Anoche pasé siete
horas como banquero para un juego de mesa llamado Colonos de Catan. Los
jugadores eran mi Esposo, mi Hijo, el Maestro Jugador Bryan y dos novatos.
Menos mal que nuestro anfitrión salió a preparar salchichas a la parrilla para
que pudieran comer algo y mantener su fuerza durante tantas horas. Al final, mi
anuncio que ya tenía en la mano todas las cartas necesarias para ganar. Estaba
bastante seguro de sí mismo, pero mejor no hubiera hablado, porque los demás lo tomaron como desafío para
bloquearlo. Le robaron sus comerciantes,
le desplazan sus caballeros, y la eliminaron sus carreteras. Lo aguanto todo
con calma, que me impresiono. Fue un par de vueltas más antes de poder ganarse
sus 13 puntos. Entonces (ya que el juego, obviamente, no se había alargado lo
suficiente) los chicos decidieron permitir una ronda más de gracia para ver si
los demás le alcanzaban. En esa ronda el Maestro Jugador subió a 13 puntos y le
quito dos a Felipe. Roberto se ganó sus 14 puntos. ¿Quedaría como ganador?
Entonces otro jugador subió a 13 y le quito uno a Roberto. Roberto bajó a 12.
Decidieron añadir otra ronda más.
¡Eran las 11 pm! ¡Esto podría durar toda la
noche! La Banquera anuncio el fin del juego porque no aguantaba más el cansancio,
y declaro un triple empate. Habían sido siete horas de diversión.
Más allá de lo
obvio, que no debían haber rondas de gracia en un juego como Colonos de Catan y
que nadie puede predecir los ganadores, observe otras cosas, también. Por
ejemplo, me di cuenta que me sentía tan contenta, sentada al lado de mi hijo, a
quien no he visto durante cinco meses, viéndolo diseñar su estrategia y jugar
con calma. No siempre fue así. Ha madurado. También me di cuenta de que no me
importaba lo que todos hiciéramos juntos, siempre y cuando todos estábamos
juntos. Como una persona introvertida, no me importa estar en la periferia porque
muchas veces se me agotan las palabras. Y los juegos pueden decirte mucho sobre
los jugadores.
Lo que más me
impresionó fue cuanto mi hijo ha aprendido de otras personas a través de estos
juegos. Alguien dijo alguna vez que no se puede confiar en alguien que hace trampa
en los juegos, no importa sus normas morales. Son los hábitos que señalan su
carácter. Y pensé en las horas que el Maestro Jugador ha invertido en chicos
como mi hijo, jugando juegos, enseñándoles como utilizar la estrategia, como
seguir las reglas, cómo controlar la lengua cuando está enojado, y cómo perder
(mi hijo ha tenido mucha práctica en eso con el Maestro Jugador). Mi padre hizo
lo mismo para mí, enseñándome a pensar, a aprender, y a perder de buena gracia.
Me hace pensar en los elefantes. Entre todos los machos mayores entrenan a los menores.
Me pregunto
cuántas personas me han ayudado a entrenar a mis hijos en las cosas que
realmente importan, en las cosas que necesitaban ser modeladas. Me pregunto cuánto me falta
agradecer a las personas como el Maestro Jugador. Creo que todos, pero quizás
especialmente los padres, les debemos las gracias a muchas personas por
habernos ayudado.


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