Thursday, September 17, 2015

El Grito en Canada

Éramos catorce mexicanos, una familia de agricultores canadienses, dos misioneros y mucha comida el 15 de septiembre para hacer El Grito. Ustedes que viven en México fueron a alguna plaza o al Zócalo, si le gusta estar con muchísima gente), donde el presidente municipal (o el gobernador o el presidente del país) salió a un balcón antes de la medianoche y dio un breve discurso que terminó con el grito, puños en alto, "¡Viva México!" a la que toda la multitud respondió igual, con todo el patriotismo en su alma. Yo también estaba gritando "Viva México" ayer por la noche, sorprendiendo a la familia  canadiense. Me decían: "Eso fue bastante dramático. ¿Es siempre así? "Sí. Siempre es así. México no es nada si no dramático.

El Grito conmemora la lucha por la Independencia de México. En 1810 el sacerdote católico Miguel Hidalgo estuvo implicado en un complot para derrocar al gobierno colonial español y reemplazarlo con un gobierno de los criollos nacidos en México. Cuando le llegaron rumores de que estaba a punto de ser arrestado, él envió a su hermano con otros hombres armados para liberar a sus compañeros revolucionarios que ya estaban en la cárcel, y entonces sonó las campanas de la iglesia para reunir a su congregación en la plaza. Allí se les dio lo que hoy es el discurso más famoso de México. Las palabras exactas se han perdido, pero el sentimiento mantuvo la revolución en marcha durante más de una década hasta que llegó la Independencia llegó una década después, en 1821.

Esto es lo que estábamos celebrando en el patio de esta familia de Canadá, rodeado de árboles de durazno donde trabajaban los mexicanos. Tristemente, la corta temporada del durazno ha terminado, y los hombres se van a otros puestos de trabajo o de vuelta a casa. La anfitriona nos servía hamburguesas y salchichas, ensalada de papas y té helado en lugar de enchiladas y taquitos de pollo, tostadas y cerveza, pero toda la comida desapareció con la misma rapidez, y el espíritu era el mismo. Estos hombres han trabajado en Canadá el tiempo suficiente para ser voraces en cualquier ambiente. Uno de ellos, Everardo, por ser de Guanajuato, fue elegido por los demás para dar el grito. Cuando ya había oscurecido, el anfitrión lo llevo a la casa, por las escaleras, y a través de su recamara, para salir al balcón. Alguien prendió alguna luz cuando salió y los catorce mexicanos estallaron en aplausos, silbados y gritos. Ellos sabían qué hacer.

Everardo esperó hasta que hubiera silencio. Luego levantó las manos y dio el grito: 
¡Mexicanos!
¡Vivan los héroes que nos dieron patria!
¡Viva Hidalgo!
¡Viva Morelos!
¡Viva Josefa Ortíz de Dominguez!
¡Viva Allende!
¡Vivan Aldama y Matamoros!
¡Viva la Independencia Nacional!
¡Viva México! ¡Viva México! ¡Viva México!


Y comenzaron los cuetes. Ni siquiera sabía que eran legales en Canadá. Y los mexicanos gritaron más fuerte y todos les ayudaron, hasta los perros que empezaron a aullar. Fue una gran celebración. Y todos se dieron cuenta que es bueno celebrar juntos, aun cuando lo que se celebra no es de uno sino de los demás.


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