Friday, August 21, 2015

La Ceiba

Mi amiga Suky vino a Canadá para verme durante unos días. No he pasado más que ratos cortos con Suky por muchos años. Fue amiga mía en la secundaria en Honduras, y me acuerdo cómo me despertaba los sábados en su habitación, y mientras ella seguía dormida, yo, leía mi libro y esperaba el desayuno hondureño: huevos revueltos, bululo (rollo francés), frijoles refritos (frijoles rojos, no negros), crema dulce, plátanos fritos, café, aguacate mantequilla y queso duro.

Durante muchos años había perdido su dirección porque su marido es un geólogo de petróleo y se había trasladado a lugares invernales como Rusia, Alaska y Dinamarca. Nos volvimos a encontrar por pura casualidad cuando me reconoció una amigo mutua hondureño en el aeropuerto de Houston, y me dio el número de teléfono. Por suerte, ella estaba en ese momento en Houston. Desde entonces nos hemos mantenido en contacto, y cuando nos encontramos, los años de separación desaparecen.

Suky colecciona a personas. Mientras platicábamos, ella mencionaba a nuestras amigas de la secundaria que yo ya había olvidado. Me trajo un regalo de la hermana Christina, nuestra directora en la escuela secundaria. Ella había estado en un estudio bíblico con mi mamá. Guardaba una foto del grupo en su Biblia, y me envió una copia, junto con un libro de poesía (todavía me conocía bien después de tantos años). En la foto se ve a la hermana Christina y a mi mamá, hace cuarenta años atrás. El cabello de mi mamá se ve negro como la noche.

Recuerdo a la familia de Suky. Pasé muchas horas en su casa. Recuerdo a su abuelo quien nos contaba de los tiempos pasados mientras comíamos juntos. Recuerdo a sus hermanos menores, quienes se burlaban de mí y me molestaban como hacen siempre los hermanos menores. Recuerdo a Doña Olga quien me daba consejos maternales y a Don Mario quien me daba  afirmación paternal. Yo tenía un apodo en esa casa que nadie más recuerda, gracias a Dios. Recuerdo una fiesta en su casa donde nos entró tanta risa histérica que vino su mamá a la habitación para revisar nuestras bebidas (no había más que coca, se lo aseguro), y nos sentimos ofendidas. Competimos para las calificaciones más altas, pero siempre ganaba ella porque era su español y su basquetbol era mejor. Platicamos acerca de todos los temas del mundo, y nunca discutíamos. Perdí algo cuando salí a estudiar.

A lo mejor a todos nos parece que crecimos en tiempos idílicos. Probablemente nuestros hijos dirán lo mismo cuando sean viejos. En aquel entonces La Ceiba, Honduras, era un pequeño pueblo con calles seguras. No se podia perder uno porque al norte estaba el mar y al sur el Pico Bonito. Yo andaba por toda la ciudad en una bicicleta china: a la escuela, a la oficina de mi papá, frente al parque central con sus enormes árboles, y a la casa de Suky. Hubo solamente un semáforo en toda la ciudad. Mi mamá le compraba carne al carnicero del barrio y le compraba tortillas hechas a mano y pan de coco recién cocido a las señoras que pasaban por la casa con sus canastas en la cabeza. Ella mandaba a hacer nuestra ropa con alguna vecina que era costurera.

Ahora La Ceiba es una ciudad, y me perdería buscando los lugares que antes conocía bien. A medida que cambie el mundo, todavía me pierdo buscando los lugares que antes conocía bien. Y me parece que para mis hijos el mundo sigue cambiando más y más. Roberto puede regresar al lugar donde nació y encontrarse con personas que lo conocieron como niño, pero esto es más difícil para mí y para mis hijos. Espero que ellos puedan encontrarse con personas de su pasado como yo me encontré con Suky que pueden recordarles de su pasado para que esta parte de su vida no se pierda entre los cambios que traiga la vida. 

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