En otra hora me
toca mi tratamiento de radiación y la consulta de 30 segundos con el radiólogo,
que me dice algunas frases cortas tales como: "¿Sin reacción en la piel? Excelente. Nos vemos la otra
semana." Apenas entra en la puerta. Me pregunto cómo se
facturan visitas de 30 segundos. Tal vez cobran por la palabra, uno cincuenta
dólares por palabra sería. Ya me acostumbro al proceso, no
hay drama, ni problemas. Ni siquiera tengo
que registrarme con la recepción. Nada
más escaneo un código en un pedazo de papel que me dan, entro al salón de
espera, me pongo una bata y me siento. Algunos
esperan con su propia ropa, pero yo tengo que usar el uniforme del paciente,
quiero decir la bata del hospital. (Me
pregunto si había mujeres en el comité que los diseñó. Son tan de moda. Y
tienes que recordar qué queda descubierto y qué no, porque no es obvio.) Cuando
todos llevan bata de algún tipo, no te sientes tan fuera de onda, pero cuando
es una mezcla de vestuario, se siente raro. Pero estoy tan acostumbrado a todo
ahora que cuando me acuesto debajo de la máquina y espero la serie familiar de
pitidos y zumbidos, casi me duermo, y cuando los técnicos entran de nuevo al apagar
la máquina, estoy desorientada y se me olvida esperar que bajen la cama,
y me pego la cabeza contra la máquina. Ellos
se disculpan.
Qué tan rápido
nos acostumbramos a las cosas. Tengo
trenes que pasan por mi patio todos los
días, y ya no los escucho. Recuerdo
que cuando vivíamos en Ometepec, un grupo vino de Carolina del Norte a
visitarnos. Durmieron
en el piso de la sala, justo al lado de la calle, bajo las ventanas abiertas
donde les entrara aire. Pero además del aire, entraba los ladridos de los perros
que protegían la calle por la noche. Ya
saben cómo son. Durante el día no hacen nada pero de noche se ponen bravos. Glen
no podía dormir por el ruido, por lo que abría la puerta y les arrojaba piedras
a los perros, y se escabullían (afortunadamente no es necesario golpear el perro
para correrlo. Todo lo que tienes que hacer es parecer tirarles, y se corren). Pero
los perros regresaban a ladrar debajo de la ventana porque eso era su obligación.
Era su responsabilidad proteger la calle de noche, y no tenían otro lugar
adonde ir. En
la madrugada, Glen abandonó su estrategia e hizo las paces con la manada de
perros para que todos pudieran descansar un poco en las pocas horas que
quedaban. Pero yo no escuché nada.
Estábamos
tan acostumbrados a los ruidos de los perros que ya no les hacíamos caso.
Admiro a Dios quien
nos hizo capaces de acostumbrarnos a los ruidos y las circunstancias, para que pudiéramos
lograr descansar un poco, pero estoy aún más admirada de que en medio de la
repetición, Él nos sigue llegando con sorpresas. Hoy
miré hacia afuera, y al principio pensé que la ventana estaba sucia, pero luego
me di cuenta de que en unos pocos minutos, el patio se había cubierto de
niebla, y no se veía más que hasta la
línea de la propiedad. Estaba
encerrada en agua blanca. Esto no
sucede mucho en la ciudad de Oaxaca, y no estoy acostumbrada a ello. Miro
los árboles que sueltan sus hojas, como una lluvia constante de oro brillante que
teje una alfombra abigarrado en el suelo. No he visto esto por quince
años. En la sala de la
radiación me encuentro con un nuevo técnico: Alexis. Y
Dianne, a quien he visto durante tres semanas, me comenta que soy uno de los
afortunados que aguante los tratamientos sin enrojecimiento. Alguien
más admira mi nuevo corte de pelo (!) Es fácil tener un corte de pelo perfecto
cuando uno empieza calvo.
Algunas cosas deben
ser aburridas y sin incidentes, como las visitas al hospital y los vuelos en
avión. Me
alegro de que en medio de los días ordinarios, Dios envía cosas
extraordinarias, como nieblas y enfermeras que notan los cortes de pelo, y los
amigos que duermen en pisos. Y
si las cosas que Él crea (como enfermeras, y los árboles que llueven oro)
tienen capacidad infinita para sorprendernos, imagínate cómo será vivir con
Dios, la fuente de toda sorpresa y personalidad. Con
razón no habrá necesidad del sol para darnos variedad en nuestro día. Intentaremos
llegar a conocer a Dios por toda una eternidad, pero aunque llegaremos a la Familiaridad,
nunca nos acostumbraremos a Él.


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