Wednesday, May 6, 2015

Caldo

Durante esta primera semana después del tratamiento, puedo comer un poco de desayuno normal y luego me tomo caldo por el resto del día. He descubierto que las hormonas del crecimiento y los medicamentos de quimioterapia no son buenos compañeros. Uno me da hambre, y el otro me causa líos con la tubería. Ahora mismo siento hambre, y entre poco, voy a ir a comer con mi hermana Rosalyn, y ¿saben lo que ella me ha preparado? Caldo. Y está bien, porque realmente sólo el caldo tiene algún sabor. No siento gusto en la comida, porque el interior de mi boca está completamente dormido.

Y esto me recuerda (por supuesto lo hace, Anne) de otros tiempos cuando tampoco había mucha variedad en mi dieta. Uno fue en los campos de refugiados de La Mosquitia, Honduras. Allí, yo caminaba a la cafetería tres veces al día. Nuestro cocinero chino hizo lo mejor que pudo, pero comimos la misma comida que los refugiados, nuestros suministros procedentes de los mismos almacenes, y no era tan sabroso que digamos. La Mosquitia estuvo una vez bajo el mar, y cuando vuelas sobre ella ahora, la tierra brilla con chorritos de agua salada. Nada crece allí excepto a lo largo de las riberas de los ríos, y éstos no podían sostener a los miles de refugiados misquitos que huían a los sandinistas de Nicaragua a través del río Auca. (Es difícil entender por qué los sandinistas atacarían a sus propios ciudadanos hasta entender que los misquitos no eran hispanos como los sandinistas, y que habían sido convertidos por misioneros protestantes moravos americanos, cuya cultura impregnada la de ellos. Así que cuando llegó la guerra, los misquitos eran poco comprensivos con el nuevo régimen comunista, y, por tanto, se sospechaba de ellos.)

Ninguno de nosotros tenía mucho más para comer que no saliera de los almacenes. Los suministros de alimentos llegaban en barcos cuyos humos dejaban todo con olor a diésel, especialmente las galletas en su plástico transparente y aparentemente permeable. Los frijoles, llenas de agujeros, tuvieron que ser limpiados de insectos, y la harina tamizada por los gusanos, que también dejaban su olor. No había fruta, ni verdura, solamente frijoles, harina, arroz, aceite, y cualquier rasgo de proteína, por lo general huevos, que el cocinero pudiera encontrar. Una vez, el país de Italia nos envió un cargamento de fideos (supusimos que era Italia, quién sabe) y comimos fideos con gusto durante meses. Mi amiga Rebeca, una enfermera e investigadora empedernida, se dedicó a consumir las porciones que regalábamos a los refugiados—a ver si se podía sobrevivir. Ella dijo que sí, aunque siempre sentía hambre. Ella decidió aumentar la ración del aceite. Yo sentía un hambre constatnte, y pesaba 50 kilos.

Mientras que Roberto y yo vivimos entre los mixtecos de Guerrero, México, me quedé embarazada. Roberto caminaba al siguiente pueblo a 20 minutos, sólo para comprarme Sabritas, pero nada podía romper la monotonía de avena y leche en polvo para el desayuno, tortillas y frijoles para el almuerzo, y otra vez tortillas y frijoles para la cena. Trajimos queso, cubitos Maggie, y atún enlatado para añadir sabor. (Robert no ha solicitado un guiso de atún desde entonces.) En una ocasión, él recogió 40 libras de limones de un árbol en Tlapa, a cinco horas de distancia. Un deslizamiento de tierra cerró la carretera, cuando aun nos faltaban dos horas de camino a nuestro pueblito, y Robert cargó esa caja incómoda  sobre sus hombros, arriba y abajo sobre la cordillera. Mi héroe.

Me alegra decir que los mixtecos no perciben tal monotonía. Su infinita variedad de platos de maíz, y frijoles (que yo no tenía ni la habilidad, ni el estómago para hacer), y hierbas, y hongos, y salsas era más que suficiente. Los niños que estaban siempre en nuestra casa nunca entendieron por qué insistíamos en comer la avena.


¿Qué alimentos me hacían falta? ¿Qué comida más representadas la cultura de la cual veníamos? ¿Hamburguesas? ¿Espagueti? ¿Sándwiches de jamón? (Ok, concedo que soñaba con las hamburguesas). Pero en realidad no era un plato determinado que me hacía falta, porque el plato más representativo de América del Norte se llama: Variedad. No comemos la misma comida tres veces al día. Ni siquiera comemos el mismo plato por dos días seguidos. La comida más representativo de América del Norte no es un solo plato sino la variedad. Y la variedad es un lujo. Así que les voy a dar mi opinión: Disfrute del lujo de la variedad; simplemente no se acostumbre a ella. Porque algún día, algo podría recogerte y aterrizarte frente una semana de mesas, donde sólo hay caldo. Y entonces darás gracias por el caldo.

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