Cuando salí de la
universidad, fui a trabajar en un campo de refugiados en Honduras, pero
regresábamos a la ciudad para un descanso cada seis semanas porque donde
trabajábamos era muy aislado. En la ciudad comíamos ensaladas y hamburguesas, y
nos reuníamos en las noches para pasar el rato junto. Una noche algunos del
grupo pidieron bebidas (no estábamos acostumbrados a tomar). Tomé una copa, tal
vez dos, aunque lo dudo porque no tolero el alcohol. Tan pronto como pude
sentir algún efecto, dejé de tomar más. No me gusta la sensación de que algo me
afecte o me manipule las sensaciones. Uno de mis amigos insistió: "¡Tome
otro!" como en broma, pero yo reaccioné. ¿Por qué me presionaba un amigo a
hacer algo que no convenía? Cuando me presionan así, resisto. ¿No todos lo
hacemos? Recientemente volví a sentir este tipo de presión, y me molesté igual.
Pero esta vez fue en Toronto en Dundas Square.
Nuestro último día con Mikael y Elai, atravesamos la ciudad de Toronto. Dejamos
a los dos en Cabbagetown, para que Elai pudiera pasear a Mikael por la ciudad,
y seguimos hacia la península (parece istmo, pero se llama península porque
tiene un lago al norte y otro al sur y tiene un río al extremo, formando la
frontera con los Estados Unidos). Cabbagetown fue antes donde llegaban los inmigrantes
a la ciudad, especialmente los de Irlanda, que, según cuenta la leyenda, eran
tan pobres que sembraban col en los patios de sus casas. Hoy en día son puras casas
victorianas. Allí viven los ricos y ya no los pobres.Pasamos por la plaza central de Toronto, cerca la intersección de Yonge y Dundas, probablemente el lugar más viajado y el lugar más caro del país. Al cruzar la intersección, sentí el deseo de bajar la vista porque no era un lugar de belleza. En un país tan rico y bello, su plaza central era repugnante por tantos anuncios y tanta publicidad. Justo en frente de mí se veía una mujer de tamaño de un edificio que vendía algo, no se si perfume, vodka, joyas, o zapatos. Todos los edificios llevaban anuncios, la mayoría sobre pantallas LED y LCD, y todos vendían algo.
El día anterior, habíamos entrado en una galería de arte, donde había quedado impresionada con los artistas canadienses. Pero este lugar no me impresionaba. Probablemente me sentiría igual en Time Square. Ahora en Oaxaca se empiezan a ver pantallas LED en las intersecciones de la ciudad, y para mí son una irritación y una distracción. ¿Por qué una ciudad los permite? El zócalo de Oaxaca, decorada con flores y árboles de sombra (cuando no está invadido por maestros o vendedores) es tan atractivo. ¿Por qué cambiamos la belleza por algún anuncio?
Me doy cuenta que
nuestra economía depende del consumismo, y si la gente no compra, tenemos
muchos problemas. Pero a veces se pasan y se siente una manipulación. Cuando me
siento obligada a mirar una pantalla gigante vendiéndome algo, se siente como cuando
un "amigo" insiste en darme un trago que no deseado.

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