Friday, May 22, 2015

Tortugas Y Liebres


Cuando abrazaba a mi hija recién nacida, ella retorcía sus pequeños hombros para que yo dejara de apretarla, esos hombros que habían hecho ruidos alarmantes en el vientre y que me enviaban, preocupada, para ver al médico ("No, no creo que se puede escuchar tales ruidos en el vientre," "Oh, sí se puede, señor doctor, sí se puede. "). Y cuando ella podía sentarse, tenía que ser hacia afuera. En los restaurantes estaría yo cortando mi enchilada y volteando, encontraba a Elai echando piropos a la familia en la otra mesa. Para ella, todo el mundo era su escenario, y dejaba que cualquier persona se acercarla y tomarla en sus brazos. Nació en Sinaloa, y cuando paseaba por el Malecón  embarazada de ella, las chicas se me acercaban para tocarme la panza para la buena suerte.  Y en el Malecón adoptamos nuestro primer gatito callejero que insistió en acurrucarse entre nosotros, y so lo permitíamos. Y Elai subió un castillo de barrilla en el patio a los 2 años de edad, y nos asustó verla allí flotando en el aire, y tratamos de bajarla con palabras calmadas. Fue nuestro amigo Bob que la vio. Mi hija aventada. Fue entonces cuando nació Felipe.

Cuando nació Felipe, apretaba su cabecita en mi cuello, y simplemente se acurrucaba allí. Siempre. Y yo me sentía feliz. Y por la mañana, cuando nos levantamos antes del 5 para evitar el calor y estudiar y correr antes de salir el sol tan quemador, Felipe se levantaba al primer ruidito. Se acurrucaba en mi regazo y allí se quedaba tan tranquilo, observando el día, alistándose para enfrentarlo. Y escondido de tras de mí, agarrado de mi falda, su lugar seguro, su puerto en la tormenta cuando entrabamos en algún lugar donde había demasiada gente que lo miraba, se quedaba en su lugar de seguridad detrás de mis faldas, y observaba a la gente hasta encontrar la manera de salir y enfrentar a tantos ojos que lo miraban. Creaba un puente de seguridad para poder salir y explorar el mundo. Era siempre un ingeniero.

Este hijo mío nació tortuga, contenido a permanecer en un solo lugar y moverse cuidadosamente, lentamente, a los lugares nuevos, pero siempre encontraba que sus aletas constantemente aterrizaban en caminos desconocidos. Y fue esta tortuguita que enseñó a su mamá a amar a las  tortugas. Porque hasta ese momento, no tenía ningún uso para las tortugas. ¿Por qué, si Dios necesitaba evangelistas y plantadores de iglesias, me había hecho tortuga, y mujer? Eso fue un error. Mi padre había confirmado esto, diciéndome cuando era adolescente, "Vives demasiado dentro de tu cabeza. Te hace egoísta. Trate de cambiar tu carácter. "(Se ha arrepentido mil veces de haberme dicho esto. Toma tiempo para apreciar a las tortugas... a menos que usted sea uno.)

Me di cuenta de que no tenía necesidad de que mi tortuga fuera algo diferente. Yo lo quería así, y no quería lo hiciera sentirse mal por ser tortuguita. Yo no sabía en ese entonces lo útil que era ser una tortuga, sólo que yo lo amaba tal como era. Pero luego vi como construía puentes hacia la gente, mi hijo ingeniero. Era experto en crear puentes de seguridad, refugios en la vida de donde uno puede observar el mundo. El poeta Emily Dickinson nunca salió de su habitación y solo vio el mundo por su ventana, pero veía más en un día de lo que algunas personas ven en toda la vida.

Mi hija es todo un misterio, y llena de sorpresas, y drama y movimiento, y olor, mientras que mi hijo ingeniero es más práctico, más conectada a tierra firme, tan confiable como el sol que sale cada día.

Mi hijo práctico creció dos años en uno, se graduó con tres años de prepa, y fue a una universidad muy difícil a los 17 años. Terminó un año de ingeniería mecánica, construyendo una impresora 3D y una guitarra eléctrica de lego, y se dedicó a sus estudios y paso el año que me llena de orgullo. Y el carácter de su padre viven en él, y no hay nadie en que yo confiaría más que en este chico. Y él siempre piensa bien las cosas primero de aventarse, mirando desde algún puerto seguro, y construye en la mente sus puentes seguros que lo permiten salir y explorar, y trabajar y vivir. Y nunca carece de buenos amigos, y nunca carece de integridad, y tengo un cartel que me pinto y que está sobre la entrada de mi cocina. En letra grande dice AMOR en cinco colores, y cuando nos fallaban las palabras  a los dos, como nos pasaba algunas veces en ese último año juntos en casa, esa palabra nos ayudaba a encontrar el puente que nos unía a pesar de todo. Porque ambos somos tortugas que a veces nos fallan las palabras.

Esta noche me llamó. Platicamos una hora. Me dolió colgar, pero dormí con corazón contento.

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