Mi amiga, la
enfermera compasiva, me dio permiso
contarles esta historia. Ella vive en el campo, y recientemente, salió a
caminar. Las lilas estaban floreando por unas pocas semanas (siempre me
sorprende que las temporadas son tan cortas en Canadá. Roberto dice que las
fresas duraran un par de semanas, y no he probado ni una. En México la temporada
del mango sigue por meses, la “paloma” el "ataúd,” el “confite,” y la
"manila" o "Haydn" y si no los dejo de mencionar, se me hará agua la boca, porque hasta acá no
llegan). Volviendo a la historia, a mi amiga le encantan las lilas, esas flores
blancas y moradas tan suaves, tan diminutas, y que huelen tanto. Ella no tiene
lilas en su propio patio y siempre los busca cuando sale. Y mientras caminaba,
las vio en un campo. Junto al campo vio el patio de una gran casa donde había
muchas lilas sembradas, pero en el campo, las lilas eran (seguramente)
silvestres. Y estaban en plena floración. Mi amiga lo pensó bien porque tiene
una conciencia muy sensible. Ella nunca tomaría
algo que no es de ella, y siempre cumple con todas las reglas con mucho
cuidado. Es sumamente respetuosa de la ley. Los policías sueñan con personas
como ella, y su familia a veces le hace burla.
Así que cruza por
el campo, donde (seguramente) nadie es dueño de las lilas, corta unas ramitas
de púrpura y blanco para hacer un ramo, y sigue su paseo con las flores en la
mano, disfrutando de su fragancia. El día está lleno de alegría, y ella sabe
exactamente donde quiere colocar las flores al llegar a casa. Esta sonriendo.
Pasa un coche. Pasa,
pero luego, ella ve las luces de freno, y se da cuenta que se detiene el carro
en la carretera. Luego el carro da
vuelta y regresa, lentamente, hacia ella. Cuando esta junto a ella, se detiene.
Ella se inquieta. El vidrio empieza a bajar. Aparece la cara de un anciano.
"¿De dónde sacaste esas lilas?"
¿Cuáles son las
posibilidades que esto le fuera a pasar a mi amiga con la conciencia de un
santo?
El anciano la
regaña. El regaña a mi amiga compasiva, quien tiene 50 y pico de años, es madre
de tres hijos, y tiene unas lilas (supuestamente silvestres) en la mano (¿robadas?
¡seguramente no!) Le dice: "Esos no le pertenecen, como usted bien sabe. Usted
debe pensarlo bien antes de tomar lo que
no es suyo. Sólo imagínese cómo me siento yo cuando la gente viene a mi propiedad
y toma lo que no le pertenece. Usted debe recordar eso la próxima vez que
sienta la tentación. No, yo no quiero que me devuelva las lilas. Ahora que las
ha cortado, disfrútelos. (Claro que los
va a disfrutar después de tal regaño.) Sólo recuerda la próxima vez de pedir
permiso antes de tomar las cosas.”
Esto se llama la ley
de las consecuencias. No la podemos escapar. Los griegos y Shakespeare
inventaron todo un género sobre los efectos de esta ley. Esta ley dice que
puedes tomar decisiones muy pequeñas, aparentemente sin importancia, y luego,
inesperadamente, estas decisiones cambian tu vida. Nuestras decisiones causan
efectos cada vez más grandes, y las consecuencias nos siguen afectando como los
círculos que radian de un punto en el pozo. Al final de una tragedia griega o
de Shakespeare, todos los afectados mueren porque el protagonista, una buena
persona, elige mal una vez, pero luego no puede detener las consecuencias.
Me alegra decir
que por lo que yo sé, mi amiga sigue viva, aunque las lilas han muerto, y no se
han visto consecuencias a su historia más
que la risa cierta determinación a seguir más las reglas. Pero la
próxima vez que tú veas lilas, deja que te recuerdan que por cada acción hay
una reacción igual y opuesta en la forma de la cara de un anciano descortés,
mirando por la ventanilla del coche, y que te recuerde de las consecuencias
trágicas de tus acciones. Son ineludibles. Todos somos emboscados por la ley de
las consecuencias.
Con esta excepción.
Cuando murió Jesús, se deshizo de la tragedia. Rompió las consecuencias
ineludibles de nuestras acciones. Destruyó la trampa inexorable de la muerte, y
creó la posibilidad de un final feliz. Aunque en este mundo caído todavía
estamos atados a todas las consecuencias de nuestras acciones, por lo que el
cáncer todavía viene y mata, en última instancia, aquel anciano acusador es
desterrado. Somos libres de sus regaños. Todos somos libres, y no importa que
objeto robado tengamos en la mando, somos perdonados. Lo que hacemos con esta puerta abierta es
harina de otro costal.

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