Tuesday, July 21, 2015

Austeridad



Mi amiga, la enfermera compasiva, me prestó unas  películas, y la última que vimos fue sobre unas bandas de personas que optaban por un estilo de vida austero, como los espartanos. Estaba pensando, ¿quién escogería algo así? Y entonces me acordé de que yo misma había elegido  vivir en lugares aislados, con miskitos y con mixtecos, quienes no tenían otra opción. En ambos lugares dormí sobre madera, aguante tormentas, y sufrí enfermedad y hambre.

Creo que mi peor momento fue una noche en un pueblito mixteco. Habíamos caminado durante horas y luego subido un camión atravesando un río y una montaña para llegar, con la esperanza de encontrar a Reinaldo (no es su nombre), un hombre que habíamos conocimos en los campos en Culiacán, y quien creíamos haberse convertido a Cristo. Él se había ofrecido a llevarnos por la sierra a otro pueblo donde teníamos amigos, y pensábamos que estábamos listos para esta caminata de todo un día. No lo estábamos, así que afortunadamente nuestro viaje tomó otro giro.


Cuando encontramos la casa de Reinaldo, cometimos nuestro primer error. Preguntamos por Reinaldo, pero no entendimos la respuesta de su señora. Los términos "ya viene en camino" y "él ya no viene" tienen solamente un tono de diferencia, y perdimos este pequeño detalle y nos sentamos a esperar a un hombre que nunca iba a llegar. (Más tarde nos enteramos de que se había escapado cuando nos vio llegar, no queriendo ser visto en su pueblo con portadores extranjeros de una religión falsa.) Su esposa, estoy seguro, se preguntaba porque no nos íbamos. Practicamos todas nuestras frases en mixteco, pero ni Roberto pudo alargar la conversación más, y pronto nos quedamos sin palabras. Ella no iniciaba la conversación, así que nos dimos un paseo por el sendero de montaña. Llegamos a un altar de piedras donde se veían flores muertas y sangre seca, y nos dimos cuenta que habíamos encontrado el altar de San Marcos, el dios de la lluvia, cuyo día de apaciguamiento caía sobre el día de San Marcos, por lo que comparten el nombre. Sabíamos que esto no era un santo católico y nos preguntábamos si ofendíamos por estar allí.

Volviendo a la casa de Reinaldo, nos enteramos que el todavía no llegaba (¡que sorpresa!)Y que su señora preparaba la cena: tortillas, frijoles y salsa. Y ¿qué más podía hacer que ofrecernos que comer? Al rato cometí el segundo (o tercero o cuarto) error. Tuve que salir afuera, y al volver, me encontré con un ramo de corte de flores rojas brillantes en el suelo. Los recogí y los llevé a la casa. "¿Qué son estas flores?" le pregunté, orgullosa  de que poder decir tanto. Ella murmuró que no sabía. Pensé que había entendido mal, así que reduje la velocidad y enuncie con mayor claridad. Ella me miró, y luego miró hacia otro lado, murmurando en voz más baja aunque ella no sabía. Yo insistí. Eran flores que ella misma había cortado. Por fin Roberto me rescató. "Ana, son amapolas. ¡Déjalos!" Poco después el ramo desapareció de la casa.

Por fin me callo el veinte. Podía ahora ver (persona observadora que soy) que había una hendidura alrededor de la enorme bombilla de donde ya se había cosechado la goma blanca: la base para la heroína. Acababa yo de preguntarle a esta mujer sobre una venta de drogas ilegales. Posiblemente la pobre mujer ya estaba afanada, pero ya era de noche, y nos ofreció donde dormir en una segunda choza de madera con nada más que dos camas de palo. Ella amontonó a sus hijos en la cama con ella y nos dio la otra. La lluvia se filtró por el techo y el viento se metió por las paredes. Estábamos a 7000 pies. Nos cubrimos con nuestras chaquetas de plástico y dormimos en nuestras botas. No, no dormimos. Esperamos la primera luz cuando, después de un desayuno de tortillas, frijoles y salsa, por fin captamos ese pequeño detalle del par de tonos, y nos dimos cuenta que era tiempo de partir. Caminamos hacia la plaza del pueblo para esperar el camión. No sentimos ninguna bienvenida.

El río había crecido con la lluvia, y nos arriesgamos todos cruzándolo en el camión, pero todos queríamos llegar al próximo pueblo. Y a partir de allí suponíamos que nos faltaba una caminata normal, pero yo había contratado giardia y apenas podía caminar. No dejaba de pensar lo que hubiera pasado si yo hubiera intentado la caminata por la montaña, y por todo el día, con dos hombres. ¡Menos mal! Cuando llegamos a un médico un par de días más tarde, quedó impresionado con la virilidad de mis bichos. Pero después de calmarlos con alguna medicina, regresamos a nuestro lugar en la mixteca. A veces a la austeridad simplemente no hay que darle importancia.

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