Al inicio del
verano, después de la función de danza de mi amiga Katy, la directora de la
escuela de danza se levantó y les dijo a los niños que estaba muy orgullosa de
ellos, y les dijo a las maestras que trabajaban con ella lo bien que habían
hecho. Ella había lastimado su pie a mitad de la temporada, y tuvieron que
seguir organizando la función sin que estuviera. Katy y las otras tres mamás
coreografiaron su propia danza. Yo también estaría orgulloso de todas ellas.
Me hace pensar en
mis alumnos en Oaxaca que hoy comienzan sus clases de nuevo, y cómo tuvimos que
cancelar la obra de Shakespeare que había planeado presentar con ellos al final
de el año escolar. Íbamos a intentar la obra Enrique IV, la Primara Parte, nuestra
primera obra histórica. Cada año durante los últimos seis años, hemos
presentado una obra de teatro con mis alumnos de 7º a 10º grado. El año pasado había
22 alumnos. Para ensayar, tengo que
dividir la obra en dos partes, porque sólo ensayo con dos grados a la vez, con los
de 7º-8º o con los de 9º-10º, y luego
ensayamos todos juntos por primera vez en la última semana antes de la
actuación. Me gusta terminar el año con una obra de teatro, ya que, a pesar de
que la programación es una pesadilla por todas las actividades de graduación, es
un proyecto que nos motiva y nos une. Todos nos llevamos buenas memorias de las
obras de teatro que hemos presentado. El año pasado, ya había preparado la
nueva obra, escogiendo con cuidado los papeles de cada alumno, imprimiendo las
hojas que necesitaran, e inclusive, hasta planeando los escenarios y los trajes
(Ryan tendría que ponerse medias amarillas como Falstaff), cuando me enteré de
que me estaba moviendo a Canadá. La maestra que se hizo cargo de mis clases a última
hora tuvo que cancelar la obra, por supuesto. Pero sentí tristeza porque sabía lo
que nos estábamos perdiendo. Una obra de teatro hace que todos trabajen, que
persigan la excelencia, y que sean creativos y responsables, y lo mejor de
todo, que se unan como equipo. El año antepasado, cuando salieron los actores
al final, sentía yo tanto orgullo de ellos. Para mí fue el punto culminante del
año.
El año antepasado
realizamos La Tempestad en la
estructura de recreos en la escuela. Los chicos trabajaron duro. Ellos me
decían cuántas líneas podrían memorizar, y me traté de igualar su papel con lo
que podían hacer. Ellos siempre me sorprendían. El niño JD, que nunca se supo
sus líneas bien, se inventaba su propio parafraseó de manera que nos hizo reír
a todos. Noemí, como la hada Ariel, estaba volando y brincando de bancos y
subiendo escaleras (como se suponía que debía hacer), y tuvo que recuperar el
aliento antes de hablar cuando le tocaba. Y Anna como Próspero, tenía
demasiadas líneas para memorizar, pero ella me aseguraba que no era ningún problema,
y por supuesto, nunca me falló. Y Niclas, el malvado Caliban, embarró su cara
con lodo, e hizo ruidos feos, y salió pisando los insectos con toda su fuerza y
golpeando la tierra con pedazos de leña para mostrar que malvado era, manteniendo
al mismo tiempo el equipo de sonido, que estaba tocando el tema de Despreciable Yo, "I’m Having a
Really Bad Day." Hasta el último de mis alumnos le hechó ganas. Inclusive
hasta Joel. Quién insistió que no podía memorizar ni una sola línea, pero quien
aun así arrastró velas, y gritó, "Heave ho" con buena voluntad.
Cuando se realiza
un buen trabajo, algo que agrade a los demás, no importa lo que sea, Dios está
allí. Él nos diseñó para trabajar y dar un excelente servicio. Él nos llama a
trabajar. Él bendice la dedicación al trabajo. Y Dios usa el esfuerzo de
médicos y enfermeras competentes, y el de las mamás que bailan con gracia, y el
de angelitos infantiles. Y al final de La
Tempestad, yo creo que Dios estuvo allí,
aplaudiendo, junto con todos los demás, en el patio de la escuela, cuando 19
niños más una maestra, juntos, intentaron presentar 45 minutos de Shakespeare,
y lo lograron. Y hoy estos alumnos y también el trabajo me hacen falta.

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