Una de las
ventajas de estar en el coche durante seis horas mientras viajas a las montañas
llamadas Poconos para ver a tus amigos, es que disfrutas el cambio de color de
las hojas que trae el otoño. Eso, y te pones al
día con tus podcasts favoritos. Escucho
discursos sobre ciencia, e historia, y economía y escucho también los sermones
de dos iglesias con las cuales me relaciono. A partir de estos discursos, tengo
conversaciones con el conductor del coche (pero a veces tenemos que dejar la conversación
porque se vuelve muy animada, y volvemos a comentar sobre los colores de las
hojas). Nuestro
tema fue por qué Dios mando a los israelitas a cometer genocidio. Sí. Lo sé. Este
enorme problema se ha contextualizado en muchas, muchas maneras. Encontramos alguna manera de explicarlo
porque sabemos que Dios es Dios de amor, no de genocidio. El
sermón que escuché me inquietó porque sugería esta solución: tal vez Dios nunca
dijo que cometieran el genocidio. Es
difícil para mí aceptar esta propuesta. Puedo aceptar que debe haber una explicación
para el hecho de que Dios dijera algo así, y como maestra de literatura,
entiendo que existen géneros en la biblia que no permiten una interpretación
literal (todavía estoy esperando con todos ustedes que, al final, realmente
habrá dragones, pero dudo que el diablo se merece el honor). Pero... eso es otra cosa. No sé qué hacer con esta
narrativa que aparentemente va tan en contra del carácter de Dios.
Al otro lado, me
encantó el sermón sobre las parábolas de Jesús que dicen la verdad, pero no la
dicen claramente, porque así no se entendería. La palabra griega "parábola", al parecer,
significa tirar algo para que quede junto a otra cosa. Así se ven las dos cosas
lado a lado, y se aprende algo con la comparación. Esto si lo entiendo porque
es la forma en que uno aprende tanto de las novelas clásicas, y de los ensayos,
y de la poesía, y del arte, y de la danza y de los blogs. Si
se coloca dos cosas lado a lado para poder compararlos, aprendemos más acerca
de ambos. Así
comparamos dos mundos, como México y Canadá, o como Oz y Kansas, o como los
agricultores palestinos y el público palestino que escuchaba a Jesús sentado
sobre una montaña. Así descubrimos lo que tienen en común. Así entendemos la comparación--El
Reino de Dios es como...
Raramente nuestro
aprendizaje sigue una línea recta. Pensé
que ya sabía lo que Dios quería que aprendiera en México. Y luego me encuentro
viviendo muy lejos en Canadá. Es una vida paralela, donde después de una vista
de campos de maíz y de soja, ahora veo pinos que se parecen al arte de los
pintores canadienses que tanto admiro, llamados el Grupo de Siete, porque se ven
los pinos bofeteados por el viento frío y la lluvia. Esta
vida en paralelo es como una parábola viviente, y puedo aprender algo de la
vida en paralelo que lleva mi hermana, y me entero de que ella sabe cosas que yo
no sé, porque no hay manera de experimentarlo todo en una sola vida. Y
las personas que son tan diferentes a nosotros, como el pequeño Ian que va persiguiendo al gato hasta que se
esconde debajo del sofá, gritando "¡Miau, miau," la madre que va completamente
cubierta en la cola en el supermercado por su religión, la mujer que se está muriendo de cáncer
del pulmón y que maldice los momentos que pierde buscando citas en el hospital,
un marido que come su omelet con todo incluido, hasta con lechuga y rábano--estas
son las vidas paralelas que nos enseñan tanto.
Porque Dios sabe que siempre nos perdemos de lo obvio. Al igual que nuestros niños, ¿no? Mi hijo, en su último año en casa nos preguntaba: "¿Por qué tengo que llegar a tiempo para cenar con ustedes cuando tengo otras cosas que hacer? ¿De qué sirve comer juntos si no quiero estar aquí?" Y la pregunta me dejaba sin aliento porque la respuesta es tan obvia. Pero solo para mí. No podía sacar ni en una sola palabra en explicación porque lo sentía tan obvio. Y esperaba a que las parábolas de la vida dieran la explicación, mostrando lo que no podía poner en palabras, y que abriendo un camino paralelo hacia la mesa familiar para traerlo de vuelta a su lugar. De hecho, es lo que ha ocurrido. Las cafeterías y las cenas en otros hogares le han enseñado a mi hijo el valor de cenar juntos como familia. Confieso que tengo la misma pregunta que mi hijo. ¿Por qué tengo que sentarme en esta mesa del cáncer y beber de esta copa que tomamos en común?
Me imagino que la
vida es una parábola que nos enseña sobre la vida de Dios, y que él nos ayuda a
sacar el significado. Pero requiere valor para sacar este significado y valor
para contárselo a los demás.



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