Monday, April 11, 2016

Visitas invisibles

Esta semana estuve con mi hija en Chicago durante unos días. Que sabroso sentarnos juntos en el sofá y ponernos al día con todos los detalles. Estos son los momentos preciosos de la vida. Siempre siento dolor cuando otras madres mencionan a sus hijos que viven cerca de ellas. Los míos están tan lejos. Aprecio tanto nuestras visitas.
Y cuando necesitan un hogar al que regresar, cuando terminan sus estudios, no puedo ni proporcionarles eso. Felipe me dice que piensa vivir en una residencia para el verano, o en un remolque, o en un "hotel de estancia prolongada." ¡Un hotel! Ya sé que puede hacerlo. Él puede y lo hará. Pero aún así, como madre, me hace sentir mal...
Me recuerda a aquellos trabajadores que llegaron a Niagara desde Arkansas, hace años, para limpiar los PCB en Smithville, un trabajo que Robert compartió con ellos hace veinticinco años, cuando estábamos recién casados. Me describía como llevaba un traje Tyvek y una máscara, y durante 15 minutos tiraba tierra contaminada dentro de un gran horno de fuego que quemaba los PCB, y luego tenía que bajarse de la plataforma porque era peligro aguantar más el calor. Y me describía cómo tuvo que fregar todo el techo de la estructura, de pie sobre una plataforma, limpiándolo, metro por metro, del cáncer. Quién sabe el riesgo que corría, junto con todos los hombres migrantes de Arkansas, limpiando nuestra agua subterránea del veneno del PCB.
Y cuando terminaban despues de doce horas de trabajo, mi marido llegaba a nuestro departamento en el sótano, y los hombres de Arkansas iban a sus habitaciones en hoteles, y comían su comida rápida, y platicaban con sus acentos sureños. Ahora mi hijo va a ser como ellos, llevando consigo  su cultura oaxaqueña ontariense-tejano donde quiera que vaya. Mi esperanza es que alguien lo invite a casa para cenar.  Que alguien note este extraño tan joven y tan guapo.  Yo conocí a uno de los trabajadores de Arkansas cuando trajo a su familia de siete a la iglesia. Los invitamos a cenar. Estaban sorprendidos. No esperaban que alguien invitara a una familia tan grande. El año siguiente, los visitamos en Arkansas. Nos recibieron como buenos amigos.

Rara vez nos fijamos mucho en los extranjeros que viven en nuestra tierra a menos de que afecten directamente nuestras vidas.  Ahora que mi hijo se une a sus filas, me pongo a pensar más en los que muchas veces quedan invisibles. Yo le daría alojamiento a mi hijo en su propia casa en el verano, si pudiera. Es tan joven. Mi esperanza es que alguien más haga amistad con él dondequiera que vaya este verano, y no solamente con él, sino con todos los que, al igual que él, se encuentren  atrapadas en las migraciones de la vida.

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