser humano dentro de la máquina, se le recuerda que al final del
día, la maquina no tiene idea de cómo su cuerpo responderá a este tratamiento. Usted es único después
de todo, y puede sorprenderlos a todos. Usted tiene algo que añadir en esta
discusión. Algunos médicos comunican esta verdad mejor que otros, y saben la
importancia de escuchar al paciente. Tal vez es una habilidad aprendida.
Incluso se puede
ver que la maquina aprende a través del tiempo. En los últimos dos días he
estado en tres hospitales, todos construidos en diferentes años. Se puede ver
cómo se han añadido edificios, conectados por un laberinto de pasillos que
salen a ángulos extraños. En uno de estos hospitales fuimos ayudados por una
secretaria en su oficina. En el otro tuvimos que pedirle a una enfermera que
nos abriera una puerta para poder salir. Estos hospitales no era fáciles de
navegar. Al otro lado, el nuevo hospital, donde voy para mis tratamientos,
tiene un plan más intuitivo. Los arquitectos supieron como tomar en cuenta las
preguntas y la comodidad y las confusiones humanas.
Tal vez hoy, en
mi singularidad, he aportado algo al aprendizaje de la maquina: que la mano del
ser humano, y las garras del oso, y los tratamientos del cáncer tienen algún
tipo de conexión. Tal vez logré que la máquina fuera un poquito más sensible al
ser humano. Nunca lo sabré.

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