Algunos amigos
nos llevaron a un restaurante aquí en
Winston-Salem donde nos sentamos en la terraza acristalada, amplia, con
ventanas, cortinas verdes y mucha luz del sol. Pedí el almuerzo especial, un
florentino de salmón sobre puré de papas. Era demasiado sabroso. Por unos
momentos, contemplé la posibilidad de aprender a preparar este platillo, pero
me di por vencida. Seria imposible. He estado tratando de llevar a casa la mitad
de estos platillos para (1) disfrutarlos en el recalentado, y (2) no comer tanto,
pero antes de darme cuenta, mi plato ya estaba vacía. El florentino simplemente
había desaparecido.
Lo cual está
bien. Excepto que el platillo había conquistado mis mejores intenciones y
llegado a mi paladar sin permiso. ¿Cómo pudiera ser? Pues es una batalla, y el
platillo me gano. Siempre estamos en
guerra con nosotros mismos. Alguien lo describió como tener un “yo” actual y
otro “yo” en nuestro futuro, y el “yo” actual muy confiadamente le pasa la responsabilidad
al futuro “yo.” Y el futuro “yo,” estando ausente, no puede defenderse. Así que
hoy, "yo" decido que el "yo" de mañana puede hacer más ejercicios,
o dejar de comer tanto, o ahorrar más dinero, o tomar un viaje de misiones. Es
bastante fácil de hacer recaer la responsabilidad en otra persona que no lo
puede rechazar. Hemos estado haciendo precisamente eso desde los tiempos de
Adán (“Pero, Señor," esa mujer
que Ud. me dio... "). Es decir, piensa un momento en todas las cosas que el
"yo" de ayer ha hecho, que hoy en día tú ya no puedes cambiar. Te
obliga el “yo” de ayer arrepentirte por culpa de aquel “yo” que ya no existe.
Cuanto quisiéramos tomar al “yo” de ayer por las orejas y darle buenos
consejos. Cuanto nos enojamos con ese tipo que nos ha metido en tantos
problemas. ¡Mira donde nos ha dejado!
Y lo curioso es que
el platillo de salmón florentino era una perfección. No era cosa mala. Ayer
estuve leyendo la carta de Santiago, donde sigue insistiendo que todo lo que es
bueno y perfecto viene como regalo de Dios. Eso tiene que incluir el platillo
florentino. Dios no tienta a la gente. No, son mis propios deseos de cosas
buenas que me causan tantos problemas cuando me impulsan a comer más de lo
indicado, como aquel ultimo bocado de salmón. Pensamos que solo lo malo nos tienta, pero también
somos tentados a tomar de lo bueno más de lo que necesitamos.
Santiago nos
enseña que cuando oramos, no debemos estar inseguros acerca de nuestra meta. ¿Queremos
seguir a Dios, o queremos seguir nuestras propias pasiones? ¿A quién realmente le estamos pidiendo? ¿A Dios
o alguien más? ¿Le estamos pidiendo algo que él desea darnos, o le estamos
pidiendo algo de acuerdo a nuestros propios gustos? Me pregunto cómo nuestras
peticiones les sonarían a nuestros antepasados espirituales. Por ejemplo, a
Santiago, que dirigía la iglesia perseguida en Jerusalén. O a John, viviendo
sus últimos días, aislado en Patmos, soñando sus sueños y anotando sus
visiones. O a Jesús mismo, de rodillas en el jardín, pidiendo, "Padre, no
lo que yo quiero...”

No comments:
Post a Comment