Si yo estuviera
enseñando en Oaxaca ahora mismo, estaría preparando mis alumnos de último año
para tomar unos exámenes SAT que incluyen un ensayo. Yo
les daría un tema y 25 minutos para escribir sobre ello. Luego,
evaluaríamos sus ensayos para ver en que pudieran mejorar. Así
tuvieran práctica para cuando tomaran el SAT en serio. También estaría
revisando los ensayos que piden las universidades donde quieren entrar. Estos
toman más que los 25 minutos. Un
tema favorito para estos ensayos es: Describe una persona que admiras. Aquí hay
alguien que yo admiro, junto con su esposa.
El primer hombre
mixteco que conocí fue Pedro Márquez. Años
antes, había emigrado de un pueblo de Oaxaca a Culiacán, Sinaloa, para trabajar
en la cosecha de pepinos y pimientos y tomates, y se había enamorado de una
mujer hispana llamado Guille, y allí se habían quedado para vivir en un pueblo
a unos 45 minutos de la ciudad. Ya
no se ganaba la vida recogiendo verduras, pero se había convertido en vendedor
en los campos donde vivían los trabajadores migrantes mientras estaban en Culiacán.
Cada
fin de semana llevaba su camioneta con ropa que había comprado en un mercado
mayorista a un día de camino, con pan que horneaba Guille en el patio, con
carne salado, secado en un tendedero, con chicharrón preparado ese mismo día y
con rico pozole, blanco, verde y rojo. Todos los niños les ayudaban. Era una familia
trabajadora.
Además de vender, Pedro pastoreaba una iglesia del pueblo donde llegaban muchos mixtecos, trabajadores migrantes indígenas del sur de México. Alguien nos había recomendado buscarlo al llegar a Culiacán. Llegamos a la puerta y le explicamos que queríamos aprender mixteco y aprender de él. Nos dio la bienvenida, y él y Guille llegaron a ser como nuestra familia. Nos buscaron donde vivir, ofreciéndonos un cuarto que antes había sido tiendita. Dormíamos entre el mostrador de concreto y la pared, en una cama que había armado Roberto atrás de nuestra camioneta y que de día se podía convertir en banco y una mesa.
Pedro nos presentó a los mixtecos en los campamentos, donde vendía sus mercancías, y todo mundo lo respetaba. Muchas veces los vendedores hispanos trataban mal a los indígenas, gritándoles y exigiéndoles sus pagos sin demostrarles ningún respeto. Pedro hubiera preferido perdonar una deuda que faltarles respeto a sus clientes. Pedro conocía los nombres de la gente y se preocupaba por sus familias.
Pero era mucho más que un buen vendedor. Realmente se preocupaba por la gente y era muy generoso. Muchas personas en la iglesia llegaban porque él les había ayudado a establecer un negocio. Él les enseñaba a hacer pan, o a vender ropa, llevándolos a sus propios clientes, y cuando habían levantado un negocio, él buscaba otros campos y otros artículos para vender, y nuevos clientes. Esto lo hacia una y otra vez con las personas que necesitaban su ayuda. También les ayudaba a encontrar donde vivir, como había hecho con nosotros. Algunos habían quedado por un tiempo en su casa.
Y no necesariamente eran su familia, o personas de su iglesia. Pedro y Guille eran generosos, personas con don de dar. Su iglesia estaba llena de gente que había llegado a Jesús por el testimonio de Pedro y Guille. Y vimos cómo ellos enseñaban dar a los demás. He conocido a unos mixtecos que no ayudan a nadie más que a su propia familia. Y he conocido a mixtecos generosos como Pedro. Pero él y su esposa son los primeros que nos enseñaron en México lo que Dios puede hacer entre la gente indígena por medio de personas que unen una gran fe con un gran corazón.
Además de vender, Pedro pastoreaba una iglesia del pueblo donde llegaban muchos mixtecos, trabajadores migrantes indígenas del sur de México. Alguien nos había recomendado buscarlo al llegar a Culiacán. Llegamos a la puerta y le explicamos que queríamos aprender mixteco y aprender de él. Nos dio la bienvenida, y él y Guille llegaron a ser como nuestra familia. Nos buscaron donde vivir, ofreciéndonos un cuarto que antes había sido tiendita. Dormíamos entre el mostrador de concreto y la pared, en una cama que había armado Roberto atrás de nuestra camioneta y que de día se podía convertir en banco y una mesa.
Pedro nos presentó a los mixtecos en los campamentos, donde vendía sus mercancías, y todo mundo lo respetaba. Muchas veces los vendedores hispanos trataban mal a los indígenas, gritándoles y exigiéndoles sus pagos sin demostrarles ningún respeto. Pedro hubiera preferido perdonar una deuda que faltarles respeto a sus clientes. Pedro conocía los nombres de la gente y se preocupaba por sus familias.
Pero era mucho más que un buen vendedor. Realmente se preocupaba por la gente y era muy generoso. Muchas personas en la iglesia llegaban porque él les había ayudado a establecer un negocio. Él les enseñaba a hacer pan, o a vender ropa, llevándolos a sus propios clientes, y cuando habían levantado un negocio, él buscaba otros campos y otros artículos para vender, y nuevos clientes. Esto lo hacia una y otra vez con las personas que necesitaban su ayuda. También les ayudaba a encontrar donde vivir, como había hecho con nosotros. Algunos habían quedado por un tiempo en su casa.
Y no necesariamente eran su familia, o personas de su iglesia. Pedro y Guille eran generosos, personas con don de dar. Su iglesia estaba llena de gente que había llegado a Jesús por el testimonio de Pedro y Guille. Y vimos cómo ellos enseñaban dar a los demás. He conocido a unos mixtecos que no ayudan a nadie más que a su propia familia. Y he conocido a mixtecos generosos como Pedro. Pero él y su esposa son los primeros que nos enseñaron en México lo que Dios puede hacer entre la gente indígena por medio de personas que unen una gran fe con un gran corazón.


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