Roberto y yo
fuimos a un pueblo llamado Tlaxiaco, lo que significa en náhuatl: lugar donde
llueve en la cancha de futbol, así que no somos la primera civilización
obsesionada con el deporte. Fuimos
a visitar a nuestros compañeros, Paco y Ofelia, y nos presentaron a Pedro, una
persona tan improbable como la ciudad de Tlaxiaco. Además de tener un nombre difícil de pronunciar,
es un lugar un poco escondido. Saliendo de Oaxaca, uno atraviesa montañas, milpas,
y pueblos pequeños por tres horas, y de repente entra en una ciudad en miniatura
llena de gente y de comercio. Hay mucha
diversidad en la construcción de las casas. No existen dos iguales. Y
algunas personas han traído ideas de los Estados Unidos, construyendo casas
que parecen ser trasplantadas directamente del norte. Es un lugar interesante.
Aunque el artista canadiense del grupo Rush, Neil Peart, no lo creía así. Quizás
vio las calles demasiadas estrechas porque las casas las encierran como mangas
demasiadas apretadas. Cuando
tomo una gira terapéutica por el sur de México un su motocicleta, siempre
se paraba al oscurecer para buscar un hotel, pero hizo una excepción en Tlaxiaco porque le parecía un
lugar peligroso.
Lástima, porque Tlaxiaco es una ciudad histórica. Se
llama la Ciudad Heroica porque su milicia ayudó a la resistencia mexicana
sacar a los invasores franceses que
habían añadido a México a su imperio en la década de los 1860. Llegó
a ser la segunda ciudad más importante del estado, hasta tenía un teatro. Pero
cuando fue saqueado durante la Revolución, la gente de negocios empacó sus maletas
y se trasladaron a la capital, dejando la ciudad abandonada con algunos
recuerdos como una torre de reloj y unos edificios coloniales hermosos para
recordarle de sus días de gloria. Hoy
se destaca por ser un centro de comercio y servicios para las decenas de
comunidades indígenas que lo rodean.
Pedro es tan
exótico como la ciudad. Bien
vestido, elocuente, cortés, este joven nació en una familia mixteca, pero se crio
en la ciudad, hablando sólo español. Aunque
sus padres acuden a los curanderos tradicionales para purgar los malos
espíritus y curar los desequilibrios de frío y calor en el cuerpo, Pedro estuvo
unos años en Ohio donde trabajó de mesero, y cuando regresó, trajo un interés
en el budismo. Es
latino, mixteco, católico, budista, trabajador de restaurante y agricultor
mexicano. ¿Cuantas
personas habrán como el en un lugar como Tlaxiaco?
La conversación estuvo
fascinante. Pedro
decía que prefería no limitarse al elegir entre todas las religiones y así
fragmentar su pensamiento. Quería
ser enriquecido por las varias enseñanzas que se reciben de los gurús, los
monjes, los sufíes y los sacerdotes que enseñan la religión. Dijo
que había aprendido a vivir sin ambición, sin ser corrompido por el materialismo,
y sin dividir su mente por conformarse con una sola fe. Él
aceptaba a todos, pero en especial le gustaba el budismo porque le liberaba de la
culpa y del miedo a la muerte. Decía
que los cristianos primero te dicen que eres un pecador y luego te tratan de
salvar. Pero el budismo
no cree en el pecado; es
sólo la otra cara del bien. El
budista cree que la muerte es el amigo de la vida, y que te libera del
cuerpo. Dijo que vive
una vida tranquila, aceptando todo lo que le llega en la vida. Yo
le dije que también vivo tranquilamente, pero no por eso voy a aceptar todo lo
que pasa en el mundo sin resistir lo que me parece maldad. Me parece que la vida es un juego de póquer. Hay
que apostar sus fichas, y yo las he apostado todas en un hombre que volvió de
entre los muertos con un cuerpo de sangre y hueso. Pedro dijo que él sabía todo acerca de este tipo, pero yo
le contesté que no, que con este hombre tienes que entregarte completamente y
no se vale. Me pareció un diálogo muy agradable donde ambos tratábamos al otro
con respeto. Ambos deseábamos persuadir al otro.
Al final, él dijo
que estaba agradecido por lo que había aprendido de la conversación. Le pregunté qué era eso. Él
dijo que había aprendido que diferentes personas pueden ser consoladas por creencias
muy diferentes. En eso estamos de
acuerdo. Tenemos creencias muy diferentes.
Nunca me imaginé
que iba a encontrar a un budista mixteco en un lugar como Tlaxiaco. Aprendí mucho
de nuestra conversación. Al final, todos oramos juntos para despedirnos, y yo
pedí una bendición especial sobre este joven. Ojalá que algún día se convenza que
Jesús le ofrece mucho más que el Buda. No sabe lo que se pierde. De
alguna manera se parece con las personas que pasan por la ciudad heroica de Tlaxiaco
sin darse cuenta de todo lo que representa.


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