Ayer, volviendo a
casa, pasamos por algunos campos detrás de un concesionario de tractores, y Roberto
dijo: "Allí crecí." Han pasado veinticinco años desde que vivió en
esa finca, porque su papá lo vendió a Ian, quien usa los 55 acres para andar en
moto. Roberto
me dice que cuando sus padres lo compraron, estaba lleno de dos millones de
llantas, un medio millón de ellos amontonados entre la casa y la carretera. Los tres chicos pasaron todo un verano
apilando el medio millón de llantas en carretas para tirarlas detrás de la colina.
Y
alguien, celoso de la venta, les había prendido fuego, y quedaron un desastre. Una
vez que se escondieron las llantas detrás de la colina, los chicos construyeron
túneles y puentes y fuertes para jugar. Las
llantas están todavía allí, enterradas bajo cincuenta años de vida de la
granja.
La familia criaba
cerdos, pollos, y vacas, y sembraba papas y maíz para almacenar en el invierno
en un sótano frío, y también vendía maíz en la calle frente a la casa, dejando
una lata en una mesa para que los clientes pagaran. Sembraban trigo y heno y maíz y pastos y un jardín con
todas las verduras. Y
su mamá hacia su propia mantequilla, y su propio requesón y preparaba veranika
con cerezas y crema, y enlataba ejotes, tomates, duraznos, y peras.
Una vez Roberto
hayó una culebra en el jardín y lo mató. Lo
enrolló, dejándolo debajo de los maples para su mama. Se olvidó de todo hasta
que empezaron los gritos. Su mama tuvo que guardar los destornilladores porque él
los usaba para desaflojar los tornillos de las sillas en la cocina, que
quedaban en peligro de desmoronarse. Siempre era carpintero. Y travieso. Una
vez tomo prestado la escopeta de su papa sin permiso y le disparó a las sillas
del patio. Al
darse cuenta de que esas sillas blancas iban a meterlo en problemas, él los
llevó a la parte trasera de la propiedad, donde la hierba era alta. Era verano. En
invierno, sin embargo, cuando ya no había hierba, y todo quedo desnudo, las
sillas se destacaron a la vista, todo lleno de agujeros, y Roberto esperaba a
que su para le regañara, pero no pasó nada. Roberto
se imaginó que para su papá era un gran misterio, cómo llegaran esas sillas a
tal estado, pero después de cuarenta años, su para le dijo que siempre sabía
más de lo que aparentaba.
La recamara de Roberto
era un lugar temible. Él
tenía un gran agujero perforado en la pared donde la había golpeado con el
puño, peleando con su hermano, quien más tarde quiso pegarle con un tubo. Las peleas
eran graves, y me alegro de que todos sobrevivieran. Una
de las paredes estaba cubierta con una cortina azul cielo en el que colgaba armas: pistolas, cuchillos, una maza, incluso
una trampa para osos. Bajo su cama había
tapas de dinamita robadas del trabajo. Su
sobrinito Ryan se negó a dormir en esa recamara, y yo no lo culpo. En
un momento Roberto llevaba una bala vacía en una cuerda alrededor de su cuello.
La
primera vez que sacó la pólvora, perforó un agujero a mano, pero la segunda
vez, utilizó una herramienta dremel, que calentó la bala, y la pólvora... ahora
es un poco sordo del oído derecho, y recuerda cómo la bola casi le voló los
dedos. Así
que hay un agujero de bala en alguna parte del piso de la habitación, también.
Roberto y yo nos
casamos en el patio de la casa, donde mi papa nos dedicó a las misiones. Nos
casamos debajo de tres arboles abedules en una calurosa tarde de agosto, hace ya
casi veinticinco años. Y son los mismos tres árboles de abedul que sembraron
los chicos, y que su mamá pinto, enmarcando las dos niñas que patinaban sobre el
hielo en el arrollo debajo de la colina, el mismo arrollo y que ahora veíamos
por la ventana del coche. Esos
tres abedules están en las fotos de mi boda. Y
atrás se deberían ver los tractores de mi suegro, nada más que yo le había pedido
que los quitara para la ceremonia. ¿Qué estaba pensando? Ahora los extraño.
Y pasando por ese
lugar, ambos teníamos la misma pregunta: ¿Te arrepientes de haber abandonado este
lugar? ¿Te
arrepientes de nuestra vida en México, donde crecieron nuestros hijos y
formamos un hogar? ¿Echas de
menos lo que podríamos haber tenido aquí, esa prosperidad perdida? Y juntos decidimos que no. No
me puedo imaginar otra forma de vida que la que elegimos juntos hace
veinticinco años. Y lo elegiría todo de
nuevo, con todo y las trampas de oso.



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