Ayer caminé sobre
miles de hojas amarillas. Cubrían el suelo como un mosaico y me distraían del
cielo gris, descolorido. El techo de nube lleno de agua a punto de caer
amenazaba. No sabía se venía nieve,
aguanieve, granizo, o una lluvia fría. Con una tarde libre después del
tratamiento del día en el hospital, nos encontramos en unas colinas (en Ontario
“la montaña" es un acantilado de 50 metro, impresionante no por la altura
sino por una cascadas impresionantes) admirando las hojas. En el viaje de
regreso vimos las decoraciones de Halloween en los patios de nuestros vecinos,
figuras gigantes y amenazantes de plástico negro y rostros gigantes y
amenazadores tallados en las calabazas. Aquí el día no tiene mucho significado.
En Oaxaca, mi
compañera Tiff ha publicado fotos del Día de los Muertos en Facebook. Es la
fiesta más grande del año. Se extiende por 3 días, a partir de la tarde del 31
de octubre y coincide con las fiestas católicas de Todos Santos, pero no es
Halloween. Es un festival de los indígenas del sur de México que celebraron por
cientos de años antes de que la Iglesia Católica llegara a enseñarles de Cristo
y para construir sus catedrales en sus lugares sagrados. La Iglesia movió el
Día de los Muertos de agosto hasta el 1 de noviembre para mantenerlo dentro de
la tradición católica. Es difícil saber ahora quien aprendió de quien en este
cambio de fecha.
Si yo fuera una
oaxaqueña mixteca, no estaría admirando hojas. Estaría limpiando y decorando
las tumbas de mis seres queridos con flores cempasúchil que representan el sol
y construyendo un altar en la sala con
la comida que prefieren mis seres queridos-tamales, atole, fruta, y pan de
muerto. Habría calaveras de dulce con sus nombres grabados en la frente y
muchas velas, y dejaría un caminito de pétales de oro para iluminar el camino
para mis seres queridos cuando lleguen por la noche para comer la esencia de la
comida, y todo me pueblo se reuniría en el campo santo, y habría músicos
tocando toda la noche, y canto y fiesta, porque los seres queridos no vienen
como zombis, sino como buenos mexicanos, bien vestidos con faldas amplias y enormes sonrisas, dispuestos para festejar. Y,
por supuesto, existen cuentos de lo que sucede cuando las personas descuidan a
los muertos y se olvidan de construir los altares, pero ¿Quién no se enojaría,
llegando de la tumba en traje de baile para encontrar a su familia dormida,
roncando?
Recuerdo muy bien
una celebración de un muerto. Fue en Yuvinani en el aniversario de uno que había
sido martirizado por predicar de Jesús en la plaza del pueblo. En la mañana de
su aniversario, cuando apenas salía el sol, fuimos todos al campo santo, e
hicimos vigilia allí donde estaba enterrado, y oramos, y cantamos, y recordamos
su vida que ahora estaba en las manos de Dios y el sacrificio que había hecho. Pero
ellos no estaban esperando que volviera este muerto por un día para saludarlos.
Ellos sabían con quién estaba y se alegraban por él.
Estoy
segura de que sentía mucho deseo construirle un altar en el Día de los Muertos
con flores y velas y sus comidas favoritas. Era la forma en que sabían mostrar
el amor. No tenemos idea del sacrificio que hicieron para abandonar una costumbre
tan importante para su cultura. Imagínese abandonar la Navidad y el Año Nuevo.
Sin embargo, lo hicieron, porque ahora saben a dónde van sus muertos y cómo
regresan a la vida, y esta buena noticia llegó a ser el nuevo eje de sus vidas.
Y, sin embargo, "el reino de Dios es una fiesta," así que aquí está
el dilema de los misioneros. ¿Cómo redimir estas costumbres tan queridas? ¿De
qué manera pudiera la verdad de la resurrección soltar tanta creatividad, tanta
comunión, y tanta alegría en un pueblo mixteco que pasea, no sobre hojas
amarillas del arce, sino sobre los pétalos amarillos del sol?



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