Wednesday, March 2, 2016

Sin palabras

   
 A veces cuando empiezo a escribir, encuentro que el tema ha cambiado mientras he estado escribiendo. Entonces tengo dos opciones. Puedo buscar la manera de conectar los dos temas o puedo borrar los detalles del primer tema y explorar el segundo.
     Hoy pensé que estaba escribiendo sobre la controversia, pero me di cuenta que no, que había cambiado el tema a la comunicación no-verbal. No soy muy experta en este tipo de comunicaciones, y se me atraviesan, muchas veces, personas que se sienten mal y que no logran que yo me dé cuenta. Es más fácil cuando estoy enseñando algo. Si detecto el entusiasmo en mis alumnos, me esfuerzo más. Si detecto aburrimiento, cambio de actividad. El aburrimiento es un anatema.
     Ayer, (con mis amigos sirios, "ayer" quiere decir cualquier momento en el pasado) Si se refiere a mucho tiempo atrás, repetimos la palabra "ayer” y añadimos gestos). Así que, ayer, me encontré con otra familia siria que acaba de llegar a Canadá y que ahora vive en el mismo edificio que Manal. La mama, Jala, me sirvió una pequeña taza de café con un budín. Los invitamos a participar en nuestra clase de inglés, y mi clase aumentó de uno a seis. Nos reímos mucho. Nos paramos en las sillas, nos sentados en las paredes, giramos a la izquierda, giramos a la derecha, nos tocamos los pies, y señalamos los colores. Me senté en el piso, y me comporté como una niña para jugar el juego de aprendizaje.
     Durante la clase, estuve viendo las caras de mis nuevos alumnos, porque era la única manera de saber lo que sentían. Ellos no podían hablar inglés. Creo que me atraen estas mujeres sirias porque son tan hospitalarias y tan expresivas, como son muchas de mis amigas mexicanas. Esto hace que sean más fáciles de entender, más fácil de enseñar. No todas las culturas son tan expresivas, sin embargo, tengo que evitar este tipo de evaluación. (¿Le gustaría que su hija introvertida fuera evaluada por su expresividad?) Yo observaba mucho las expresiones de Jala. Observaba su expresión de concentración, con su frente ligeramente fruncida. Observaba que cuando yo me dirigía hacia ella, ella se inclinaba la cabeza con un gesto de aprobación. A mí me encanta enseñar a personas tan receptivas, y rara vez soy yo que termino la clase. Es Manal, riéndose y agarrándose la cabeza por lo mucho que ha aprendido, quien pide el descanso. Nunca me hablaría de aburrimiento.
     Creo que entiendo sus gestos. Pero quién sabe. Hasta los gestos más sencillos (Ve. Ven.) se pueden malinterpretar. Recuerdo cuando nuestro amigo Rolando llegó a visitarnos en Guerrero hace años. Quería quedarse en un hogar mixteco, y era su primera noche. Una hora después de irlo a dejar, llegó a la casa, molesto.  Insistía, "¡Me sacaron de la casa!" Lo dudábamos, y le preguntamos, "¿Cómo lo sabes?" Dijo que le habían señalado que se fuera. Estaba completamente seguro de las intenciones de sus anfitriones.
     Fuimos a la casa de nuestros vecinos, y tratamos de resolver el misterio. Esto es lo que había sucedido: Rolando había dicho, en español, que quería bañarse. Pero la familia pensaba que estaba preguntando por el baño, y no había baño. Se bañaban afuera junto al tanque de agua, y lo demás  se hacía en el campo al otro lado de la calle. Por eso señalaban hacia afuera, hacia la oscuridad. Rolando y su familia no podían comunicarse, ni con los gestos más sencillos.

     Al fin, después de una explicación, Rolando pudo volver a la casa de sus anfitriones. También yo sigo aprendido de mis anfitriones sirios, comportándome como una niña para poder comunicarme con ellos. La comunicación intercultural es un regalo de Dios que nos mantiene jóvenes y nos recuerda lo mucho que nos falta aprender.

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