Estoy haciendo
planes para cruzar el continente y ver a mis papás. Casi ni pienso en como el
clima podría interferir con mis planes porque en Norteamérica no le hacemos
mucho caso al intemperie. A excepción de los agricultores. Me impresiona como
nuestro anfitrión Larry siempre sabe durante todo el día como ajustar sus planes
al clima, calculando los vientos cambiantes que llevarían químicos o soltarían
lluvias suaves para asentar las semillas en el suelo. La otra noche una
tormenta me despertó a las tres. Más allá de los relámpagos, los truenos
rodaban como un avión despegando de una pista aérea sin fin. Me sentí incómoda,
una respuesta vestigio de los días en que vivía en Honduras, donde las
tormentas cancelaban nuestros planes. En aquel entonces los techos eran de
lámina, y cuando llovía fuerte, nos callaba. Sólo las carreteras más importantes
tenían puentes, y los aviones volaban sin radar alrededor de las montañas.
Evitaban las tormentas. Y los carros evitaban cruzar los ríos crecidos. Les poníamos
atención a las condiciones meteorológicas.
Cuando vivía en
la Costa de los Mosquitos de Honduras (no llamado así por su prevalencia de
miedo-grandes mosquitos, pero es más probable, por los mosquetes negociados de
piratas ingleses), la única salida era una caminata de tres día hasta el río,
tres días de paseo en barco por la costa, o un viaje en avión de dos horas a
una de las dos ciudades hondureñas más cercanas, La Ceiba o Tegucigalpa. La
mayor parte de nuestros viajes fueron por avioneta que aterrizaban en pistas de
tierra. Había una carretera que conectaba la sede de los campos de refugiados
donde trabajábamos con el puerto principal, Lempira, pero para ir cualquier
otro lugar, teníamos que ir en cayuco. Dependíamos más en los aviones. Todos
pasamos horas, hasta días enteros, esperando en alguna pista, la avioneta que
podría o no podría venir debido al clima o un viaje de emergencia a la clínica
médica. Todos perdimos vuelos cuando llegaban las tormentas.
Cuando vivía en
Lempira, iba a visitar a Janey en las aldeas más al sur a lo largo de la costa
donde ella dormía en hamaca, y daba un curso de costura en mískito. Esto
significaba cruzar la laguna que separaba Lempira de Cauquira en una gran canoa
de pasajeros y luego embarcar en otra canoa estrecha para navegar por los
canales que conectaba las aldeas costeras. A menos de que estuviera lloviendo,
los paseos a lo largo de los canales eran mágicos. Pasabas por los manglares
tejidas por arriba y enredados por abajo del agua, y el barquero tenía que subir
y bajar su motor diésel con un palo para que no pegara con las raíces ocultas.
El paseo a través de la laguna, por otro lado, era más difícil. Subías al
cayuco a las 4 de la madrugada y te sentabas con otras dos personas sobre una
tablita, escuchado el "tuc tuc" del motor durante tres horas en la
oscuridad. Si el agua no estaba tranquila, las olas salpicaban en el barco,
empapando a todos, y entre todos los pasajeros, levantaban un plástico que el
barquero siempre llevaba, y lo subían sobre sus cabezas y lo sujetaban a los
lados del cayuco para protegerse de las olas. El clima importaba.
Y la vez que
estuve en más peligro fue cuando cruzamos en barco de las Isla de Roatán a la
costa en una gran tormenta. El capitán cambio de ruta, regresando el barco dos
veces, indeciso. Llegamos de noche, empapados de agua salada. Cuando llegamos a
La Ceiba, no podíamos acercarnos al muelle y mandaron lanchas para traernos a
tierra firme. Recuerdo la cara de mi mama llena de alivio cuando al fin
llegamos.
Así que hay una
razón por la que me siento incómoda
cuando el trueno sigue gruñendo y el rayo
me amenaza por la ventana. Espero que este respeto por el tiempo me haya
hecho más capaz de lidiar con los golpes, quizás más flexible en mi
planificación. Puede Ser. Si es así, es porque todavía tengo un sentido de
alguien tiene control del tiempo. Mi vida con los mixtecos me mostró que su
experiencia de la imprevisibilidad del clima y de todas las otras fuerzas de la
naturaleza les llevó a asumir que sus vidas se gobernaban por fuerzas
espirituales que eran caprichosas y poco comprensivas. Al igual que los
antiguos griegos, encontraban que la vida les regalaba mucha tragedia. Todos
sus presagios eran malos, y los dioses de la lluvia pedían sacrificios. Es sólo
porque Dios se ha revelado como un Padre bueno y quien nos lleva a lo bueno que
podemos ahora ajustar nuestros planes sin temor. Nuestro Dios es bueno. Él
camina sobre el agua y calma las tormentas. Entonces podemos confiar que dónde
nos dirigimos es bueno, sea cual sea el tiempo que nos amenaza. Es nuestro plan
difundir esta buena noticia, sin importar la tormenta que nos llegue.



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