Ayer en la iglesia una amiga me llamó Anne Marie. "Ay," dije, "si me amas,
por favor llámame Ani." "Pensé que estabas cambiando tu nombre,
pasando a una nueva fase de vida, o algo por el estilo." Bueno, sí, yo
también lo creía, como Elai, mi hija, que nació Rut. Pero me doy cuenta de que
simplemente no me gusta. Está bien que el personal médico me diga Anne
Marie, porque realmente no me gusta Annnn, pero si me amas, dime Ani.
Sí, mi nombre legal es Annnn, lo que me recuerda mi mamá, pero toda mi vida he sido Ani. Incluso convencí a Roberto de que me dijera así, a pesar de que su primer instinto lo resistía como nombre de una cabeza hueca. (Soy un montón de cosas, pero cabeza hueca no es uno de ellos.) En español es fácil porque siempre era Anita o luego, simplemente Ana. Ninguno de los dos tiene el sonido brusco de Annnn. Me suena como regaño. (Y para mis amigas llamadas Ann, por favor tengan paciencia conmigo. Es cuestión de costumbre. Nuestros hijos tienen padrinos llamado Bobby, y Bob, y no hay problema, pero si alguien tratara de ponerle este a Robert, se le... corrigiera. Un policía lo intentó una vez...)
Los apodos son importantes. Xiomara de Honduras me envió un mensaje recientemente, y en su
oración por mí, ella llama a Dios Abba.
Papá. Daddy. Personalmente, prefiero no orar en griego, porque ya me cuesta en ingles, pero la palabra implica esta increíble intimidad entre padre e hija. Elai llama a su papá
"Api." Nadie más en el mundo lo llama "Api." Podría haber
un millar de niños clamando, pero como esos miles de pingüinos graznando que
todavía escuchan a una sola compañera, esa palabra "Api" une
instantáneamente a dos personas como ninguna otra cosa. Porque cuando nos
amamos unos a otros, nuestros nombres reales tienden a desaparecerse, y nos
ponemos apodos. Cariño, Negrita, Mi Gordo. C.S. Lewis dijo: un convicto tiene
un número en lugar de un nombre... Pero un hombre en su propia casa también
puede perder su nombre, cuando le dicen simplemente "Padre. "Eso es
lo que quiere decir ser parte de un cuerpo. La pérdida del nombre en ambos
casos nos recuerda que hay dos maneras opuestas de salir del aislamiento.

En los días de Jesús, el nombre de Dios no se pronunciaba. Ni siquiera se conocía la pronunciación correcta. Los judíos pensaban que Jehová era un Dios que se mantenía lejos de ellos. Desde los tiempos de Moisés, los líderes judíos habían mantenido a una distancia a Dios. Hacen tantos años, se habían negado a acompañar a Moisés al Monte Sinaí para un encuentro con Dios. "No, vaya usted, Moisés. Nosotros le tenemos miedo." Con una sola palabra, Jesús cambia todo eso para siempre: Abba. Padre. Papá. De repente, Dios estaba allí, sentado en la cima de la montaña en medio de todos.
A mí me parece
que los nombres “Ann” o “Anne Marie” me alejan. No lo puedo
explicar. Es sólo lo que siento. Así que si me puedes decir Ana o Anita, o Ani,
mucho mejor. Sabré así que eres amiga mía.
No comments:
Post a Comment