Thursday, July 2, 2015

Clima

Estoy haciendo planes para cruzar el continente y ver a mis papás. Casi ni pienso en como el clima podría interferir con mis planes porque en Norteamérica no le hacemos mucho caso al intemperie. A excepción de los agricultores. Me impresiona como nuestro anfitrión Larry siempre sabe durante todo el día como ajustar sus planes al clima, calculando los vientos cambiantes que llevarían químicos o soltarían lluvias suaves para asentar las semillas en el suelo. La otra noche una tormenta me despertó a las tres. Más allá de los relámpagos, los truenos rodaban como un avión despegando de una pista aérea sin fin. Me sentí incómoda, una respuesta vestigio de los días en que vivía en Honduras, donde las tormentas cancelaban nuestros planes. En aquel entonces los techos eran de lámina, y cuando llovía fuerte, nos callaba. Sólo las carreteras más importantes tenían puentes, y los aviones volaban sin radar alrededor de las montañas. Evitaban las tormentas. Y los carros evitaban cruzar los ríos crecidos. Les poníamos atención a las condiciones meteorológicas.

Cuando vivía en la Costa de los Mosquitos de Honduras (no llamado así por su prevalencia de miedo-grandes mosquitos, pero es más probable, por los mosquetes negociados de piratas ingleses), la única salida era una caminata de tres día hasta el río, tres días de paseo en barco por la costa, o un viaje en avión de dos horas a una de las dos ciudades hondureñas más cercanas, La Ceiba o Tegucigalpa. La mayor parte de nuestros viajes fueron por avioneta que aterrizaban en pistas de tierra. Había una carretera que conectaba la sede de los campos de refugiados donde trabajábamos con el puerto principal, Lempira, pero para ir cualquier otro lugar, teníamos que ir en cayuco. Dependíamos más en los aviones. Todos pasamos horas, hasta días enteros, esperando en alguna pista, la avioneta que podría o no podría venir debido al clima o un viaje de emergencia a la clínica médica. Todos perdimos vuelos cuando llegaban las tormentas.

Cuando vivía en Lempira, iba a visitar a Janey en las aldeas más al sur a lo largo de la costa donde ella dormía en hamaca, y daba un curso de costura en mískito. Esto significaba cruzar la laguna que separaba Lempira de Cauquira en una gran canoa de pasajeros y luego embarcar en otra canoa estrecha para navegar por los canales que conectaba las aldeas costeras. A menos de que estuviera lloviendo, los paseos a lo largo de los canales eran mágicos. Pasabas por los manglares tejidas por arriba y enredados por abajo del agua, y el barquero tenía que subir y bajar su motor diésel con un palo para que no pegara con las raíces ocultas. El paseo a través de la laguna, por otro lado, era más difícil. Subías al cayuco a las 4 de la madrugada y te sentabas con otras dos personas sobre una tablita, escuchado el "tuc tuc" del motor durante tres horas en la oscuridad. Si el agua no estaba tranquila, las olas salpicaban en el barco, empapando a todos, y entre todos los pasajeros, levantaban un plástico que el barquero siempre llevaba, y lo subían sobre sus cabezas y lo sujetaban a los lados del cayuco para protegerse de las olas.  El clima importaba.

Y la vez que estuve en más peligro fue cuando cruzamos en barco de las Isla de Roatán a la costa en una gran tormenta. El capitán cambio de ruta, regresando el barco dos veces, indeciso. Llegamos de noche, empapados de agua salada. Cuando llegamos a La Ceiba, no podíamos acercarnos al muelle y mandaron lanchas para traernos a tierra firme. Recuerdo la cara de mi mama llena de alivio cuando al fin llegamos.



Así que hay una razón por la que me siento  incómoda cuando el trueno sigue gruñendo y el rayo  me amenaza por la ventana. Espero que este respeto por el tiempo me haya hecho más capaz de lidiar con los golpes, quizás más flexible en mi planificación. Puede Ser. Si es así, es porque todavía tengo un sentido de alguien tiene control del tiempo. Mi vida con los mixtecos me mostró que su experiencia de la imprevisibilidad del clima y de todas las otras fuerzas de la naturaleza les llevó a asumir que sus vidas se gobernaban por fuerzas espirituales que eran caprichosas y poco comprensivas. Al igual que los antiguos griegos, encontraban que la vida les regalaba mucha tragedia. Todos sus presagios eran malos, y los dioses de la lluvia pedían sacrificios. Es sólo porque Dios se ha revelado como un Padre bueno y quien nos lleva a lo bueno que podemos ahora ajustar nuestros planes sin temor. Nuestro Dios es bueno. Él camina sobre el agua y calma las tormentas. Entonces podemos confiar que dónde nos dirigimos es bueno, sea cual sea el tiempo que nos amenaza. Es nuestro plan difundir esta buena noticia, sin importar la tormenta que nos llegue.

No comments:

Post a Comment