Thursday, November 5, 2015

Familiar

En otra hora me toca mi tratamiento de radiación y la consulta de 30 segundos con el radiólogo, que me dice algunas frases cortas tales como: "¿Sin reacción en la piel? Excelente. Nos vemos la otra semana." Apenas entra en la puerta. Me pregunto cómo se facturan visitas de 30 segundos. Tal vez cobran por la palabra, uno cincuenta dólares por palabra sería. Ya me acostumbro al proceso, no hay drama, ni problemas. Ni siquiera tengo que registrarme con la recepción. Nada más escaneo un código en un pedazo de papel que me dan, entro al salón de espera, me pongo una bata y me siento. Algunos esperan con su propia ropa, pero yo tengo que usar el uniforme del paciente, quiero decir la bata del hospital.  (Me pregunto si había mujeres en el comité que los diseñó. Son tan de moda. Y tienes que recordar qué queda descubierto y qué no, porque no es obvio.) Cuando todos llevan bata de algún tipo, no te sientes tan fuera de onda, pero cuando es una mezcla de vestuario, se siente raro. Pero estoy tan acostumbrado a todo ahora que cuando me acuesto debajo de la máquina y espero la serie familiar de pitidos y zumbidos, casi me duermo, y cuando los técnicos entran de nuevo al apagar la máquina, estoy desorientada y se me olvida esperar que bajen la cama, y me pego la cabeza contra la máquina. Ellos se disculpan.

Qué tan rápido nos acostumbramos a las cosas. Tengo trenes que pasan por mi patio  todos los días, y ya no los escucho. Recuerdo que cuando vivíamos en Ometepec, un grupo vino de Carolina del Norte a visitarnos. Durmieron en el piso de la sala, justo al lado de la calle, bajo las ventanas abiertas donde les entrara aire. Pero además del aire, entraba los ladridos de los perros que protegían la calle por la noche. Ya saben cómo son. Durante el día no hacen nada pero de noche se ponen bravos. Glen no podía dormir por el ruido, por lo que abría la puerta y les arrojaba piedras a los perros, y se escabullían  (afortunadamente no es necesario golpear el perro para correrlo. Todo lo que tienes que hacer es parecer tirarles, y se corren). Pero los perros regresaban a ladrar debajo de la ventana porque eso era su obligación. Era su responsabilidad proteger la calle de noche, y no tenían otro lugar adonde ir. En la madrugada, Glen abandonó su estrategia e hizo las paces con la manada de perros para que todos pudieran descansar un poco en las pocas horas que quedaban. Pero yo no escuché nada. Estábamos tan acostumbrados a los ruidos de los perros que ya no les hacíamos caso.

Admiro a Dios quien nos hizo capaces de acostumbrarnos a los ruidos y las circunstancias, para que pudiéramos lograr descansar un poco, pero estoy aún más admirada de que en medio de la repetición, Él nos sigue llegando con sorpresas. Hoy miré hacia afuera, y al principio pensé que la ventana estaba sucia, pero luego me di cuenta de que en unos pocos minutos, el patio se había cubierto de niebla, y  no se veía más que hasta la línea de la propiedad. Estaba encerrada en agua blanca. Esto no sucede mucho en la ciudad de Oaxaca, y no estoy acostumbrada a ello. Miro los árboles que sueltan sus hojas, como una lluvia constante de oro brillante que teje una alfombra abigarrado en el suelo. No he visto esto por quince años. En la sala de la radiación me encuentro con un nuevo técnico: Alexis. Y Dianne, a quien he visto durante tres semanas, me comenta que soy uno de los afortunados que aguante los tratamientos sin enrojecimiento. Alguien más admira mi nuevo corte de pelo (!) Es fácil tener un corte de pelo perfecto cuando uno empieza calvo.


Algunas cosas deben ser aburridas y sin incidentes, como las visitas al hospital y los vuelos en avión. Me alegro de que en medio de los días ordinarios, Dios envía cosas extraordinarias, como nieblas y enfermeras que notan los cortes de pelo, y los amigos que duermen en pisos. Y si las cosas que Él crea (como enfermeras, y los árboles que llueven oro) tienen capacidad infinita para sorprendernos, imagínate cómo será vivir con Dios, la fuente de toda sorpresa y personalidad. Con razón no habrá necesidad del sol para darnos variedad en nuestro día. Intentaremos llegar a conocer a Dios por toda una eternidad, pero aunque llegaremos a la Familiaridad, nunca nos acostumbraremos a Él.


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