Saturday, April 30, 2016

Tocando el gong

Hace una semana golpeé el gong con todas mis fuerzas. La sala de espera estalló en aplausos. Cuando me senté en la silla de quimio ese día, yo estaba pensando que no podría tocar el gong. Era sólo yo y Robert y las dos enfermeras en mi sala. Sería penoso. Pero Sheila se encargó de todo. Ella es la enfermera amable que me colocó la línea pic hace un año, lo sacó después de la quimioterapia, me aseguró que tenía muy buenas venas después de que otra enfermera no las pudo encontrar, y ahora era la enfermera que me diera mi última infusión intravenosa de Herceptin. Es apropiado. Gracias, Sheila.
Sheila tiene voz de mando, y cuando ella gritó, "¡¡¡Vamos a sonar el gong!!!" se reunieron tantos que no cabían en el pasillo, y tuvimos que pasar a la sala de espera. Así que tenía alrededor de mi muchas enfermeras, algunos otros pacientes empujando sus postes de IV, y un número de los que estaban en la sala de espera, y Robert, y mis cuatro buenos amigas que llegaron de sorpresa  para acompañarme, y llenamos la sala. Sheila me dio una calcomanía de mariposa para añadir a la lista (yo era el número 1042, creo), un poema con poco ritmo, pero un sentimiento perfecto, y un breve discurso. Soné el gong. Todo el mundo aplaudió. Me dieron abrazos todas las enfermeras y todas mis amigas, y me marché, para no volver jamás a aquel lugar. Me pregunto qué psicólogo les instruyó a las clínicas de quimioterapia que despidieran a sus graduados con esta celebración. Me gustaría darle las gracias. Este rito tan sencillo nos ayuda a tomar una respiración profunda y prepararnos a lo que venga después. Nos recuerda que todo lo que experimentamos viene en olas, estaciones, fases, y que nuestro trabajo es aceptar lo que nos viene hoy.
En Perelandra, de C. S. Lewis, el planeta Venus está inundado de aguas dulces con miríadas de islas flotantes sobre las olas. Para pasar de isla en isla, uno monta uno de los peces que se ofrece como caballo. La tierra ondula por debajo de sus pies. Es necesario tener piernas de mar sobre tierra seca. Hay una señora siendo tentada hacia una caída en este paisaje, una tentación de ignorar  el mandato de Maleldil de no permanecer durante la noche en la única isla fija del planeta. Parte del argumento del Tentor implica el rechazo de la nueva ola que viene llegando, para poder aferrarse a lo que ya pasó. Esta señora de Perelandra vive en Oz, y su tornado es una serie de olas que la mueve a diario a un nuevo escenario. A veces se pregunta cómo sería vivir en tierra fija contra la voluntad de Maleldil. No queremos que sepa.
Obviamente, no tengo ningún deseo de permanecer en el tratamiento del cáncer. Eso no es una ola que voy a extrañar. Pero voy a extrañar el cuerpo más joven que tenía antes del tratamiento, y los hogares que he tenido (con una granja fuera de mi ventana; una vía de tren, azaleas, una senda entre bosques), los eventos (¡una boda en Navidad y tres casas llenas de huéspedes!), la buena comida, y las amigas que me apoyaron tanto. Veo el remolino oscuro fuera de mi ventana, y solo tengo tiempo para respirar profundamente y tomar las riendas en preparación para otro viaje. Pienso en aquellos que montan sus propios remolinos: Leslie, Bob, Sam, Evelyn, Caroline, Annette.

Estos ritos de paso son aquellos momentos en que nos dan una última oportunidad de prepararnos para lo que sigue en la vida. No estamos seguros si lo que sigue sera fácil o difícil, doloroso o agradable. Probablemente nos viene un poco de ambos.

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