Cuando llego a casa, Roberto encontro un solitario buscando el nido perdido en mi ropero:
¿Cuál ha sido la oportunidad más rara que hayas tenido para ofrecer la hospitalidad? Hasta esta semana hubiera dicho que para mí fue un período de cuatro días mientras estábamos viviendo en Tlapa, Guerrero. Mi hija tenía un año, y vivíamos en una casa de una sola habitación, con cortinas entre su recámara (ella dormía en un corralito) y la nuestra. Por las mañanas, cuando se despertaba, abría la cortina con gran aplomo y una enorme sonrisa, para asegurarse de que estábamos listos para levantarnos con ella. (Hoy en día no recibe la mañana con igual estilo). Detrás de la casa, Roberto tenía su taller, un cuarto con piso de tierra, una ducha abierta que drenaba en una tina que vaciábamos en la letrina (tapada por otra cortina que se abría con el viento), y nuestro fregadero de la cocina. Dos parejas de recién casados nos visitaron en ocasiones distintas, y el taller les sirvió como recámara, con un colchón extendido, para la ocasión, sobre el banco de trabajo de mi esposo.
¿Cuál ha sido la oportunidad más rara que hayas tenido para ofrecer la hospitalidad? Hasta esta semana hubiera dicho que para mí fue un período de cuatro días mientras estábamos viviendo en Tlapa, Guerrero. Mi hija tenía un año, y vivíamos en una casa de una sola habitación, con cortinas entre su recámara (ella dormía en un corralito) y la nuestra. Por las mañanas, cuando se despertaba, abría la cortina con gran aplomo y una enorme sonrisa, para asegurarse de que estábamos listos para levantarnos con ella. (Hoy en día no recibe la mañana con igual estilo). Detrás de la casa, Roberto tenía su taller, un cuarto con piso de tierra, una ducha abierta que drenaba en una tina que vaciábamos en la letrina (tapada por otra cortina que se abría con el viento), y nuestro fregadero de la cocina. Dos parejas de recién casados nos visitaron en ocasiones distintas, y el taller les sirvió como recámara, con un colchón extendido, para la ocasión, sobre el banco de trabajo de mi esposo.
Una
mañana me desperté al oír un ruido extraño en el piso, justo a mi cama. Cuando me levanté, vi un ciempiés demasiado
grande. Ya había visto alacranes en la casa. Pero este animal era
como algo de película. Lo atrape con un bote y esperé que mi esposo
la matara. Mi héroe. Todavía me estremezco al recordar ese huésped
tan asqueroso. Luego, el otro día, estaba jugando con mi hija al
lado de la puerta, que tenía abierta la parte superior, y una de las
vecinas se acercó para platicar. Bajando la vista, exclamo, "¿Eso
es un nuevo juguete para su hija?"Claro que sí. ¡Era una enorme TARANTULA viva! Agarré al bebe y corrí hacia el taller, gritando, "ROBERTO, ROBERTO" a todo volumen. No estaba en el taller, así que sólo había un lugar más donde pudiera estar, y segui gritando: "No importa lo que estes haciendo ahora mismo--¡necesito que vengas de inmediato!" Mi héroe.

Pero la oportunidad más rara para ofrecer la hospitalidad a otros seres humanos fue cuando tuvimos un grupo de doce o más mixtecos que llegaron a la puerta pidiendo hospedaje durante unos días hasta que pudieran tomar el autobús a su siguiente destino. Yo no los conocía-nunca los había visto antes. Eran amigos de otros que nos conocían. Llegaron a nuestra casa con sus empanadas de frijol envueltas en hojas y con sus propios petates. Les ofrecí espacio en el taller, pero se negaron. Durmieron afuera sobre sus petates (el clima era templada), y comieron sentados en el suelo. Todo lo que les pude regalar era agua. Durante el día salían a hacer sus mandados y llegaban solamente para dormir en un lugar seguro en la noche. En cuatro días, desaparecieron. Me alegro de que nos consideraran lugar seguro. Y también éramos lugar seguro para muchas personas que simplemente aparecían en la entrada. Podrías aparecer tú, mi amiga, en mi puerta, y también te daría la bienvenida, y te buscaría un lugar para dormir y un lugar en la mesa. Porque la hospitalidad mexicana así lo requiere. Y como persona introvertida, no es siempre fácil recibir a la gente, pero cuando llega, me la imagino con alas invisibles de ángeles.
Para los huéspedes que
pican o muerden, no soy tan hospitalaria. Ya se los digo. Ni me
acomodo con los que hacen nidos dentro de mi ropa. Mi compañera de
equipo Tifany llevó su tableta a mi casa para tomar video de la ropa
en mi ropero. Así podía yo escoger algunas cosas para que Roberto trajera en su viaje a México. Para nuestra
consternación, cuando abrió la última puerta del armario, se veía
un nido de hormigas. Podía verse, en el video como las hormigas
cargaban sus huevecillos blancos. La voz de Tif se mantuvo muy
tranquila, pero creo que casi dejó caer la tableta, y las hormigas
le dieron mucho asco. No sé cómo aguantó. Eran grandes, sí, pero
no son agresivas. Por experiencia sé que destruyen los ventiladores,
y las impresoras, y la ropa porque los llenan de sucio, pero no
pican. ¡Qué buena honda! (el sitio web que me envió mi amigo
Samuel los nombra altruistas. Quizás exageran.) Así que estos son
mis huéspedes más inusuales (y menos deseados) hasta el momento.
Roberto dice que así pasa cuando uno abandona su casa: se apoderan
los animalitos. Dice que Dios permite que esto nos pase para
recordarnos que tenemos que usar las cosas para que se mantengan
útiles. Igual con las casas vacías o los lugares vacíos en la
mesa. Dice que todos deberíamos practicar la hospitalidad más como
los mexicanos. Si no lo hacemos, no sé, quizás un día abriremos un
armario y encontraremos un nido de hormigas altruistas, que nos
visitan desde México. O quizás abriremos la puerta y encontraremos
a un ángel disfrazado de un vecino que no conocemos. ¿Habrá lugar
en la mesa?![]() |
| Las visitas de Abram |


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