Esta semana
estuve con mi hija en Chicago durante unos días. Que sabroso sentarnos juntos en
el sofá y ponernos al día con todos los detalles. Estos son los momentos
preciosos de la vida. Siempre siento dolor cuando otras madres mencionan a sus
hijos que viven cerca de ellas. Los míos están tan lejos. Aprecio tanto
nuestras visitas.
Y cuando
necesitan un hogar al que regresar, cuando terminan sus estudios, no puedo ni proporcionarles
eso. Felipe me dice que piensa vivir en una residencia para el verano, o en un
remolque, o en un "hotel de estancia prolongada." ¡Un hotel! Ya sé
que puede hacerlo. Él puede y lo hará. Pero aún así, como madre, me hace sentir
mal...
Me recuerda a
aquellos trabajadores que llegaron a Niagara desde Arkansas, hace años, para
limpiar los PCB en Smithville, un trabajo que Robert compartió con ellos hace
veinticinco años, cuando estábamos recién casados. Me describía como llevaba un
traje Tyvek y una máscara, y durante 15 minutos tiraba tierra contaminada
dentro de un gran horno de fuego que quemaba los PCB, y luego tenía que bajarse
de la plataforma porque era peligro aguantar más el calor. Y me describía cómo
tuvo que fregar todo el techo de la estructura, de pie sobre una plataforma, limpiándolo,
metro por metro, del cáncer. Quién sabe el riesgo que corría, junto con todos
los hombres migrantes de Arkansas, limpiando nuestra agua subterránea del
veneno del PCB.
Y cuando
terminaban despues de doce horas de trabajo, mi marido llegaba a nuestro departamento
en el sótano, y los hombres de Arkansas iban a sus habitaciones en hoteles, y comían
su comida rápida, y platicaban con sus acentos sureños. Ahora mi hijo va a ser
como ellos, llevando consigo su cultura
oaxaqueña ontariense-tejano donde quiera que vaya. Mi esperanza es que alguien lo
invite a casa para cenar. Que alguien
note este extraño tan joven y tan guapo. Yo conocí a uno de los trabajadores de
Arkansas cuando trajo a su familia de siete a la iglesia. Los invitamos a cenar.
Estaban sorprendidos. No esperaban que alguien invitara a una familia tan grande.
El año siguiente, los visitamos en Arkansas. Nos recibieron como buenos amigos.
Rara vez nos
fijamos mucho en los extranjeros que viven en nuestra tierra a menos de que
afecten directamente nuestras vidas. Ahora que mi hijo se une a sus filas, me pongo
a pensar más en los que muchas veces quedan invisibles. Yo le daría alojamiento
a mi hijo en su propia casa en el verano, si pudiera. Es tan joven. Mi
esperanza es que alguien más haga amistad con él dondequiera que vaya este
verano, y no solamente con él, sino con todos los que, al igual que él, se
encuentren atrapadas en las migraciones
de la vida.

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