Tuesday, June 23, 2015

Los Mangos

Ayer comi un mango con mucho gusto y por la noche empeze a tener lo que creo que es una reacción alérgica. Me empezó un picazón en todo el cuerpo. Y esto me sorprende porque yo he comido suficientes mangos en mi vida para llenar un granero. En serio. Yo creci en un pequeño pueblo de Honduras llamado Olanchito, y con mis amigas Rina, Eva, Norma, y mi hermana, ​​pasábamos las tardes, saliendo de la escuela, en la recolección de fruta. Buscabamos mangos,  ciruelas, nanches, yuyugas y guayabas. Parecía ser nuestro trabajo como niños andar como ovejas de patio a patio, trepando árboles, sacudiendolos, o hurgandolos con palos para bajar la fruta. Lo comíamos asi como lo encontrábamos, verde o maduro, sin guardarlo, sin preocuparnos por el mañana.

Incluso en la secundaria, cuando debería haber superado este
hábito, recuerdo haber visitado a mi amiga Pati y podíamos ver por la ventana del segundo piso de su cocina, esos mangos tan deliciosos, los Haden, tentándonos desde aquellos arboles enormes en el patio. Bajamos uno con un palo, y llevamos nuestro premio a la cocina para devorarlo. Los mangos Haden son del tamaño de un conejo y se vuelven rojos con amarillo cuando maduran, y vale la pena comerlos aun cuando le llenan los dientes de hilitos. Y cuando están verdes, son casi morados por fuera pero por dentro blancos con la semilla tambien blanca, pareciendo un frijol, pero suave y demasiado amargo para comer (créame que yo lo había intentado), y la semilla es también un blanco puro, frijol suave demasiado amargo para comer (créanme, he intentado), y la piel sabe igua que la carne, por lo que no hay que pelarlo, pero se corta todo en un plato y se le anade sal, comino, y vinagre. Ah. Me da dentera sólo de pensarlo. Hoy en dia mis hijos se rien de mí porque no puedo pasar por un puesto de frutas en la calle sin querer comprar. Mi instinto para recolectar frutas sigue.

Por eso me parece injusto tener que abandonar los mangos por un régimen de quimioterapia. Me he unido a las filas de personas que evitan algunos alimentos, que tienen listas de carnes prohibidas, o granos, o productos, o frutas, como sea el caso. Estoy esperando que mi restricción sea temporal, y que la prohibición sea levantada cuando vuelva a crecer mi pelo y vuelva a vivir en tierra de mangos, pero quién sabe. Los mangos son de la familia de roble venenoso, y muchas personas, incluyendo a mi madre y mi hijo, sufren alergias (sobre todo cuando estan verdes y echan una savia blanca, lechosa), por quizas mi cuerpo por fin a dado el alto permanente.

¿No es extraño que puede uno poner algo en la boca y descubrir horas más tarde que fue veneno? ¿Y que antes no era veneno? Su cuerpo cambio de opinión sin avisarte, aunque la comida no ha cambiado ningún ingrediente, mas de repente has cometido un error que no sabias que era error: has ingerido un alérgeno. Estas son las consecuencias no esperadas. Hay tantas cosas que desconocemos. Ninguno de nosotros necesita convincente de que no somos perfectos cuando se trata de nuestro comportamiento, pero a veces es mucho más difícil convencernos que tampoco nuestras mentes son perfectos y que podemos caer en error en distinguir entre el bien y el veneno.

Es caracteristica del cerebro que se justificar a sí mismo, creyendo que su lógica es sano e irrefutable.  Malcolm Gladwell describe en Blink cómo tomamos decisiones rápidas e instintivas basadas en la emoción, y luego, después, la parte racional trata de justificarlas con la lógica. Todos hemos observado que los cerebros humanos son capaces de justifica cualquier acción, ya sea bueno o malo. No quiero decir que no tenemos libertad de escoger. Si lo tenemos. Lo que quiero decir es que no existe mas garantía que nuestros pensamientos son perfectos mas que nuestro comportamiento. Estamos más lejos en ambos casos de lo que pensamos o de lo que estemos dispuestos que nuestros esposos nos señalen. Decir que nos equivocamos en nuestras acciones es una cosa, pero admitir que nos equivocamos en nuestras creencias es peor.

Entonces, ¿quién sabe lo que mi cuerpo está haciendo bajo la influencia de este miserable régimen de quimioterapia. Me deja cansada simplemente subiendo escaleras. Mefecta los ojos, cerrándolos sin querer. Me impone siestas inesperadas y  me amortigua las sensaciones. Me da alergias a las mejores frutas del mundo, o ¿no?


Y me acudo no a una lista de creencias sino a lo que tengo por seguro: el amor de mi familia, de mi mis amigos, y de mi Dios. Aunque me falle la lógica y me falle el cuerpo, estas cosas me convencen.

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