Saturday, July 18, 2015

Conversión

Cuando el sol se pone, Robert y yo salimos a caminar. Me siento el cuerpo hecho de bloques que no quieren quedar encima el uno del otro en línea recta. Pasamos viñedos. No me daba cuenta de cuántos viñedos hay alrededor de mí, hasta ver como el verano viste sus ramas desnudas de hojas. Están apoyadas con cuerdas. Así crecen derecho. Pasamos un pequeño cementerio con nombres de familia, incluyendo el nombre de nuestro propio camino. Pasamos una iglesia convertida en casa, con grandes ventanas a lo largo, y se puede ver el cielo, como ver a través de gafas cuadradas. Mis amigos viven allí, y vamos a visitarlos el domingo. Pasamos manzanos y campos de maíz y campos de frijol. Los campos de trigo son los más coloridos porque se ven flores blancos y morados mezclados con oro. El trigo está maduro, y estas flores son la cizaña, ramos que no se pueden comer.

Los viñedos han traído una conversión a la zona. Antes había granjas de frutas y de granos, pero ahora hay docenas de lagares que venden vino hecho en casa. Veo cómo eligen sus etiquetas, algunos con el nombre familiar, algunos con la direccion, algunos por capricho o por llamar la atención. Uno se llama megalomanía y la imagen es de ropa clásica en forma humana, pero sin cara.
 
Tomamos nuestra caminata a lo largo de la escarpa, el precipicio sobre el cual cae el Río Niagara. En las cataratas, el agua cae con poder hasta el fondo, cubriendo todo con llovizna. Por la noche, el poder del agua se cosecha para la conversión a la electricidad. Aquí, sin embargo, la escarpa cae suavemente, poco a poco, de modo que los pequeños viñedos en la bajada tienen sus propios microclimas atrapados en mini-mesetas como humos en copas de vino. Aquí el agua gotea desde el cielo y se filtra a través de los suelos, y entra con calma por las uvas. Aquí el agua se convierte en vino de forma tranquila. Algunos lagares dejan que las uvas se congelen en invierno para exprimir vino de hielo, el más dulce de todos. Los turistas siguen los dos caminos de agua, dejando un rastro de agua convertido en viviendas y trabajos.

Cuando conduces tu coche por encima de la escarpa y llegas a la orilla, encuentras que la mayoría de las carreteras bajan con curvas, porque es una forma más segura de bajar, aunque aun así, en invierno, el hielo negro puede emboscar tu carro. En una noche de invierno, mi amiga Alison se encontró colgada boca abajo, atada por su cinturón, en una zanja a lado del camino. Pero en la calle Victoria (llamada así por la reina) bajas directamente, y al bajar sobre la cresta de la colina, ves el lago extenderse majestuosamente delante de ti, con una gran ciudad en siluete en la distancia.  Este paisaje me vuelve a sorprender cada vez que me lo encuentro. Me levanta el corazón como ver montañas por primera vez al dar vuelta por una curva.
   

Mientras caminamos a lo largo del escarpe junto a viñedos tranquilos, le cuento a Robert del libro que acaba de terminar. Me había tomado el tiempo para terminarlo mientras los viñedos reverdecían. Se titula La Caminata del Claustro. En él se describe cómo la Regla benedictina exige una conversión del corazón continua, de por vida, una renuncia gradual del poder hasta que Dios lo reciba todo. Esta conversión--esta conversión lenta a vino--lleva toda una vida. De alguna manera creo que la Regla benedictina tiene la mejor definición de la conversión.

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