Saturday, May 2, 2015

Despalazados

Hoy Roberto y yo caminamos alrededor de un puerto bajo el sol. El viento agitó mis cortos y escasos pelos, por lo que aleteaban como banderitas, y me di cuenta que nunca había sentido el viento antes, no en la cabeza, no realmente. Y el sol me calentaba la cabeza hasta acordarme de que encontraba el sol por primera vez desde su infancia, y Roberto, alcanzado hasta la cintura , encontró el trapo que siempre está allí, como él siempre está allí, y con un movimiento suave, me lo ofreció por otro nuevo uso: para proteger un cráneo recién expuesta al sol. Y a nuestro alrededor, como una bandada de cisnes atraídos por el agua, pasaban cinco mujeres asiáticas, silenciosas y elegantes, en ocho tonos de negro, sosteniendo cámaras hacia el agua como cuellos largos.

Con las células rojas robadas de mi cuerpo por productos químicos, por lo que mi respiración se acorta de oxígeno, siento largo el paseo corto, y camino lentamente, contenta sólo para escuchar, mientras mi amiga nos explica los hechos de la gentrificación. Nos explica cómo un barrio puede gradualmente vaciarse de su población para dar paso a los nuevos que se ajusten mejor a los precios. Pues verán, los Juegos están llegando a este puerto, y un nuevo centro de tren, y los precios de la vivienda han triplicado, y hay en menos de 2% de ocupación del espacio dejado para alquilar en cualquier lugar cerca de este lugar de cisnes, la nueva recámara de Toronto. Y las caras que vemos son el lavado de cara del puerto, por lo que el proceso de envejecimiento está trabajando hacia atrás. Pero ¿a dónde van las personas que salen de aquí, aquellos que no se parecen a los cisnes y que alguna vez fueron propietarios de este puerto donde ahora camino tan tranquilamente? ¿A dónde van? Nosotros tenemos la opción de ir o quedarnos. ¿Los seguiremos para ampararlos? Mi amiga, que se preocupa mucho por ellos, nos hace estas preguntas.

Y me doy cuenta que no soy la única desplazada aquí. No, no es sólo las personas que se encuentran recogidos os por sus propios tornados personales y trasladados por las circunstancias a nuevos lugares. No, a veces hay tornados lentos e invisibles que recogen poblaciones enteras y los sacuden como arena. Hay los refugiados de guerra, como mi amiga del Sur de Sudán, huyendo a través de fronteras para escapar de la muerte, y hay mixtecos a la deriva en la cara de América en busca de trabajo y una nueva vida para los seres queridos dejado en sus pueblos montañeses, y hay niños hondureños y nicaragüenses y salvadoreños que montan un tren llamado La Bestia, el que abre paso sobre toda la espalda de México hacia la frontera con Texas, y tal vez alcanzarán un campo de refugiados, si llegan tan lejos. Y su desplazamiento es mucho más que la mía. Y ¿qué hacemos en la cara de fuerza tan abrumadores?

Nos engañamos todos si creemos que tenemos una base sólida bajo nuestros pies. El tornado de la vejez por lo menos nos acosa. Todos nos estamos moviendo. Es sólo que a algunos de nosotros se les permite sentir el movimiento en nuestro cuero cabelludo y en nuestro aliento, en paseos suaves, mientras que otros, menos afortunados, montan trenes. Y ¿a dónde van? Y ¿tomaremos la decisión de seguirles para darles auxilio, nosotros los que tenemos opción de ir o quedar? O ¿pensaremos que vivimos seguros en nuestras casa sin peligro de tornados?


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