Hoy Roberto
regresa del campamento a casa. Y
para decir la verdad, aunque quizás no sea el enfermero mejor del mundo, tiene
ciertas otras cualidades. Déjame
contarles una historia. Roberto y yo nos conocimos en Honduras, pero él vivía a
unas catorce horas de distancia. Después
de que Roberto y yo nos comprometimos, él regresó a Catacamas, donde trabajó en
un taller de carpintería, aprendiendo a hacer guitarras, y enseñando a pastores
hondureños a tornear en madera. Nos
escribíamos todos los días, y todavía tengo sus cartas. En
una me contó cómo la noche anterior había estado regresando a casa después del
culto, con unos amigos de la iglesia que lo llevaban en carro, y de repente vieron
por la orilla de la calle a dos hombres tirados en el suelo. Eran dos borrachos que se habían peleado. Esto
no era raro para Catacamas, donde las disputas familiares y las peleas en las
cantinas dejaban muertos. Los
hombres yacían desmayados, uno gravemente herido, su mano casi despegado de su
brazo por un machetazo. En
un primer momento, por miedo, los hondureños no quisieron parar, pero Roberto
insistió, y por supuesto, ellos concedieron, y recogieron al hombre herido, y
lo llevaron a la clínica más cercana. Pero
ésta ya tenía sus manos llenas con otros dos combatientes acuchillados. Así que se dirigieron a otra
clínica que tampoco estaba muy bien equipada. Roberto
tuvo que ayudar a la enfermera a cerrar la herida, y le prestó su navaja para
cortar el hilo. No
llegó a casa hasta el día siguiente.Así que aunque quizás no se conmueva mi marido cuando se trata de pequeñeces, si se trata de algo serio, es él que quisieras tener a tu lado. A mí me consta. Pero hay algo más que aprecio de él: su manera de pensar. En estos días le tocó dar la enseñanza en un campamento de misiones, mientras yo me quedaba en casa recuperándome de mi fiebre y de mi viaje a la sala de emergencias. Hoy recibí este mensaje de texto: "Quiero contarte acerca de una idea que me vino a la mente cuando estuve platicando con Ed esta mañana. Se trata de pensar usando una varita mágica. ”
¿Qué sería pensar con varita mágica. Roberto y yo hemos estado hablando mucho últimamente acerca de cómo Dios usa los procesos. Se toma su tiempo para enseñarnos las cosas, usando todo tipo de personas y todo tipo de experiencias en nuestras vidas. Se toma el tiempo para crear las cosas como las mariposas, las uvas, los grandes cañones, los adolescentes, y las estrellas. Tomarse el tiempo no parece molestarle. De hecho, Él esperó miles de años para entrar en el tiempo personalmente como ser humano. Deberíamos ya estar acostumbrados a la idea de que use Los procesos largos. Yo necesito saber que esto es cierto en este momento.
Pero lo que a Roberto
se le estaba ocurriendo ahora es que a veces no le tenemos paciencia a Dios. Queremos
que nos resuelva todo con una varita mágica. Insistimos en lo INSTANTÁNEO junto
con el resto de nuestra cultura. ¿Qué efectos
tiene esto, este pensamiento de la varita mágica? Bueno,
para empezar, podríamos llegar a ministrar entre alguna cultura nuevas sin escuchar
sus inquietudes primero en su propio idioma. O
podríamos convertir a alguien y abandonarlo, sin recordar que el discipulado es
un proceso eterno, y quién sabe dónde empieza y que saben dónde termina. O
podríamos insistir en un milagro que necesitamos desesperadamente, pero que
Dios no ha encontrado apropiado para su historia. O
podríamos suponer algo acerca de la fe de otra persona, alguien, por ejemplo,
que no se moleste de que Dios tome su tiempo para crear un día, feliz en que es
Él es quien lo está creando. O simplemente podríamos ser impacientes.
(Esa
soy yo—que suerte—faltar en las cosas realmente importantes como el Fruto del
Espíritu...) Y se me hace que somos todos, de alguna manera, adictos a las
varitas mágicas.
Roberto ya viene en camino, y nos estamos enviando mensajes de texto sobre las ideas. ¿Cómo podría yo no casarme con este hombre, Recogedor de Borrachos Heridos? ¿Saben que se acerca nuestro aniversario de 25 años de casados? Sí, nos toca en agosto, cuando probablemente debo tener una mastectomía o una cirugía de corazón, o alguna radiación, o quien sabe cuánto más. Y este proceso de 25 años que tengo con él--creo que sí, siempre valió la pena.
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