Tuesday, June 16, 2015

La casa de sus padres



Ayer, volviendo a casa, pasamos por algunos campos detrás de un concesionario de tractores, y Roberto dijo: "Allí crecí." Han pasado veinticinco años desde que vivió en esa finca, porque su papá lo vendió a Ian, quien usa los 55 acres para andar en moto. Roberto me dice que cuando sus padres lo compraron, estaba lleno de dos millones de llantas, un medio millón de ellos amontonados entre la casa y la carretera. Los tres chicos pasaron todo un verano apilando el medio millón de llantas en carretas para tirarlas detrás de la colina. Y alguien, celoso de la venta, les había prendido fuego, y quedaron un desastre. Una vez que se escondieron las llantas detrás de la colina, los chicos construyeron túneles y puentes y fuertes para jugar. Las llantas están todavía allí, enterradas bajo cincuenta años de vida de la granja.

La familia criaba cerdos, pollos, y vacas, y sembraba papas y maíz para almacenar en el invierno en un sótano frío, y también vendía maíz en la calle frente a la casa, dejando una lata en una mesa para que los clientes pagaran.  Sembraban  trigo y heno y maíz y pastos y un jardín con todas las verduras. Y su mamá hacia su propia mantequilla, y su propio requesón y preparaba veranika con cerezas y crema, y enlataba ejotes, tomates, duraznos, y peras.

Una vez Roberto hayó una culebra en el jardín y lo mató. Lo enrolló, dejándolo debajo de los maples para su mama. Se olvidó de todo hasta que empezaron los gritos. Su mama tuvo que guardar los destornilladores porque él los usaba para desaflojar los tornillos de las sillas en la cocina, que quedaban en peligro de desmoronarse. Siempre era carpintero. Y travieso. Una vez tomo prestado la escopeta de su papa sin permiso y le disparó a las sillas del patio. Al darse cuenta de que esas sillas blancas iban a meterlo en problemas, él los llevó a la parte trasera de la propiedad, donde la hierba era alta. Era verano. En invierno, sin embargo, cuando ya no había hierba, y todo quedo desnudo, las sillas se destacaron a la vista, todo lleno de agujeros, y Roberto esperaba a que su para le regañara, pero no pasó nada. Roberto se imaginó que para su papá era un gran misterio, cómo llegaran esas sillas a tal estado, pero después de cuarenta años, su para le dijo que siempre sabía más de lo que aparentaba.

La recamara de Roberto era un lugar temible. Él tenía un gran agujero perforado en la pared donde la había golpeado con el puño, peleando con su hermano, quien más tarde quiso pegarle con un tubo. Las peleas eran graves, y me alegro de que todos sobrevivieran. Una de las paredes estaba cubierta con una cortina azul cielo en el que colgaba  armas: pistolas, cuchillos, una maza, incluso una trampa para osos. Bajo su cama había tapas de dinamita robadas del trabajo. Su sobrinito Ryan se negó a dormir en esa recamara, y yo no lo culpo. En un momento Roberto llevaba una bala vacía en una cuerda alrededor de su cuello. La primera vez que sacó la pólvora, perforó un agujero a mano, pero la segunda vez, utilizó una herramienta dremel, que calentó la bala, y la pólvora... ahora es un poco sordo del oído derecho, y recuerda cómo la bola casi le voló los dedos. Así que hay un agujero de bala en alguna parte del piso de la habitación, también.

Roberto y yo nos casamos en el patio de la casa, donde mi papa nos dedicó a las misiones. Nos casamos debajo de tres arboles abedules en una calurosa tarde de agosto, hace ya casi veinticinco años. Y son los mismos tres árboles de abedul que sembraron los chicos, y que su mamá pinto, enmarcando las dos niñas que patinaban sobre el hielo en el arrollo debajo de la colina, el mismo arrollo y que ahora veíamos por la ventana del coche. Esos tres abedules están en las fotos de mi boda. Y atrás se deberían ver los tractores de mi suegro, nada más que yo le había pedido que los quitara para la ceremonia. ¿Qué estaba pensando? Ahora los extraño.



Y pasando por ese lugar, ambos teníamos la misma pregunta: ¿Te arrepientes de haber abandonado este lugar? ¿Te arrepientes de nuestra vida en México, donde crecieron nuestros hijos y formamos un hogar? ¿Echas de menos lo que podríamos haber tenido aquí, esa prosperidad perdida? Y juntos decidimos que no. No me puedo imaginar otra forma de vida que la que elegimos juntos hace veinticinco años. Y lo elegiría todo de nuevo, con todo y las trampas de oso.

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