Wednesday, August 12, 2015

Dejando el nido

En Mexico cerca de mi casa hay nidos de loros en los arboles. Me encanta verlos traer palos y paja para su construccion. A veces los veo salir como en familia. 

Esta semana Philip fue en carro desde Chicago hasta Colorado para ver a Cailey. Maneja bien, no lo dudo, pero como madre no pude dejar de preocuparme por las largas horas que estuviera en el camino, de noche, solo. Lo llamaba por teléfono cada dos horas, cuando se paraba para llenar el tanque de gasolina y descansar, para ver si estaba despierto, y claro que lo estaba. Al final de la semana, toma otro largo viaje solo para regresar a la universidad en Texas. Y con Elai y Mikael la cosa se pone seria, y me pongo a pensar que son demasiados jóvenes e inmaduros para planear un futuro juntos. Yo tenía 29 años cuando me casé, por lo tanto, estaba mucho más preparada. Creo que la persona menos preparada para que se salgan del nido los pajaritos puede ser en este instante la mamá.

Me hace pensar en la forma en que Dios reunía a la gente en familias y luego dejar ir a los niños. Pienso en Jacobo cuando tuvo que salir de la casa de su papá en busca de su fortuna (Me pregunto cuántos años tenía). Pienso en cómo Dios re reveló a tres generaciones ​​(Abraham, Isaac y Jacobo), apareciendo en tiempo de cenar o arriba de escaleras, y luego guardó silencio durante 400 años, mientras que sus hijos se convirtieron en esclavos en una tierra extranjera. Y pienso  Moisés que se aferró a su fe en Dios, mientras que creció como un príncipe egipcio y luego tuvo que dejar todo eso atrás para vivir como pastor en el desierto, y luego tuvo que volver a enfrentar a Faraón a los 80 años de edad (piensa en los ancianos de 80 años que conoces). Me parece que Dios toma su tiempo para arreglar las cosas y luego entra y sale del escenario como relámpago.

Después de Moisés, los hebreos siempre recordaban aquellos días de gloria, pero por  gran parte, Dios se mantenía en silencio, y tuvieron que resolver las cosas por sí mismos. Pienso en Jesús quien “desperdició´ treinta años para adaptarse a la cultura judía. Luego pasó únicamente tres  años con sus discípulos. Y hay que recordar que Dios ya había invertido miles de años preparando  el camino para que su hijo pudiera nacer en la tierra "en la plenitud de los tiempos." Él había creado una cultura muy específica donde Jesús pudiera  "tender su tienda de campaña entre nosotros.”  Allí Jesús pudo vivir de incógnito durante treinta años antes de que comenzara su ministerio público y luego pudo ser reconocido como Mesías cuando era el momento adecuado. Tanto proceso. Tanto tiempo. Tanta preparación para una vida tan corta.

Después de Cristo, Dios parece seguir el mismo patrón. Dios vivió entre nosotros por un corto tiempo haciendo milagros impresionantes y dándonos enseñanzas revolucionarias, y de su ministerio nació la primera iglesia formado por sus seguidores. Pasó su manto a sus discípulos y nos dejó su Espíritu para que pudiéramos seguir haciendo sus obras. Y desde entonces, Jesús se ha revelado por medio de sus hijos. Somos sus manos y sus pies y su voz. Cuanto quisiéramos que hiciera más, pero se niega a dejarnos atrás. Él confía en nosotros.

Trabajando con las iglesias bebes y con los plantadores de iglesias, Roberto y yo muchas veces vemos esta diferencia entre la forma en que trabaja Dios y la forma en que trabajamos nosotros... Nosotros confiamos menos en sus hijos de lo que hace el. Él los suelta muy pronto. Confía mucho en ellos. Cuando Pablo levantaba una iglesia en una nueva cultura (entre los gentiles), permanecía con ellos durante un tiempo muy corto—solamente por meses—y dejaba muy poco atrás. Él nunca se hizo pastor y nunca exigía que la gente asumiera las tradiciones de su cultura judía. Después de encomendarlos al Señor, Pablo dejó que las nuevas iglesias encontraran su propio camino y cometieran sus propios errores. Los alababa y los reprendía por medio de sus cartas, a la medida de que lo merecieran.

Y ahora esto es también lo que me toca hacer. Qué extraña transición, de ser mamá a ser amigos, sin más autoridad que lo que el amor y la experiencia me da. Nuestro Dios y Padre hace lo mismo. Nos prepara, nos suelta, nos deja ir, y luego nos llama a seguirlo pero únicamente con la  autoridad que el amor y la experiencia le da. Que claro es infinito. Pero se gana nuestro amor y le seguimos porque se lo merece.

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