Ayer nos reunimos
como iglesia en un parque, algo que hacemos cada verano, rodeados de bosques,
cascadas y árboles gigantes de sombra. Difícilmente se podría llamar un día
de campo. Fue
más fiesta con tanta comida canadiense: ensaladas y hamburguesas y salchichas y
bizcochos y postres ... abundaba la comida. Esta
tradición ha existido probablemente desde el comienzo de la iglesia. Durante
el culto, que se celebró en un granero, el predicador trajo un shofar para que
la gente soplara (es cuerno de chivo), una tradición judía que su iglesia habia
adoptado. Me
gustó la forma en que complementaba los instrumentos modernos de la banda. Me
hizo pensar en otras tradiciones de la iglesia: las bandas de los Moravos
tocando todos juntos al amanecer en el cementerio en la Pascua y los bautismos
de los mixtecos cuando bajan en traje típico al río, todos cantando y alabando
a Dios. Todos
podemos pensar en las tradiciones de la iglesia que enriquecen nuestra
adoración y nuestra comunión. Dios
nos ha dado tanta creatividad.
Y sin embargo, recuerdo que estos grandes tesoros son pasajeros. Por el bien de los demás, los abandonamos. Cuando Jesús se hizo hombre, dejó todas las gloriosas tradiciones del cielo, toda la riqueza de su cultura, y tomó la forma de siervo. Nosotros, también, dejamos atrás nuestras tradiciones más queridas cuando entramos en culturas nuevas. Claro que no hablo de dejar atrás a Jesús. Sé que Dios se ha revelado una vez por todas a través de su Hijo Jesús, y que fuera de Él, no hay salvación. Lo que dejamos atrás es la forma cultural de responder a Jesús, la forma en que vestimos nuestra obediencia con nuestras propias tradiciones. De esta manera dejamos espacio para que la gente encuentre sus propias maneras de adorar a Dios, utilizando sus propias formas de arte, sus propias celebraciones, su propio atuendo. Dejamos que ellos crean sus propias tradiciones. En cuanto más abandonamos nuestra propia cultura, más libertad le damos a la gente expresarse de corazón.
Cuando Juan vio la gran multitud adorando en el cielo de toda nación, tribu, pueblo y lengua, ¿cómo lo sabía? Creo que era obvio. Creo que esta multitud reflejaba la variedad extensa de toda la cultura humana. Creo que había shofares y bandas y guitarras eléctricas y banjos y arpas y cítaras. Creo que se veía una mezcla de tradiciones tan diferentes que nadie más que Dios pudiera unirlas. Y sí hubo un picnic de verano, también. Hubo una fiesta con cascadas y senderos y árboles gigantes de sombra justo al lado de la fiesta mexicana con tamales muchas piñatas.
La pregunta es: ¿cómo distinguimos entre la tradición humana y lo que es universal? ¿Qué llevamos y que dejamos atrás cuando nos movemos entre las culturas? Esta pregunta es la causa de muchas divisiones en la iglesia. Es lo que separa a las denominaciones y da agencias misioneras los mayores dolores de cabeza. La respuesta es el corazón de las misiones porque se trata de la encarnación de Jesus.
Y sin embargo, recuerdo que estos grandes tesoros son pasajeros. Por el bien de los demás, los abandonamos. Cuando Jesús se hizo hombre, dejó todas las gloriosas tradiciones del cielo, toda la riqueza de su cultura, y tomó la forma de siervo. Nosotros, también, dejamos atrás nuestras tradiciones más queridas cuando entramos en culturas nuevas. Claro que no hablo de dejar atrás a Jesús. Sé que Dios se ha revelado una vez por todas a través de su Hijo Jesús, y que fuera de Él, no hay salvación. Lo que dejamos atrás es la forma cultural de responder a Jesús, la forma en que vestimos nuestra obediencia con nuestras propias tradiciones. De esta manera dejamos espacio para que la gente encuentre sus propias maneras de adorar a Dios, utilizando sus propias formas de arte, sus propias celebraciones, su propio atuendo. Dejamos que ellos crean sus propias tradiciones. En cuanto más abandonamos nuestra propia cultura, más libertad le damos a la gente expresarse de corazón.
Cuando Juan vio la gran multitud adorando en el cielo de toda nación, tribu, pueblo y lengua, ¿cómo lo sabía? Creo que era obvio. Creo que esta multitud reflejaba la variedad extensa de toda la cultura humana. Creo que había shofares y bandas y guitarras eléctricas y banjos y arpas y cítaras. Creo que se veía una mezcla de tradiciones tan diferentes que nadie más que Dios pudiera unirlas. Y sí hubo un picnic de verano, también. Hubo una fiesta con cascadas y senderos y árboles gigantes de sombra justo al lado de la fiesta mexicana con tamales muchas piñatas.
La pregunta es: ¿cómo distinguimos entre la tradición humana y lo que es universal? ¿Qué llevamos y que dejamos atrás cuando nos movemos entre las culturas? Esta pregunta es la causa de muchas divisiones en la iglesia. Es lo que separa a las denominaciones y da agencias misioneras los mayores dolores de cabeza. La respuesta es el corazón de las misiones porque se trata de la encarnación de Jesus.

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