El domingo pasado, un hermano de la iglesia me regaló un angelito guardián con sus manitos doblados y sus piecitos visibles bajo su manto. “No gracias,” le dije, “Ya tengo miles de ángeles vivos que me rodean a cada instante.” “Toma,” me insiste, “es otro más.” Porque esta persona me ama, tome el angelito en la mano, la sobé con el dedo un rato, pensando en ángeles, y lo guardé en la bolsa de donde se me cayó. No me van a creer que alguien me llama diciendo que habían encontrado un angelito y que si es mío. ¡La cosa me persigue!
El angelito me inquieta porque me recuerda los días que viví en Ometepec. Un día una mujer me llega a la puerta con un santito recién vestidito y me pregunta, “quieres tocar el santo? Te traería suerte.” “No gracias,” le dije, “Yo platico con mi Padre Dios todos los días y no ocupo santos para traerme la suerte.” Si supiera esa señora ahora que tengo cáncer ¿llegaria ella a mi puerta para ofrecerme un santo para sobar?
Estas personas solo quieren ayudarme. Estoy agradecida. Pero admiro la necesidad de los seres humanos para buscar algo que tocar cuando necesitan suerte. Cuando la vida nos falla, aunque seamos mixtecos o canadienses, nos agarramos de cualquier cosa, ya sea virgen, ángel, o hasta un hábito de orar por las mañanas para evitar los males del día. Pero las cosas no funcionan así. Como cristiana, yo no soy inmune a la maldad del mundo, aunque coma bien, corra todos los días, y ora con toda la pasión del mundo. ¿Y no por ser misionera me escapo? Ni por eso. Todos cargamos la basura de nuestro mundo en nuestros pobres pechos. Todos compartimos los sufrimientos de Cristo. Todos cargamos nuestra cruz, y esta es la mía. “O criaturas celestiales con sus ruedes dentro de ruedas y sus millares de ojos, sirvan a nuestro Dios Viviente hombro a hombro conmigo, y juntos batallaremos, y contemplaremos estos santos pintados y ángeles plateados.
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