Ayer me se me paró el corazón En vez de sentarme en un sillón para recibir mi terapia, me llevaron en silla de ruedas a Emergencia con un pulso de 192. Había estado aguantando este pulso ya por tres horas, tratando de bajarlo usando mis métodos acostumbrados: dejando de respirar y empujando hacia adentro, sentándome en el frio y tomando agua con hielo. Pero no me funcionaba. Había experimentado taquicardia muchas veces antes, pero siempre desaparecía solo, sin problema. Hoy no fue así. Tuve que ir a la Emergencia, bajo protesta, donde me metieron OTRA línea de IV, para que ahora tuviera DOS, uno en cada brazo, y me dieron una droga muy fuerte. El doctor, calvo y muy jovial, me advierte, “Te vas a sentir como que alguien te ahorca,” (y me demuestra con sus propias manos en el cuello), “y que te abraza demasiado fuerte, y luego todo volverá a lo normal. ¡Qué fácilmente lo dice!
Según Roberto, viendo el monitor del corazón, me pararon el corazón por 9 segundos, y yo protestando todo el tiempo: “¡me desmayo! ¡Me desmayo!” Y el doctor tocándome el brazo e insistiendo con esa voz de paciencia que les enseñan en la escuela médica, “No, no te desmayas. Créame. Nunca te mentiría (¡a, que no!) Todo saldrá bien.” Y así fue, tal como me dijo. Estoy bien. El doctor supo que yo no tengo seguro social todavía y me dijo que no me cobraría. Me aseguro que iba a tener cita con un cardiólogo en menos de quince días, y que me espera una ablación, una cirugía del corazón. Y me dice, “Ahora mismo te puedes ir a tu cita de quimioterapia. Estas dada de alta.” Y salí, caminando con mis propios pies en 30 minutos. Tuve que chequar por la ventana a ver si todavía estaban las milpas para asegurarme que todavía estaba en Canadá. ¿Y quien dice que los ángeles no pueden ser calvos?
Y sigue el cuento. Regreso a la sala de terapia en solo 30 minutos y no lo pueden creer. “No es posible,” me dicen. “Tú no debes estar aquí.” (¡A, que no!) Y mi doctor que sigue con su uniforme de café y azul marino, y ¿quién dice que los ángeles no puede lucir de café y azul marino? y me dice que tengo el record de haber salido de Emergencia en tan poquito tiempo. Ingresada:-check. Linea IV-check. Droga estrangulante-check. EKG-check. Dada de alta-check. Y me pregunto ahora porque me hacen esperar al doctor cuando lo que quiero es seguir con la terapia y lo acababa de ver hace solo 30 minutos. Entra y yo protesto y él me dice, “ESPERATE, CALMATE, TE ESTOY TRATANDO DE AYUDAR,” Sera de aquellos holandeses impacientes que conozco…porque es como muy franco. Me agrada. Y porque tengo una condición del corazón, puedo elegir el tratamiento americano que siempre quería porque tiene menos efectos secundarios y solo se da cada tres semanas, y ya no tengo que seguir con las inyecciones diarias de hormonas de crecimiento (imagínense a una mujer de 54 años sufriendo hormonas de crecimiento). El cambio de tratamiento es justamente lo que quería porque me dará más días buenos. Hoy me dan el nuevo tratamiento.
Yo sé que no es algo que merezco. Ni siquiera lo había pedido en oración. Mi oración fue: “Dios, no quiero perder la lucidez. No quiero caer en depresión y ya no encontrar las palabras para compartir con otros.” Y yo entiendo que si Dios necesita que yo pase por una oscuridad de este tipo, lo haré. Yo simplemente le pedía que no, y me contento con su voluntad. Pero creo que ayer fue una respuesta a mi oración y a las oraciones en el retiro de mujeres. Y me siento agradecida con él. Y pienso que estoy aprendiendo algo: si no insistes en lo que debe hacer Dios por ti, y mas bien te esperas a ver lo que va a hace de acuerdo a su voluntad, es más difícil confiar, pero te llena la vida de sorpresas y gratitud. Y tienes una bonita historia que compartir, y como ya saben, como maestra de literatura, me encantan las bonitas historias.
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