Thursday, April 28, 2016

Platicando con mi futuro ser

Algunos amigos nos llevaron a  un restaurante aquí en Winston-Salem donde nos sentamos en la terraza acristalada, amplia, con ventanas, cortinas verdes y mucha luz del sol. Pedí el almuerzo especial, un florentino de salmón sobre puré de papas. Era demasiado sabroso. Por unos momentos, contemplé la posibilidad de aprender a preparar este platillo, pero me di por vencida. Seria imposible. He estado tratando de llevar a casa la mitad de estos platillos para (1) disfrutarlos en el recalentado, y (2) no comer tanto, pero antes de darme cuenta, mi plato ya estaba vacía. El florentino simplemente había desaparecido.

Lo cual está bien. Excepto que el platillo había conquistado mis mejores intenciones y llegado a mi paladar sin permiso. ¿Cómo pudiera ser? Pues es una batalla, y el platillo me gano.  Siempre estamos en guerra con nosotros mismos. Alguien lo describió como tener un “yo” actual y otro “yo” en nuestro futuro, y el “yo” actual muy confiadamente le pasa la responsabilidad al futuro “yo.” Y el futuro “yo,” estando ausente, no puede defenderse. Así que hoy, "yo" decido que el "yo" de mañana puede hacer más ejercicios, o dejar de comer tanto, o ahorrar más dinero, o tomar un viaje de misiones. Es bastante fácil de hacer recaer la responsabilidad en otra persona que no lo puede rechazar. Hemos estado haciendo precisamente eso desde los tiempos de Adán (“Pero, Señor," esa mujer que Ud. me dio... "). Es decir, piensa un momento en todas las cosas que el "yo" de ayer ha hecho, que hoy en día tú ya no puedes cambiar. Te obliga el “yo” de ayer arrepentirte por culpa de aquel “yo” que ya no existe. Cuanto quisiéramos tomar al “yo” de ayer por las orejas y darle buenos consejos. Cuanto nos enojamos con ese tipo que nos ha metido en tantos problemas. ¡Mira donde nos ha dejado!

Y lo curioso es que el platillo de salmón florentino era una perfección. No era cosa mala. Ayer estuve leyendo la carta de Santiago, donde sigue insistiendo que todo lo que es bueno y perfecto viene como regalo de Dios. Eso tiene que incluir el platillo florentino. Dios no tienta a la gente. No, son mis propios deseos de cosas buenas que me causan tantos problemas cuando me impulsan a comer más de lo indicado, como aquel ultimo bocado de salmón.  Pensamos que solo lo malo nos tienta, pero también somos tentados a tomar de lo bueno más de lo que necesitamos.


Santiago nos enseña que cuando oramos, no debemos estar inseguros acerca de nuestra meta. ¿Queremos seguir a Dios, o queremos seguir nuestras propias pasiones?  ¿A quién realmente le estamos pidiendo? ¿A Dios o alguien más? ¿Le estamos pidiendo algo que él desea darnos, o le estamos pidiendo algo de acuerdo a nuestros propios gustos? Me pregunto cómo nuestras peticiones les sonarían a nuestros antepasados ​​espirituales. Por ejemplo, a Santiago, que dirigía la iglesia perseguida en Jerusalén. O a John, viviendo sus últimos días, aislado en Patmos, soñando sus sueños y anotando sus visiones. O a Jesús mismo, de rodillas en el jardín, pidiendo, "Padre, no lo que yo quiero...”

No comments:

Post a Comment