Tuesday, June 2, 2015

Invisible



El otro dia en la sala de emergencia, mi enfermero era un joven con barba, a quien tomé por técnico porque estaba vestido de negro, y cuando llegó por primera vez a mi habitación, se llevó una de las máquinas. Le tocaba vaciar el catéter en mi brazo para después tomar sangre y medir mis enzimas cardíacas (los corazones tienen enzimas)... Así que introdujo un líquido claro en el intravenoso en mi brazo. Esto ocurre al menos una vez a la semana cuando mi enfermera Becky me cambia la venda en la línea intravenoso o cuando llegue a para mi quimioterapia. (Esa línea va directo al corazón, por lo que no quieres que ningún sucio tenga acceso al agujero. Cuando me baño, me pongo una bolsa de plástico especial para eso.) Lo más raro del caso es que cada vez que se vacía el intravenoso, huelo un olor muy fuerte a químicos, como alcohol, pero más amargo. Yo había asumido siempre que mi enfermera olía esto, también. Pero ahora me enteré de que soy la única oliendo; y que el líquido claro es nada más que una solución salina. Me parece muy raro, esto. El enfermero me explico que muchas personas tienen esta experiencia, pero me pregunto, ¿Cómo puede un suero causar olor a algo que no existe?

Con cualquier suero que me pongan, aunque sea solución salina, siento un sabor metálico en la boca. De hecho, siempre tengo un sabor de lámina en la boca que contamina toda mi comida y me quita el apetito para las comidas que más me gustan como el chocolate. No tomo té ni como dulces, ni siquiera abro la bolsa de chocolates suizos que Robert escondido en el cajón al lado de mi cama porque me ama. Puedo saborear el caldo de tomate y los pickles. ¿Qué me pasa?

Ya estoy acostumbrada a los sonidos de la sala de emergencia: el traqueteo, traqueteo de la bomba IV, la alarma cuando la batería está baja, o la línea está torcida, o la bolsa se acaba. El silbido del manguito de presión arterial llenándose de aire, apretándome demasiado, cada 15 minutos. El roce de los anillos que sostienen la cortina a la entrada, la conversación ligera del personal o los gemidos de los heridos que llegan, el chirrido de las camillas en el pasillo, o el sonido pesado de zapatos policiacos que acompañan a delincuentes o víctimas que tienen que pasar por esta sala.

Y con tanto color blanco en el hospital, las batas blancas, los techos blancos, las máquinas blancas, me fijo en los colores que se ven: Las sillas color de mostaza en el salón de quimioterapia; las paredes color verdemar. Mi ecocardiograma fue tomada en una máquina blanca, y aunque la imagen en la pantalla era un gris borros, pero la sangre en el sistema brillaba con un color rojo brillante. Luego marcaba azul. Rojo. Azul. Rojo. Azul. Y reconocí el zumbido del corazón de los ultrasonidos mis bebés.) Y veía el flash, flash, flash del rojo de mi propia sangre.


Esta prueba y la tal prueba Muga con su lectura silenciosa de la radiactividad pueden ser intercambiables para algún médico u otro, pero el nombre inocuo, "echo" y sus destellos insistentes de rojo me levantaban los ánimos. Vi y oí mi propio corazón, que por lo general se mantiene tan invisible e tan inaudible, manteniendo su propio ritmo, laboreando para mantenerme con vida, a pesar del cáncer, bombeando mi sangre a través de todo mi cuerpo en solamente un minuto. ¡Bravo, mi corazón! Y recuerdo cuánto de mi vida es sólo una punta de la bola de hielo, con mucho más escondido de debajo de la superficie. Está escondido, por ejemplo, mi cáncer y su némesis, el veneno, en su batalla invisible. Esta también mi mente, escondido bajo el caparazón de tortuga, que es la vida de una persona introvertida, notando estos sonidos, y estos olores, y estos colores. Y también esta Dios, escondido dentro de mí, pero moviendo dentro de me, dándome vida eterna, formando un lugar eterno en su cuerpo. Y me gusta ver los destellos de rojo, y sentir el olor acre y misterioso, porque me recuerdan de un reino invisible que me envuelve y que es mi esperanza.

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