Hoy me siento
desanimada. Y
no es porque, mientras escribo, estoy esperando que se me baje el ritmo cardíaco.
Creo que se mantiene cerca de 200. Hace
temblar mi cuerpo con un ritmo suave, y me corta el aliento. Roberto
y yo salimos a caminar a las 5:30 de la mañana, y tal vez fue demasiado, porque
cualquier inclinación me cansaba, pero decidí seguir adelante. No
lo van a creer, pero mi nuevo hermano Ben estuvo en el hospital con los mismos síntomas,
pero a él le aplicaron anestesia y el resucitador. Tenía pulso de 230
(comparamos nuestras
notas). El
mío FUE solamente 190, por lo que gana el en ambos casos. Formamos
el segundo par de gemelos en esta familia ahora, excepto que él tiene todo el
pelo. Uno
no esperaría que la taquicardia fuera contagiosa, pero ¿qué saben los médicos
realmente? Tal vez
podemos estar en habitaciones contiguas para nuestras cirugías.
No. No me siento
desalentada por esto del corazón, sino por una cuestión del alma. El
otro día, Roberto estaba platicando con algunas personas a las que respeta, sobre
un tema en que no están de acuerdo. El hecho de que no están
de acuerdo no es importante. Robert
se encuentra en desacuerdo con la gente a cada rato, como ya sabes, y él y yo
nos encontramos en desacuerdo, y aun así, seguimos casados, felizmente. Tengo
que contarles una historia: Una vez estaba manejando el carro, y mi hermana Diana
estaba sentada a mi lado, viendo el mapa. No estábamos de acuerdo sobre dónde
doblar. Como
el conductor, tomé la decisión final, y ella seguía protestando, y yo dije:
"Hermana. Está bien. No vamos a llegar a un
acuerdo nunca. Es por eso que
se llama un desacuerdo." Con eso
se detuvo. Aunque
ella no recuerda el incidente, y yo le dije que por eso lo puedo describir a mi
manera, creo que se dio cuenta de algo, porque ahora, cuando no estamos de
acuerdo, ella puede dejar el tema en paz, puede llegar a un acuerdo en que no
vamos a llegar a un acuerdo, y todavía me dice hermana. Me
encanta como Lucas nos explica cómo Pablo y Bernabé, dos grandes misioneros,
discutieron fuertemente, y se separaron. Sin embargo, todavía se consideraban hermanos.
No
dudaba, el uno del otro, su fe, aunque sí, tal vez, su sensatez. No tenemos que trabajar juntos como
equipo cuando hay un fuerte desacuerdo, pero sí tenemos que vivir juntos como
familia.
--interludio para
ir a la sala de emergencia para que me pare otra vez el corazón mi amigo el
Doctor Calvo, dándome la misma sensación tan horrible de asfixia; Ya sé lo que viene—
Porque este asunto del corazón no me afecta como la cuestión del alma.
Creo que el problema no viene con el desacuerdo. El problema viene cuando juzgamos el corazón o los motivos, o la fe de alguien cuando no estamos de acuerdo. Creo que es especialmente desalentador cuando los corazones de las personas son juzgados por lo que hay dentro de sus cabezas. Déjame explicar. Cuando Jesús llamó a la gente, nunca los llamó a una lista de doctrinas, sino más bien a una Persona. "Yo soy la verdad" insistió. "Ven, sígame. Ven, toma tu cruz, y sígame." Él siempre llamaba a la gente a entrar en una relación con él. Y cuando respondían, se alegraba. Cuando se volteaban hacia él, corría a encontrarlos como cualquier Padre Pródigo. Y si se subían a un árbol a recibirlo, Él los veía. Todo es cuestión de estar en relación con este hombre, el Único Hijo y Revelador de Dios, el único Salvador del mundo. Nunca se trataba de llenar una lista de doctrinas.
Piensa en las personas
que fueron elogiados en la Escritura por su fe: Abraham.
Me
desanimo cuando mis hermanos me ponen sobre una resbaladiza hacia el infierno,
y me asignan un cáncer del alma, cuando los dos estamos enamorados del Salvador
del Mundo, pero discrepamos en otras cosas. Porque
el infierno no es sólo un lugar, sino es también es un estado del alma que
rechaza a Dios, que lo considera un mentiroso, y que dice: "No sea tu
voluntad, sino la mía que se haga." Y el cielo no es sólo un lugar, sino es
también una condición que hace que el
alma diga con gozo: "Dios, haz tu voluntad aquí. Hazlo ahora. ¡Comienza
conmigo! "Así que si me juzgas, mi hermano, diciéndome que estoy
arriesgando ir al infierno por algo que pienso, me pregunto, ¿cuándo me viste rechazar
a Dios? ¿Has visto
algo así en mis acciones? ¿Has
oído en mis palabras un rechazo a la voluntad de Dios en mi vida? Porque
de alguna manera yo no creo que le toque a otra persona decidir si estoy
"dentro," o si estoy "fuera." Escucha, hermano, hermana
mía, con quien me encuentro en desacuerdo.




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