Saturday, October 3, 2015

Teatro del absurdo

Ayer hablamos de las cosas de la vida, mis estudiantes y yo. Nos reunímos para platicar y para orar, y fue como tomar una buena medicina. En la escuela, nos reunimos en la biblioteca, rodeados de libros, todas esas historias que enseñan sobre la vida. Como dijo Emily Dickinson, "Diles toda la verdad, pero no se los diga directamente...la verdad debe deslumbrar gradualmente, o todo hombre quedará ciego.”  Mi alumno Aarón y yo contamos nuestras historias sobre cómo viviamos con el cáncer. Él estaba en primaria cuando su madre le encontró algo en la piel, y ella tuvo que persistir y persistir con los médicos hasta que uno le dijera que era melanoma. Iba a necesitar un año de tratamiento. "No podía entender cómo podría ser yo", decía Aarón. "Sabía que otras personas tienen cáncer, pero no yo." Tenía doce años de edad. Se sentía confundido. "¿Por qué yo?" Muchas veces lo que nos sucede no tiene sentido. Las leyes de la física que nos inyectan el cáncer no tienen sentido. Aarón y yo bromeamos acerca de cómo su biopsia fue con un cuchillo y la mía fue con una aguja de 8 pulgadas (claro que a mí me tocaría una aguja, y fue de 8 pulgadas-Robert estaba allí y puede comprobar que no estoy exagerando, y no fue sólo una vez), por lo que a mí me dieron el mejor trato, y Aarón ya no puedo recordar su biopsia. A lo mejor lo tiene bloqueado de su memoria. Y qué bueno que podíamos bromear.


Estábamos sentados juntos, en frente de los demás, y dimos testimonio que Dios nos ha ayudado en medio de estas pruebas. Aarón está en la secundaria, y nos platicó sobre la bondad de Dios, y de la cirugía que fue la misma que la mía (cirugía en la axila; él se sonrojó y se rio) y de la cicatriz muy grande y de los dolores de cabeza por el interferón, y me sentí orgullosa de estar sentada junto a este chico que ha crecido y que se ha trasladado a Oz y que es valiente y fiel y precioso. A pesar de que las leyes de la física en nuestro universo no tienen sentido.

Y por la noche mis alumnos de los dos últimos años llegaron a mi casa y comimos quesadillas hechas con tortillas de maíz molido a mano (lo que no puedo conseguir en Canadá), y las chicas picaron el aguacate y el tomate para poner en la mesa, y Ryan nos contó una historia trágica, de alguien que fue empalado. Y nos preguntamos cómo se  podían reír cuando había sido una tragedia, pero algo nos causaba risa, y ¿cómo se puede combinar la tragedia con la comedia? Pero esta combinación es la especialidad de Shakespeare, y nos reunimos en mi casa para ver una parodia, una tragicomedia de Hamlet, una obra llamada Rosencrantz y Guildenstern Han Muerto, que es de un género llamado teatro del absurdo, donde el más tonto de los personajes esta siempre a punto de descubrir las leyes de la física, pero no lo hace. Una manzana le cae en  la cabeza. Se inventa un avión de papel. Deja caer una pelota y una pluma de un balcón. Y no descubre nada. Y todo el tiempo, ambos personajes entran y salen de una historia mayor, la historia de la locura de Hamlet y su tío asesino, y nadie descubre nada. Nadie entiende lo que está pasando. Y los dos personajes perdidos hablan de la muerte, el estado de la nada, del que no vuelve nadie (ojala supieran que vuelven). Y mueren al final, como todo mundo muere en Hamlet, y nunca entienden nada. "Fuimos enviados" es todo lo que saben decir. Y es trágico. Y cómico. ¿Cómo puede ser las dos cosas? Es un ejemplo del existencialismo, y yo quería que mis estudiantes reflexionaran sobre este punto de vista. Así podía hablar la verdad…indirectamente.

Porque la vida no tiene sentido. El cáncer no tiene sentido. Los niños de doce años con cicatrices en sus axilas no tienen sentido. Estar aquí por 15 días y luego volver a Canadá (Oz) no tiene sentido. Es absurdo. Y podemos reírnos ya cuando los médicos hayan guardado sus  agujas y sus cuchillos, y ya podemos respirar normal. Hasta los paganos se ríen porque Dios les ha hecho capaces de reírse en tales circunstancias. Y a pesar de no entender las cosas, me puedo reír a veces.

Uno de mis alumnos escribió sobre un papelito esta pregunta: "¿Tuvo alguna noche de insomnio?" La respuesta es, Sí. Por los esteroides. Por quién sabe qué. Pero no por la preocupación. Aarón dijo: "Dios me ayudó a pasar por esta prueba." Y aunque Aarón y yo todavía no entendemos el porqué de nuestra enfermedad, y el mundo sigue siendo maravilloso y terrible y absurdo, al mismo tiempo, sabemos en Quien hemos confiado. Y dormimos tranquilos casi todas las noches.






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