Saturday, June 20, 2015

Desierto

Por el estilo de vida que tengo, a veces pasan muchos años sin ver a mis mejores amigas. Realmente esto no importa. Cuando nos volvemos a encontrar de nuevo, desaparecen los años, y nos ponemos a platicar como si no hubiéramos visto apenas. Las visitas son muy agradables. Por ejemplo, mi amiga Katy salió a vivir lejos de aquí hace cinco años. Tuvo que manejar horas para venir a verme, y nos acomodamos en un café para platicar sobre todo lo que nos ha pasado. Cubrimos tantos temas; hijos, esposos, trabajo, nuestra vida con Dios.

Y luego comentábamos sobre lo que sucede cuando salimos a vivir lejos de casa. Yo fui a vivir a México, y ella se trasladó al norte de este país, y a veces esto se siento como llegar a vivir en un desierto, porque pierdes la estructura de apoyo y de ministerio de tu iglesia, y tienes que aprender a vivir sin todo eso. Me había impresionado esta idea hace unos meses atrás en un retiro misionero, y ahora se me venía a la mente. En el retiro, una de las que compartía trabajaba en  nuestra agencia misionera con otros 20 empleados, y constantemente están viendo la obra de Dios en todo el mundo. Le habían dado una promoción. Ella lo describió como una puerta que se le abría inesperadamente, y todo lo que tenía que hacer era pasar adelante. Era maravilloso. Creo que este es el tipo de experiencia que Dios quiere para todos, y es lo que su cuerpo está destinado a proporcionarnos.


Pero me había dado cuenta que no siempre era mi experiencia. Y tampoco fue la experiencia de varias otras de las esposas en el grupo. Al contrario, atravesábamos  un desierto. Las puertas no se abrían automáticamente. Las oportunidades no aparecían sin buscar. De hecho, nos preguntábamos cómo utilizar nuestros dones cuando la estructura para el uso de nuestros dones no se encontraba. Nuestros maridos parecían sentirse desafiados, pero nosotros no nos sentíamos así. La oración no estaba abriéndonos puertas.

Y debemos reconocer que a veces, las oraciones no nos A veces tenemos que esperar. Tal vez para siempre. Estos son tiempos difíciles. Al leer Mateo, quede impresionada con la frecuencia con que Jesús menciona a la gente cumpliendo fielmente con su trabajo cotidiano: "El siervo fiel y sensato es aquel a quien el maestro puede dar la responsabilidad de administrar el cuidado y la alimentación de sus otros sirvientes en la casa." (Mateo 24). Debemos recordar que la mayoría de los cristianos no tienen las oportunidades de ministerio que existen dentro de nuestros movimientos. Ellos no pueden recaudar dinero para salir en viajes misioneros a corto plazo u ofrecer servicio voluntario en un campo de refugiados. En gran parte del mundo no existen ni los recursos ni la infraestructura para elegir estos trabajos, aunque debido a nuestra experiencia en lugares donde la iglesia es fuerte, hemos llegado a esperarlo como un dado.

Esto no quiere decir que no existen las oportunidades para servir a los demás en estos lugares. Al contrario, las oportunidades abundan. Pero nuestros hermanos y hermanas que viven en estos lugares tienen que tomar más iniciativa, ser más creativos, y sacrificarse más para lograr algo. Donde viven ellos, no existen las organizaciones para repartir folletos, apuntar voluntarios, y tomar donaciones. Y a veces, en nuestra prisa por ayudarles, nos lanzamos con nuestra eficiencia organizacional y apagamos el ánimo que ellos tienen para servir a los demás. Empiezan a imaginarse que todo tiene que llegarles desde afuera, de donde ellos se imaginan vienen los recursos.



Es difícil salir uno de su propia cultura. Y parte de la cultura norteamericana es tener una abundancia de opciones y una abundancia de oportunidades, y mucha variedad, y tantos recursos para hacer las cosas, y una impresionante eficiencia organizacional. Esta abundancia la dejamos atrás cuando vamos a vivir a pueblos no alcanzados, y cambiamos esta abundancia por un conocimiento de lo que crea mártires. Y la cambiamos por la paciencia que se necesita para estar parada bajo el sol, con polvo en la boca, durante cinco horas, viajando en la parte de atrás de un camión pasajero, con otras veinte personas más, sólo para llegar a casa por la noche. Y la cambias por una tortilla recién volteada en el comal, lleno de frijoles tiernos y salsa demasiada picante, puesta en tus manos con una generosidad espontanea, y reconoces que no te arrepientas de nada.

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