Wednesday, August 19, 2015

Conviccion

He estado escribiendo sobre misiones y estaba buscando la manera de describir el proceso de arrepentimiento. Es una cosa tan misteriosa, una cosa tan interna e tan individual. Como dijo Jesús, se puede ver el efecto del viento en los árboles, pero el viento que lo causa no se ve. Ves a la gente sonreír al dar su testimonio, y ves los cambios en la vida, pero ¿cómo describir lo que sucede por dentro? Lo único que puedes hacer es dar tu propio testimonio.

Yo tenía cinco años. Estaba sentada con otros niños en un culto de adoración por la noche en la iglesia en Honduras, y recuerdo lo que me llamó la atención del sermón. El predicador dijo que Dios nos quería hacer sus hijos. Dijo que teníamos la opción, que había dos caminos frente a cada uno de nosotros, y que teníamos que escoger. Como una niña de cinco años de edad, yo pude entender su mensaje. Pensé que era demasiada joven para pasar adelante, y mejor esperé hasta llegar a casa para hablar con mi mamá. Le pregunté si los niños podían tomar la decisión de convertirse en hijos de Dios. Ella dijo que sí, y oró conmigo, y me acuerdo que el día siguiente pensaba yo con tanto orgullo, mientras estaba sentada en el hueco de un árbol y mirando hacia el cielo, "¡Soy hija de Dios! ¡Soy hija de Dios!"

Ya no estoy tan segura de que mi teología estuviera bien. No creo que me convertí en hija de Dios en ese momento. Creo que desperté al hecho de que Dios era mi Padre y que me amaba, y respondí tan pronto como pudiera. Creo que cuando entendí por primera vez que tenía que elegir a Dios, me lancé sus brazos, y nunca me arrepentí de hacerlo. Soy hija de Dios por varias razones. Soy hija de Dios porque Él me creó. Porque él me puso dentro de una familia que me dedicó a él desde el día en que fui concebida. Porque  yo crecí en una familia que me encaminó hacia a Dios a cada paso. Porque reconocí su amor como niña, y me fui confiadamente a Él, y me convertí en su pequeña hijita. Porque Él me adoptó como hija a través de la muerte y la resurrección de Jesús. Porque él me injertó en su familia como descendiente de Abraham, el padre de la fe. Porque él me eligió desde la fundación del tiempo.

Como muchos que conocen a Cristo desde joven, sentí casi una envidia cuando escuchaba los testimonios de aquellos que vinieron a Cristo después de una vida de maldad, después de  confesar grandes pecados y después de dejar atrás las drogas y el alcohol (algún día les contaré el testimonio de Roberto). Quería darle a Jesús este tipo de gran fe y darles a los demás esta gran prueba convincente. Recuerdo escuchar a Billy Graham en la televisión cuando estaba en la secundaria. Quería convertirme de nuevo, tan persuasivo era su mensaje (mi padre vino a Cristo en una cruzada de Billy Graham).

Ya no me siento así. Ahora entiendo que fue un privilegio ser hija de Dios desde muy pequeña porque él me guardó por toda mi vida con su bondad y su sabiduría. No por eso soy mejor. No lo soy. Simplemente conozco bien sus palabras, sus caminos, y su amor. Estoy tan convencida de su bondad que me rodea como el aire. Él es el aire que respiro. Él es el pan de cada día. Él vive en toda buena historia que escucho, en cada maravilla que veo, en cada pieza de música que escucho, y cada obra de arte que admiro, incluso vive en las buenas películas que veo. Él está en mi dormir y en mi despertar, en mi descanso y en mi trabajo. Él le da forma a la historia y a la ciencia y a la política y la a filosofía. En todos mis años desde la infancia, me ha estado convenciendo. Como dicen los benedictinos, la conversión es algo que se hace cada día.

No comments:

Post a Comment