Era de noche. Yo
estaba en una celebración de la iglesia mixteca, una fiesta de tres días. Los
hombres hacían barbacoa de chivo durante la noche, y las mujeres habían arrastrado
sacos de tortillas hechos antes a mano a la cocina al aire libre junto a la
iglesia, de donde servían la carne con salsa y tortilla. Después de un día de
culto en la iglesia, a noche cubría las montañas encorvados sobre nosotros. Las
madres extendían sus petates en el suelo, cubriendo a sus hijos con cobijas
para después unirse a los hombres alrededor de la fogata, cantando y riéndose y
platicando en voz baja. Por la mañana, allí se encontraban todavía, sirviéndose
café de una olla enorme, sus cobijas tiradas sobre sus hombros para protegerse del
frío.
Era como un campamento alrededor del edificio de la iglesia. Pero era muy diferente a otra fiesta mixteca que asistiríamos en otro pueblo, donde nuestro anfitrión y la anfitriona se emborracharon y quedaron tendidos donde cayeron hasta que se disipara los efectos del alcohol. En cambio, esta celebración tenía música y comida y compañerismo sin el abuso del alcohol. Fue un tiempo muy agradable. En el último día de la fiesta, sin embargo, el predicador, un hombre mixteco ya no hablaba mixteco ni apreciaba la cultura mixteca, dijo en voz alta en español, "Lo hemos pasado muy bien, sí, pero la próxima vez que planeen su fiesta, llámenme con tiempo, ¡y yo les mostraré cómo hacerlo mucho mejor!" Esta historia, para mí, describe lo bueno y lo malo de las misiones cristianas. Por un lado, trae a las personas a Cristo y llegan a tener una dulce comunión entre hermanos y hermanas y una nueva libertad de los vicios que dominan su cultura, pero por otro lado, las expone al etnocentrismo y el imperialismo cultural de los extranjeros.
![]() |
| Aslan |
Recientemente,
Roberto asistió un taller de conferencias titulado Por qué las Misiones Tienen
Mala Fama. Pensé que era una manera disimulada para conseguir participantes, pero
en realidad el título sale de la impresión popular que las misiones cristianas
son una forma de imperialismo cultural y que las personas que se convierten a
través de nuestra manipulación se auto-traicionan. Me hace recordar a una
pareja que conocimos brevemente en México que trabajó para MCC. Alguien les
había dicho que éramos de Canadá, de donde también venían, y llegaran a la casa
para conocernos. Vivíamos un poco retirados, y rara vez vimos norteamericanos,
así que esperábamos una visita agradable donde podríamos charlar sobre cómo era
trabajar en esta región de México.
La conversación fue algo así;
"Cuéntenos ¿qué trabajo hacen en la región?"
"Trabajamos en tales pueblos como promotores de desarrollo comunitario, y les ayudamos a instalar las estufas lorenas. Y ustedes, cuéntenos ¿qué trabajo hacen?"
"Trabajamos en tales pueblos como misioneros, hablando con la gente acerca de Dios."
Al oír la palabra “misionera,” los rostros de nuestras visitas se congelaron en estado de shock. Vi como la mujer trataba de sacar las palabras de su boca. Pude ver una contracción muscular en la sien mientras abría y cerraba su mandíbula. Finalmente, ella logro escupir las palabras mientras se levantaban para abandonar la casa, "¿Cómo se atreven a cambiar la espiritualidad antigua de esta raza?" (Ella nunca captó la ironía de que ella estaba tratando de cambiar su antigua forma de cocinar.)
Esta pareja creía que nosotros estábamos imponiendo nuestra religión sobre estas personas que han adorado a San Marcos, el dios de la lluvia, durante milenios. Creían que esto era una traición de su patrimonio cultural. Y desafortunada mente, por una parte tienen razón. Mucho de lo que hacemos en las misiones es una traición. Y esta traición no se limita a las personas en el Tercer Mundo. En otro taller sobre el tema de la dependencia, otra forma de imperialismo cultural que ahoga la iniciativa local, un participante se puso de pie para describir su propia experiencia en Alemania. Dijo que cuando los americanos llegaron por primera vez para levantar la iglesia donde ahora asistía, llegaron con todas sus tradiciones e impusieron estas costumbres sobre las nuevas congregaciones, y nadie dijo nada porque los americanos controlaban el dinero. Estoy segura que esos misioneros americanos hoy estuvieran horrorizados al saber cómo se percibe ahora su generosidad.
¿Cómo pueden nuestras buenas intenciones de llevar a Cristo a otras personas llegar a mal? ¿Qué es lo que tenemos para ofrecerles que vale la pena el costo para nosotros y el riesgo para ellos de vivir entre ellos? Tenemos nada más una cosa que ofrecer: como dijo Pablo: "Decidí que mientras viva entre ustedes, me olvidaré de todo, excepto a Jesucristo crucificado." Cualquier otra cosa que añadimos, por muy bien intencionado, por muy bien que funcione para nosotros, lo vamos a lamentar después. ¿Quién de nosotros puede ir, dejando atrás tanto?
La conversación fue algo así;
"Cuéntenos ¿qué trabajo hacen en la región?"
"Trabajamos en tales pueblos como promotores de desarrollo comunitario, y les ayudamos a instalar las estufas lorenas. Y ustedes, cuéntenos ¿qué trabajo hacen?"
"Trabajamos en tales pueblos como misioneros, hablando con la gente acerca de Dios."
Al oír la palabra “misionera,” los rostros de nuestras visitas se congelaron en estado de shock. Vi como la mujer trataba de sacar las palabras de su boca. Pude ver una contracción muscular en la sien mientras abría y cerraba su mandíbula. Finalmente, ella logro escupir las palabras mientras se levantaban para abandonar la casa, "¿Cómo se atreven a cambiar la espiritualidad antigua de esta raza?" (Ella nunca captó la ironía de que ella estaba tratando de cambiar su antigua forma de cocinar.)
Esta pareja creía que nosotros estábamos imponiendo nuestra religión sobre estas personas que han adorado a San Marcos, el dios de la lluvia, durante milenios. Creían que esto era una traición de su patrimonio cultural. Y desafortunada mente, por una parte tienen razón. Mucho de lo que hacemos en las misiones es una traición. Y esta traición no se limita a las personas en el Tercer Mundo. En otro taller sobre el tema de la dependencia, otra forma de imperialismo cultural que ahoga la iniciativa local, un participante se puso de pie para describir su propia experiencia en Alemania. Dijo que cuando los americanos llegaron por primera vez para levantar la iglesia donde ahora asistía, llegaron con todas sus tradiciones e impusieron estas costumbres sobre las nuevas congregaciones, y nadie dijo nada porque los americanos controlaban el dinero. Estoy segura que esos misioneros americanos hoy estuvieran horrorizados al saber cómo se percibe ahora su generosidad.
¿Cómo pueden nuestras buenas intenciones de llevar a Cristo a otras personas llegar a mal? ¿Qué es lo que tenemos para ofrecerles que vale la pena el costo para nosotros y el riesgo para ellos de vivir entre ellos? Tenemos nada más una cosa que ofrecer: como dijo Pablo: "Decidí que mientras viva entre ustedes, me olvidaré de todo, excepto a Jesucristo crucificado." Cualquier otra cosa que añadimos, por muy bien intencionado, por muy bien que funcione para nosotros, lo vamos a lamentar después. ¿Quién de nosotros puede ir, dejando atrás tanto?


No comments:
Post a Comment