Cuando
abrazaba a mi hija recién nacida, ella retorcía sus pequeños hombros para que yo
dejara de apretarla, esos hombros que habían hecho ruidos alarmantes en el
vientre y que me enviaban, preocupada, para ver al médico ("No, no creo que
se puede escuchar tales ruidos en el vientre," "Oh, sí se puede,
señor doctor, sí se puede. "). Y cuando ella podía sentarse, tenía que ser
hacia afuera. En los restaurantes estaría yo cortando mi enchilada y volteando,
encontraba a Elai echando piropos a la familia en la otra mesa. Para ella, todo
el mundo era su escenario, y dejaba que cualquier persona se acercarla y
tomarla en sus brazos. Nació en Sinaloa, y cuando paseaba por el Malecón embarazada de ella, las chicas se me
acercaban para tocarme la panza para la buena suerte. Y en el Malecón adoptamos nuestro primer
gatito callejero que insistió en acurrucarse entre nosotros, y so lo
permitíamos. Y Elai subió un castillo de barrilla en el patio a los 2 años de
edad, y nos asustó verla allí flotando en el aire, y tratamos de bajarla con
palabras calmadas. Fue nuestro amigo Bob que la vio. Mi hija aventada. Fue
entonces cuando nació Felipe.
Cuando
nació Felipe, apretaba su cabecita en mi cuello, y simplemente se acurrucaba
allí. Siempre. Y yo me sentía feliz. Y por la mañana, cuando nos levantamos
antes del 5 para evitar el calor y estudiar y correr antes de salir el sol tan
quemador, Felipe se levantaba al primer ruidito. Se acurrucaba en mi regazo y
allí se quedaba tan tranquilo, observando el día, alistándose para enfrentarlo.
Y escondido de tras de mí, agarrado de mi falda, su lugar seguro, su puerto en
la tormenta cuando entrabamos en algún lugar donde había demasiada gente que lo
miraba, se quedaba en su lugar de seguridad detrás de mis faldas, y observaba a
la gente hasta encontrar la manera de salir y enfrentar a tantos ojos que lo
miraban. Creaba un puente de seguridad para poder salir y explorar el mundo.
Era siempre un ingeniero.
Este hijo mío
nació tortuga, contenido a permanecer en un solo lugar y moverse cuidadosamente,
lentamente, a los lugares nuevos, pero siempre encontraba que sus aletas
constantemente aterrizaban en caminos desconocidos. Y fue esta tortuguita que
enseñó a su mamá a amar a las tortugas.
Porque hasta ese momento, no tenía ningún uso para las tortugas. ¿Por qué, si
Dios necesitaba evangelistas y plantadores de iglesias, me había hecho tortuga,
y mujer? Eso fue un error. Mi padre había confirmado esto, diciéndome cuando
era adolescente, "Vives demasiado dentro de tu cabeza. Te hace egoísta.
Trate de cambiar tu carácter. "(Se ha arrepentido mil veces de haberme
dicho esto. Toma tiempo para apreciar a las tortugas... a menos que usted sea
uno.)
Me di
cuenta de que no tenía necesidad de que mi tortuga fuera algo diferente. Yo lo
quería así, y no quería lo hiciera sentirse mal por ser tortuguita. Yo no sabía
en ese entonces lo útil que era ser una tortuga, sólo que yo lo amaba tal como
era. Pero luego vi como construía puentes hacia la gente, mi hijo ingeniero.
Era experto en crear puentes de seguridad, refugios en la vida de donde uno
puede observar el mundo. El poeta Emily Dickinson nunca salió de su habitación
y solo vio el mundo por su ventana, pero veía más en un día de lo que algunas
personas ven en toda la vida.
Mi hija es
todo un misterio, y llena de sorpresas, y drama y movimiento, y olor, mientras
que mi hijo ingeniero es más práctico, más conectada a tierra firme, tan
confiable como el sol que sale cada día.
Mi hijo
práctico creció dos años en uno, se graduó con tres años de prepa, y fue a una
universidad muy difícil a los 17 años. Terminó un año de ingeniería mecánica,
construyendo una impresora 3D y una guitarra eléctrica de lego, y se dedicó a
sus estudios y paso el año que me llena de orgullo. Y el carácter de su padre
viven en él, y no hay nadie en que yo confiaría más que en este chico. Y él
siempre piensa bien las cosas primero de aventarse, mirando desde algún puerto
seguro, y construye en la mente sus puentes seguros que lo permiten salir y
explorar, y trabajar y vivir. Y nunca carece de buenos amigos, y nunca carece
de integridad, y tengo un cartel que me pinto y que está sobre la entrada de mi
cocina. En letra grande dice AMOR en cinco colores, y cuando nos fallaban las
palabras a los dos, como nos pasaba
algunas veces en ese último año juntos en casa, esa palabra nos ayudaba a
encontrar el puente que nos unía a pesar de todo. Porque ambos somos tortugas
que a veces nos fallan las palabras.
Esta noche
me llamó. Platicamos una hora. Me dolió colgar, pero dormí con corazón
contento.

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