Friday, July 10, 2015

Hospitalidad

Siempre cuando viajamos, me quedo impresionada como Dios provee la hospitalidad en todas partes. Estoy agradecida. Cuando Roberto y yo fuimos a México por primera vez, exploramos varios pueblos. Aprendimos que las comunidades indígenas son autónomas, y rigen lo que nombran sus usos y costumbres. Ellos protegen su identidad cultural, y a veces tienes que conseguir el permiso del presidente de la comunidad para vivir allí. Algunos prohíben la predicación de lo que consideran religiones extranjeras. Así que sabíamos que mudarse a un pueblo mixteco no iba a ser tan fácil. Para conocer a los mixtecos, pasamos meses visitando los campos de trabajo en Sinaloa, y allí formamos amistades con personas de un pueblo en particular. Nuestros amigos eran nuevos seguidores de Jesús. Nos invitaron a vivir con ellos en el sur de México, por lo que después de la temporada de trabajo, llegamos a su pueblo.

Usamos el transporte público, un camión pasajero, y cinco horas más tarde, nos bajamos en el pueblo donde vivían nuestros amigos mixtecos. Afortunadamente, una de las familias que conocíamos vivía junto a la carretera, y viéndonos bajar, se apresuraron para darnos la bienvenida. Por supuesto que no había forma de avisarles, y dudo que tomaran nuestras garantías de una visita en serio. Así que allí llegamos, un par de gringos, cargando mochilas, buscando donde quedarnos. En otro pueblo hubiéramos pasado la noche en la plaza, sin comida ni alojamiento. Y hacia frio, por la altura de 7000 pies. Yo llevaba falda y zapatos abiertos, por lo que recuerdo. Para un extraño no había donde quedarse ni dónde comer. El conductor del camión pasaría la noche al lado de la carretera, saliendo a las 4 de la mañana, desayunando en algún lugar con más comodidades.

Lidia (le cambie su nombre) fue nuestra anfitriona. Ella abrió la puerta de su casa y nos dio lugar. Vivíamos con toda la familia, mamá, tres hijos y dos nietos, en una habitación, y cocinamos en un fuego abierto en una plataforma de adobe en la esquina, y comimos alrededor del fuego. Nuestro mobiliario consistía en camas de palo (la nuestra estaba detrás de la puerta) y un par de sillas de tamaño infantil. No había baño hasta que Roberto cavó un hoyo en la tierra, lo cubrió con una tabla tambaleante, y levantó paredes de cartón. Para Lidia, recibirnos fue un acto natural de la hospitalidad. Como hermanos en la fe, éramos su familia. Cada día Lidia se levantaba temprano para hacer tortillas,  tejer, y cargar leña. Nosotros le ayudamos como se pudiera.

El mejor amigo de Roberto en este lugar era Alberto (le cambie su nombre), padre de siete hijos, campesino, vendedor de pescado seco, y zapatos y ropa, y cualquier otra cosa que se le ocurriera. Cuando Roberto le enseñó carpintería, vendió puertas y ventanas, camas, mesas y sillas, pero nunca hizo una fortuna. Sin embargo, cuando ya no vivimos en el pueblo, y llegaba Roberto de visita, nunca hubo duda de que Roberto se quedaría con Alberto. Por la noche, todos dormían en una sola habitación, y los dos hombres platicaban en la oscuridad.  Alberto le hacía preguntas: "Hermano, ¿es verdad que los hombres han caminado sobre la luna? ¿Es realmente hecha de queso? ¿Existe Superman? Star Trek? ¿Venimos del chango? ¿Hay un hoyo en Rusia que llega hasta el infierno, donde si bajas un micrófono, puedes oír los gritos?" El había visto la televisión, y su curiosidad sobre lo que habia visto era refrescante. Siempre queria aprender algo nuevo.


Rolando, el hermano de Alberto, fue uno de los dos mártires de la iglesia mixteca. Le dispararon mientras pastoreaba sus ovejas en el campo, y murió por su fe en Jesús. Posiblemente no sabía leer. No lo sé. Yo sé que no habría estudiado la teología. Pero sí sabía una cosa: que Jesús lo amaba, lo había perdonado y le había dado una nueva vida, y que lo estaría esperando en el cielo algún día. Posiblemente, eso es todo lo que este hermano hubiera sabido cuando murió. Nadie sabía quién podría ser el próximo mártir. Se encerraban en sus casas al atardecer, y nos advirtieron hacer lo mismo. Pero Alberto nunca abandono su fe en Jesús durante estos tiempos difíciles. Aprendió a leer la Biblia lo mejor que pudo en un idioma que no era suyo, y ayudo a dirigir la iglesia. Yo he aprendido mucho de mis hermanos mixtecos acerca de la fe y de la hospitalidad.

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