Friday, June 26, 2015

Revolucion

Parece que no voy a pararme de madrugada para escribir, ya sea porque me gana el cansancio o porque se me acaban los temas más fáciles, no lo se. De cualquier manera, siento un cambio. Una cosa que quiero hacer es añadir porciones de algo que estoy escribiendo aparte del blog. Supongo que la mayoría de nosotros queremos terminar de escribir algo y entregarlo pulido y completo, como Atenea que salió, ya adulta y blindada, directamente de una apertura en el cráneo adolorido de su padre Zeus, pero recuerdo que es el formato del blog que me hizo escribir en primer lugar, donde cada día tengo que presentar una sola idea, un ensayo completo, en cada entrada. Y aunque el blog tiene su tema, (no se si ya se dieron cuenta de ella, pero no lo voy a analizar), no tengo que saber adónde me lleva. “Se hace camino  al andar.”

Esto podría ayudarme a seguir lo que he iniciado, que se supone que es una simple recopilación del curso que doy, donde describo cómo se puede plantar una iglesia en una cultura en la que la iglesia no existe. En realidad, ya tengo la transcripción del curso, porque mi amiga Mónica me lo envió, y la tarea debería ser fácil. Sin embargo, no le he abierto. En lugar de ello, empecé a escribir algo empezando de cero. Sí, todavía es acerca de cómo ayudar a la gente a responder a Jesús en una cultura donde lo desconocen. Pero también parece ser acerca de cómo reaccionan las culturas
humanas cuando aparece la cultura de Dios entre ellas.

Cuando Jesús caminó sobre la tierra, enseñando a la gente, insistió que la cultura de Dios había aparecido en medio de ellos. Afirmó que no se puede ver, que ver su efecto es como ver el viento soplar las hojas de los árboles, y que toma efecto desde adentro para afuera, y que su efecto es la esperanza del mundo. Jesús es el Revolucionario del mundo. Duró tres años antes de que el gobierno, (más bien sus dos gobiernos), lo crucificaron. Pero no lograron detenerlo. Llevamos el ADN de esta cultura divina que Dios prometió a Abraham, que mostro, como en bosquejo, a Moisés, que llenó de música con David, que purgo durante el exilio, y que vivió en perfección a través de Jesús. Somos los  subversores del mundo, con el espíritu de la revolución corriendo por nuestras venas. Somos la luz del mundo, la sal de la tierra, los embajadores de Dios. Tenemos un trabajo que hacer.

Después de que Jesús conquistó nuestro gran enemigo, la muerte, se detuvo unos momentos en una montaña para entregarnos su misión. Él dijo: "He ganado la victoria. Ni siquiera la muerte puede detenerme ahora. Así que vayan, y sobre la marcha, traigan a la gente a la familia de Dios, a la cultura de Dios, al reino de Dios, mi nuevo reino. Tráiganlos de todas las culturas de la tierra. Que reciban mi nueva vida comunitaria a través del bautismo, y que aprendan nuestra cultura familiar de ustedes, mis discípulos. Y no se preocupen porque yo los acompañaré, haciendo el trabajo a través de todos ustedes, hasta el fin del mundo. Nunca me daré por vencido."(El verdadero revolucionario no se detiene. Sobre todo si el Revolucionario es DIOS.) Entonces él fue levantado en el aire y desapareció, dejándonos todos con la boca abierta y con hambre de verlo más. ¡Nubes, aléjense! ¡Dejen que vuelva!


Y aquí estamos, tratando de seguir a este hombre, este... Dios. Tratando de amarlo. Tratando de obedecerle. Tratando de conocerlo, para nutrirnos de sus palabras en los textos que nos quedan, nunca escritos por él, pero por sus amigos, textos que son copias de copias, traducciones de traducciones, ediciones de impresiones, pero que aun así viven, motivándonos, transformándonos, llenándonos de esperanza.

Y llevamos nuestra pasión por este hombre Jesús dondequiera que vamos. A formar filas en la tienda, y a sentarnos a la mesa, cenando con nuestros hijos, y a la carretera detrás de otros conductores, y al salón de quimioterapia cuando la señora frente a nosotros está tratando de decirnos que está sufriendo un ataque del corazón. Y fallamos, escondiendo así la luz de Jesús. O nos distraemos. Y dejamos atrás nuestro objetivo de amar y perdonar, de ser humildes y generosos, y de mantener la unidad que transformaría nuestro mundo. Hay personas en todo el mundo que sacrifican sus vidas por diversas causas, y nosotros tenemos la causa más grande, y fallamos.

Pero el revolucionario no se da por vencido. Sobre todo si el Revolucionario es Dios. Él sabe qué hacer en este caso. Y nos enseña a extenderle la mano al hermano, y a capacitarnos el uno al otro, y a usar los dones que nos da y a perseverar, y porque él ha puesto su ADN en todos nosotros, y ha puesto su Espíritu de la Revolución dentro de todos nosotros, sabemos que de alguna manera, ganaremos la batalla.


Esta es la historia de la iglesia, la llegada de la cultura de Dios a nuestro mundo.





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