Ayer me escribió me
amiga “Charlotte” que mañana empieza su primer quimioterapia. Yo solo tengo
seis. A ella le tocan 16. 16. Se me cae el corazón al piso. Que pase esta
copa de ella, de mí. Pero la copa de veneno sigue puesto en frente de mí.
Y les digo: Tráeme
galletas y sopa. Tráeme libros. Mándeme un mensaje preguntándome sobre mi
última visita a Emergencias. Pero aquí hay algunas cosas que no debes hacer.
Hay algo que me
ha estado molestando ya por un tiempo, y después de la carta de mi amiga que
tiene cáncer, el caso me vuelve a la mente. Debí haber dicho algo en el
momento, pero fui cobarde. Se trata de cómo no orar por mí.
Hace unos meses,
yo estaba en una reunión de mujeres y allí entre el café y la ensalada de frutas,
alguien se paró en la puerta y nos dijo que una mujer que todos conocíamos
acababa de caer en un coma. Era su octavo parto, y había perdido a su bebé, y también
su actividad cerebral. Las mujeres comenzaron a orar, pero una oración se
destaca para mí. Fue algo así: "Dios, declaramos en contra de este
pronóstico. Declaramos en contra de estos doctores." Esto me hizo sentir
tan incómoda que quería decir algo, pero no me atrevía en un grupo tan grande. ¿Orar
en contra de los médicos? ¿En contra de las personas que estaban haciendo todo
lo posible para ayudar a esta mujer y mantenerla con vida? ¿Orar en contra de
las personas que le habían dicho a su marido una verdad difícil pero necesaria?
¿Orar en contra de otros seres humanos que Dios estaba usando como instrumentos
de compasión? Habían fallado en sanar, sí. Pero Dios había estado allí, así
como él está aquí, ahora, ministrando a través de mi doctor. Y yo les ruego,
pase lo que pase, por favor no hagan esta oración para mí.
Cuando la mamá de
Robert murió, él aun no seguía a Cristo. Era agnóstico. Sus mejores amigos que
iban a una escuela cristiana de lunes a viernes, tomaban todo el fin de semana,
y Roberto no quería tener nada que ver con la hipocresía. Su mamá murió de
cáncer de mama, que finalmente le llego al cerebro. Ella luchó durante cinco
años dolorosos, y según el primo Michael, al final, sólo Roberto podía levantarla
para cambiar su posición en la cama. Puedo imaginarlo tratándola con todo
cariño. (Yo creo que era enfermero o cirujano en alguna vida anterior.) Algunas
personas vinieron a visitar a Joan en sus últimos días, para orar por ella y
animarla. Le dijeron que estaba enferma por falta de fe. No podía ser la fe de
las visitas que faltaba, ni la voluntad de Dios, entonces obviamente, la falla estaba
en ella. Mientras ella yacía débil y a punto de morir, esas personas atacaron
su fe y la hicieron dudar de la voluntad amorosa de Dios. Ellos le llenaron de
dudas. Con todo lo que hubo en esos últimos días, Roberto no menciona más que
esta única memoria. Y yo les pido que
por favor no lleguen a darme este tipo de consuelo.
Creo que hay algo por allí que estorba nuestra fe en Dios y socava nuestra paz. Tiene muchos nombres. Nos asegura de que lo que nos pasa es lo que nosotros mismos elijamos, si tenemos fe y pensamientos positivos. Nos dice que podemos forzar la mano de Dios con nuestras propias palabras. Pero no. No podemos. Estamos en este mundo, aunque no somos del mundo, y esto significa que debemos llenar los sufrimientos de Cristo. ¿Cómo puedo yo enfrentar esta batalla sin la plena confianza de que Dios me sostiene con sus manos, y de que él envía solamente lo que es bueno y necesario, y de que, sea lo que sea mi estado de ánimo, es él quien me mantiene a salvo? Este es mi pensamiento positivo. Claro, cometemos errores estúpidos y pagamos por ellos. Muchas veces pagamos por los errores de los demás, como cuando ponen demasiado pesticida en mis tomates o demasiados productos químicos en el aire que respiro. Pero para que Jesús nos salve, es necesario que todos seamos conectados de esta forma. Así aunque por el fracaso de una pareja somos todos condenados, ahora la vida de un hombre, somos todos salvos. Él necesita que estemos conectados para que su vida pueda llegar a todos. Eso significa que sufrimos las consecuencias del pecado junto con todos los demás. Claro, Dios anhela sanarnos, y a veces desenmascara su poder por razones propias y nos cura milagrosamente. Pero la mayor parte de las veces, se esconde, y trabaja per medio de médicos desprevenidos. Quiénes muchas veces fallan.
Y Dios llora
cuando lloramos. Sabe que para rescatar este mundo no requiere solamente el
dolor de su Hijo colgado en una cruz, pero también el dolor de todos nosotros,
y él escucha cada gemido. Pidan por mí, valentía. Rían y lloren conmigo, pero
no rechacen lo que Dios requiera de mí. El lo necesita. Yo lo necesito. Y de
alguna manera, por la Gracia, el mundo lo necesita.

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