Mi amiga, la
enfermera compasiva, me prestó unas películas, y la última que vimos fue sobre
unas bandas de personas que optaban por un estilo de vida austero, como los
espartanos. Estaba pensando, ¿quién escogería algo así? Y entonces me acordé de
que yo misma había elegido vivir en
lugares aislados, con miskitos y con mixtecos, quienes no tenían otra opción.
En ambos lugares dormí sobre madera, aguante tormentas, y sufrí enfermedad y
hambre.
Creo que mi peor momento fue una noche en un pueblito mixteco. Habíamos caminado durante horas y luego subido un camión atravesando un río y una montaña para llegar, con la esperanza de encontrar a Reinaldo (no es su nombre), un hombre que habíamos conocimos en los campos en Culiacán, y quien creíamos haberse convertido a Cristo. Él se había ofrecido a llevarnos por la sierra a otro pueblo donde teníamos amigos, y pensábamos que estábamos listos para esta caminata de todo un día. No lo estábamos, así que afortunadamente nuestro viaje tomó otro giro.
Cuando encontramos la casa de Reinaldo, cometimos nuestro primer error.
Preguntamos por Reinaldo, pero no entendimos la respuesta de su señora. Los
términos "ya viene en camino" y "él ya no viene" tienen
solamente un tono de diferencia, y perdimos este pequeño detalle y nos sentamos
a esperar a un hombre que nunca iba a llegar. (Más tarde nos enteramos de que
se había escapado cuando nos vio llegar, no queriendo ser visto en su pueblo
con portadores extranjeros de una religión falsa.) Su esposa, estoy seguro, se preguntaba
porque no nos íbamos. Practicamos todas nuestras frases en mixteco, pero ni
Roberto pudo alargar la conversación más, y pronto nos quedamos sin palabras. Ella
no iniciaba la conversación, así que nos dimos un paseo por el sendero de
montaña. Llegamos a un altar de piedras donde se veían flores muertas y sangre
seca, y nos dimos cuenta que habíamos encontrado el altar de San Marcos, el
dios de la lluvia, cuyo día de apaciguamiento caía sobre el día de San Marcos,
por lo que comparten el nombre. Sabíamos que esto no era un santo católico y nos
preguntábamos si ofendíamos por estar allí.
Volviendo a la casa de Reinaldo, nos enteramos que el todavía no llegaba (¡que sorpresa!)Y que su señora preparaba la cena: tortillas, frijoles y salsa. Y ¿qué más podía hacer que ofrecernos que comer? Al rato cometí el segundo (o tercero o cuarto) error. Tuve que salir afuera, y al volver, me encontré con un ramo de corte de flores rojas brillantes en el suelo. Los recogí y los llevé a la casa. "¿Qué son estas flores?" le pregunté, orgullosa de que poder decir tanto. Ella murmuró que no sabía. Pensé que había entendido mal, así que reduje la velocidad y enuncie con mayor claridad. Ella me miró, y luego miró hacia otro lado, murmurando en voz más baja aunque ella no sabía. Yo insistí. Eran flores que ella misma había cortado. Por fin Roberto me rescató. "Ana, son amapolas. ¡Déjalos!" Poco después el ramo desapareció de la casa.
Creo que mi peor momento fue una noche en un pueblito mixteco. Habíamos caminado durante horas y luego subido un camión atravesando un río y una montaña para llegar, con la esperanza de encontrar a Reinaldo (no es su nombre), un hombre que habíamos conocimos en los campos en Culiacán, y quien creíamos haberse convertido a Cristo. Él se había ofrecido a llevarnos por la sierra a otro pueblo donde teníamos amigos, y pensábamos que estábamos listos para esta caminata de todo un día. No lo estábamos, así que afortunadamente nuestro viaje tomó otro giro.
Cuando encontramos la casa de Reinaldo, cometimos nuestro primer error.
