"Oh, mi alma
profética." Es lo que dice Hamlet cuando ve al fantasma, su padre, que había
sido asesinado por su hermano. Hamlet había tenido sus sospechas, y ahora se
confirmaban. Siente angustia, y cuando ve a su tío arrodillado en la capilla,
desea matarlo en ese mismo momento. Pero no lo hace. Quiere más que la justicia.
Quiere el castigo. Él quiere que su tío arda en el infierno. Así que se espera.
Y porque elige la venganza, destruye todo lo que ama. Él es responsable de la
muerte de su novia, el padre y el hermano de su novia, su propia madre, y,
finalmente, su tío. Y el reino se pierde. Claro, él se venga, pero a qué costo.
Todos sus seres queridos mueren. Mueren los inocentes. Como bien sabía
Shakespeare, "Si usted vive por la espada, morirá por ella."
En estos tiempos
de guerras y rumores de guerras, las fantasmas caminan entre nosotros. Llevan
la cara de los que han muerto, y nos exigen tomar venganza. Quieren sangre,
incluso la sangre de los inocentes.
"¡Mátenlos antes
de que nos maten!" Así gritan en las noticias ahorra. "¡Es la guerra!" Y (al igual que predijo
Pablo) "La paz y la seguridad." Lo que da vergüenza es que estos
gritos vienen de líderes cristianos.
Todos hemos visto
estas fantasmas. Y porque llevan las caras de las personas que nos son familiares
y hablan nuestro idioma, nos seducen. Somos incapaces de resistirlos. Sólo hay
una voz que se opone, pero no podemos soportarlo. Su mensaje es demasiado difícil.
Hoy me invitaron
a la casa de Mohammed, un argelino que ha vivido en Canadá con su familia
durante doce años. Es guardia de seguridad en una pizzería cerca de donde viven
mis amigos sirios (Hamudí, el niño de cuatro años piensa que toda la pizza se
llama Pizza Pizza). Cuando uno de nuestro grupo fue para pedir una pizza, lo
conoció, y se ofreció a ayudar a la familia con la traducción y con todo lo que
pudiera, incluso con encontrarle un trabajo a Rasad. La próxima vez que mi amiga
iba a pedir una pizza, Mohammed pagó por toda la orden antes de que llegáramos
a recogerla, incluyendo las bebidas. Ni siquiera nos conocía a todos. Cuando
entré en su casa hoy, su esposa tenía aperitivos y bebidas servidos en la mesa.
Ellos tienen su propia versión árabe de "mi casa es su casa," por lo
que ahora tengo un hogar en Canadá, donde los argelinos musulmanes me reciban.
En un momento de la conversación, debo haber dicho algo que le gustó a Mohammed,
porque él tomó mi mano entre las suyas y dijo: "Sí, hermana." Me
sorprendió, ya que Rasad no le da la mano a una mujer. Tal vez vio mi sorpresa,
por lo añadió, "Todos somos hijos e hijas de Adán y Eva." Y así es.
La hija de Mohammed
tiene 26 años y sufre de alguna enfermedad impronunciable que causa dolor,
incluso cuando respira. Ella quiere ir a la universidad, pero ella no puede
salir de casa para montar en un coche. ¿Qué le digo a alguien con tanto
sufrimiento? "Oraré por ti", le dije. Y aquí está mi oración para que
me acompañen: "Dios, sana a Fátima de esta enfermedad. Y hazle saber que
lo haces por amor." Ella llevaba un vestido rojo, de terciopelo y largo, y
puesto que es soltera, llevaba el pelo suelto. Tiene ojos negros y enormes, y
me traducía del árabe al inglés cuando el grupo se reía (Rasad me había jugado
una broma, enseñándome a decir tonterías en árabe). Ella estaba tan dispuesta a
ayudarnos, y así toda la familia. "Llámame en cualquier momento,"
dijo Mohammed. "Puedo ir al apartamento si me necesitan."
Soy amiga de dos
familias musulmanas. Tengo a Siria y Argelia en mi patio. Ellos no me llenan de
aprensión. Más bien me levantan el ánimo. Hacen desaparecer las fantasmas.
Cuanto quisiera presentárselos,
y así hacer desaparecer también sus fantasmas.
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