Cuando mi
compañera Eunice primero comenzó a trabajar como médico, tuvo una serie de
trabajos interesantes. Apoyaba a un médico en una farmacia (acá apenas empiezan
a abrir consultorios junto a las farmacias). Eunice también ayudaba a hacer
cirugías, y se preocupaba de que la pidieran a ayudar con los abortos. Luego
trabajó en una clínica que certificaba a los trabajadores sexuales, revisando a
ver si tenían SIDA o alguna enfermedad de transmisión sexual. Luego un amigo la
convenció abrir una clínica en un pueblo fuera de la ciudad de Oaxaca. Él hacía
análisis de sangre, y ella daba consultas. Todo les iba bien hasta que ella se
dio cuenta de que la gente estaba llegando a pedir análisis de sangre sin que
se les pidiera. El laboratorio de su compañero estaba lleno de clientes porque
por alguna razón, la gente pensaba que el análisis de sangre funcionaba como
cura. Después de todo, picarse con una aguja y extraerse sangre tiene que valer
de algo. Dar un poco de sangre debe resultar en algo saludable. Debemos
recordar que por siglos los médicos sacaban sangre para curar muchas
enfermedades. Y hoy la medicina sigue siendo tanto un arte como una ciencia.
¿Cuánto nos confiamos en los artistas sin entender mucho de lo que hacen?
Pienso en eso
cuando estoy acostada bajo esa máquina de radiación. ¿Cuánto tiempo duró el
médico explicando lo que sucede cuando la máquina suena, y las luces se
encienden, y todos salen de la
habitación? El médico me dio un folleto para leer, pero la información es
escasa, y no puedo entender por qué la maquina suena cinco veces en una
posición y dos veces en otra o por qué
se puede ver algo abrir y cerrar dentro de la máquina, bañado de una luz verde.
Realmente no entiendo por qué este proceso no mata todas mis células o por que
no causa aún más cáncer. ¿Cuánto nos confiamos en los artistas sin entender lo
que hacen?
En el camino a
Lively, miré por la ventana las rocas que habían cortado para hacer la
carretera, como bancos de un río, y en la parte más alta de cada banco, vi
pequeños montones de piedras. Había cientos de estas figuras, tal vez miles, a
lo largo de la carretera. No eran más que montones de piedras, hecho con la
figura de un hombre. Se llaman inuksuk (que significa sustituto de personas) y
una vez fueron los marcadores de navegación para la gente que vivía en el
Ártico, donde el terreno tiene pocos marcadores naturales. Se encuentran desde
Alaska hasta Groenlandia y se han convertido no sólo en un símbolo para el
propio pueblo inuit, sino en símbolo
nacional de Canadá. Fueron utilizados para los Juegos Olímpicos de Invierno de
2010 en Vancouver.
En 2007 el
artista inuvialuit Bill Nasogaluak construyó un inuksuk para la ciudad de
Monterrey, México, para conmemorar la participación de Canadá en la ciudad. Una
de sus piedras proviene del Ártico y el otro de Toronto, la ciudad natal del
artista, y en conjunto, forman el corazón del inuksuk.
¿Por qué la gente
para sus coches sobre la carretera que va hacia el Ártico y construye estas pequeñas
figuras humanas? ¿Qué le atrae? ¿Qué están marcando con sus pequeños montones
de piedras, Por otro, parece ser algo misterioso,
algo que nos une con los que vivían en un mundo frio y sin rasgos distintivo, y
con las personas que aún viven allí, y con algunos seres desconocidos que se
paran en la carretera para amontonar piedras. ¿Cuánto nos confiamos en los
artistas sin entender lo que hacen? La
ciencia no lo explica.



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