Preguntamos por Reinaldo, pero no entendimos la respuesta de su señora. Los
términos "ya viene en camino" y "él ya no viene" tienen
solamente un tono de diferencia, y perdimos este pequeño detalle y nos sentamos
a esperar a un hombre que nunca iba a llegar. (Más tarde nos enteramos de que
se había escapado cuando nos vio llegar, no queriendo ser visto en su pueblo
con portadores extranjeros de una religión falsa.) Su esposa, estoy seguro, se preguntaba
porque no nos íbamos. Practicamos todas nuestras frases en mixteco, pero ni
Roberto pudo alargar la conversación más, y pronto nos quedamos sin palabras. Ella
no iniciaba la conversación, así que nos dimos un paseo por el sendero de
montaña. Llegamos a un altar de piedras donde se veían flores muertas y sangre
seca, y nos dimos cuenta que habíamos encontrado el altar de San Marcos, el
dios de la lluvia, cuyo día de apaciguamiento caía sobre el día de San Marcos,
por lo que comparten el nombre. Sabíamos que esto no era un santo católico y nos
preguntábamos si ofendíamos por estar allí.Volviendo a la casa de Reinaldo, nos enteramos que el todavía no llegaba (¡que sorpresa!)Y que su señora preparaba la cena: tortillas, frijoles y salsa. Y ¿qué más podía hacer que ofrecernos que comer? Al rato cometí el segundo (o tercero o cuarto) error. Tuve que salir afuera, y al volver, me encontré con un ramo de corte de flores rojas brillantes en el suelo. Los recogí y los llevé a la casa. "¿Qué son estas flores?" le pregunté, orgullosa de que poder decir tanto. Ella murmuró que no sabía. Pensé que había entendido mal, así que reduje la velocidad y enuncie con mayor claridad. Ella me miró, y luego miró hacia otro lado, murmurando en voz más baja aunque ella no sabía. Yo insistí. Eran flores que ella misma había cortado. Por fin Roberto me rescató. "Ana, son amapolas. ¡Déjalos!" Poco después el ramo desapareció de la casa.
Por fin me callo
el veinte. Podía ahora ver (persona observadora que soy) que había una
hendidura alrededor de la enorme bombilla de donde ya se había cosechado la
goma blanca: la base para la heroína. Acababa yo de preguntarle a esta mujer
sobre una venta de drogas ilegales. Posiblemente la pobre mujer ya estaba
afanada, pero ya era de noche, y nos ofreció donde dormir en una segunda choza
de madera con nada más que dos camas de palo. Ella amontonó a sus hijos en la
cama con ella y nos dio la otra. La lluvia se filtró por el techo y el viento
se metió por las paredes. Estábamos a 7000 pies. Nos cubrimos con nuestras
chaquetas de plástico y dormimos en nuestras botas. No, no dormimos. Esperamos
la primera luz cuando, después de un desayuno de tortillas, frijoles y salsa,
por fin captamos ese pequeño detalle del par de tonos, y nos dimos cuenta que
era tiempo de partir. Caminamos hacia la plaza del pueblo para esperar el
camión. No sentimos ninguna bienvenida.
El río había crecido con la lluvia, y nos arriesgamos todos cruzándolo en el
camión, pero todos queríamos llegar al próximo pueblo. Y a partir de allí suponíamos
que nos faltaba una caminata normal, pero yo había contratado giardia y apenas
podía caminar. No dejaba de pensar lo que hubiera pasado si yo hubiera
intentado la caminata por la montaña, y por todo el día, con dos hombres. ¡Menos
mal! Cuando llegamos a un médico un par de días más tarde, quedó impresionado
con la virilidad de mis bichos. Pero después de calmarlos con alguna medicina,
regresamos a nuestro lugar en la mixteca. A veces a la austeridad simplemente
no hay que darle importancia.
El río había crecido con la lluvia, y nos arriesgamos todos cruzándolo en el
camión, pero todos queríamos llegar al próximo pueblo. Y a partir de allí suponíamos
que nos faltaba una caminata normal, pero yo había contratado giardia y apenas
podía caminar. No dejaba de pensar lo que hubiera pasado si yo hubiera
intentado la caminata por la montaña, y por todo el día, con dos hombres. ¡Menos
mal! Cuando llegamos a un médico un par de días más tarde, quedó impresionado
con la virilidad de mis bichos. Pero después de calmarlos con alguna medicina,
regresamos a nuestro lugar en la mixteca. A veces a la austeridad simplemente
no hay que darle importancia.
No comments:
Post a Comment