Jueves fui para registrarme
para la cirugía del martes. No tardó. La
enfermera me tomó la presión y me explicó el proceso y el tiempo que voy a
estar en el hospital (voy a salir el mismo día). Me impresiona cuando las enfermeras
pueden pasar por el mismo proceso tantas veces, con tantas personas nuevas, y
siempre mantienen su buen humor y su paciencia. Estoy agradecida, porque es mi
primera vez. ¿Con qué frecuencia nos encontramos con una persona nueva que no
sabe nada acerca de nuestro trabajo, y nos olvidamos de cómo se siente esa
persona? Tal vez esto me ayudará a recordar (como maestra) cuando llega una
nueva alumna y se sienta frente a mí en su primer día de secundaria.
He empezado a sentir un poquito de inquietud, sobre todo si me despierto a
media noche. Sé que la cirugía no es largo ni peligroso, pero es irreversible,
un cambio que no se quita, con una larga lista de posibles consecuencias. Mejor
me pongo a pensar en otras cosas, recitando Longfellow "El día termina, y
la oscuridad cae de las alas de la noche..." o su "Oí las campanas el
día de Navidad..." algo con ritmo que me cambie la línea de pensamiento (en
inglés lo llaman un tren de pensamiento, pero todos sabemos que no se puede
cambiar la ruta del tren. Tal vez significa el cambio de trenes para el
pasajero. No es lo que me vino a la mente porque nunca viajo en trenes. Me subo
al coche y me quedo allí hasta que termine el viaje. Es tan difícil cambiar de
líneas de pensamiento como lo es cambiar de coches a medio camino).
También siento como
se marcha el tiempo inexorablemente hacia el martes. ¿Qué pasaría si simplemente no llegara a la
cirugía? Pero sí llegaré. Voy a entrar a la
clínica, y acostarme en la camilla, y permitir que me pongan el IV, y esperar
el procedimiento. Hay muchas ocasiones en la vida cuando simplemente esperamos
que sucedan las cosas, y no las resistimos. Roberto y yo vimos una película
sobre una familia judía durante el Holocausto que simplemente se puso de pie contra
la pared, esperando las balas. Una mujer observaba todo en el fondo. Lo mío no
se puede comparar, por supuesto, pero se siente que uno marcha hacia un fin
inevitable que quisiera detener.
Siguiendo con otro tema. Donde vivimos ahora está lleno de ventanas y pasto verde y los cuadros que pintó la mamá de Roberto, y los tomates frescos y jugosos del jardín de Stella, y los duraznos frescos y jugosos de la finca de los Walls, y un torno prestado en el garaje (!), y un calendario con el pino solitario del Grupo de Siete en la pared, y las pantuflas de vaca de Gabriel que dicen “muuu” (sus padres son misioneros colombianos que nos visitan durante unos días. Dejaron los zapatos de Gabriel en el mostrador cuando migración pidió ver su documentos), y un jacuzzi y un tren que pasa a veces por el patio de atrás. Afuera se siente el sol y una brisa refrescante, y no necesito que Longfellow me cambie el tren de mi pensamiento.
Los dos días que tomamos para celebrar nuestro aniversario nos cambiaron nuestro tren de pensamiento. Me parece que con el tiempo, perdemos nuestra capacidad de ver las cosas desde el punto de vista de la otra persona. Cuando esto sucede, es tiempo de detenerse y pasar un rato juntos, caminando por la ciudad a paso lento, haciendo algo juntos, acurrucándose en el sofá para admirar el arte de Banksy, y poniéndose de acuerdo en algunas cosas (no nos gustó el mensaje de lo obra de teatro que vimos pero estaba bien realizado). Es genial observar que cuando nuestra línea de pensamiento va por mal camino, podemos tomar medidas para cambiarla. Aunque no podemos controlar el destino, sí podemos controlar la ruta y llegar con más calma y más paciencia.
Siguiendo con otro tema. Donde vivimos ahora está lleno de ventanas y pasto verde y los cuadros que pintó la mamá de Roberto, y los tomates frescos y jugosos del jardín de Stella, y los duraznos frescos y jugosos de la finca de los Walls, y un torno prestado en el garaje (!), y un calendario con el pino solitario del Grupo de Siete en la pared, y las pantuflas de vaca de Gabriel que dicen “muuu” (sus padres son misioneros colombianos que nos visitan durante unos días. Dejaron los zapatos de Gabriel en el mostrador cuando migración pidió ver su documentos), y un jacuzzi y un tren que pasa a veces por el patio de atrás. Afuera se siente el sol y una brisa refrescante, y no necesito que Longfellow me cambie el tren de mi pensamiento.
Los dos días que tomamos para celebrar nuestro aniversario nos cambiaron nuestro tren de pensamiento. Me parece que con el tiempo, perdemos nuestra capacidad de ver las cosas desde el punto de vista de la otra persona. Cuando esto sucede, es tiempo de detenerse y pasar un rato juntos, caminando por la ciudad a paso lento, haciendo algo juntos, acurrucándose en el sofá para admirar el arte de Banksy, y poniéndose de acuerdo en algunas cosas (no nos gustó el mensaje de lo obra de teatro que vimos pero estaba bien realizado). Es genial observar que cuando nuestra línea de pensamiento va por mal camino, podemos tomar medidas para cambiarla. Aunque no podemos controlar el destino, sí podemos controlar la ruta y llegar con más calma y más paciencia.



























