En la casa hay
silencio completo. Todos los doce miembros (más o menos, dependiendo del día) de
la familia andan fuera. Quedo yo. Alzo la vista por la ventana que corta el
paisaje en dos. Abajo se ve el pasto verde y los tallos secos de maíz que
cubren el frijol recién sembrado, y arriba se ve un cielo azul sin nube alguna.
A la derecha se ven colores--amarillo, rojo, verde, azul, y plata--flores de
metal, las herramientas agrícolas. Roberto se ha ido al Día de Trabajo en la
iglesia, felizmente ocupado, haciendo lo que pueda con la espalda rota y recién
sanada, y yo me quedo en casa, midiendo los latidos irregulares de mi corazón y
esperando a que el dolor en las entrañas se me quite gradualmente con el
desplazamiento del veneno en mi cuerpo. Después de despertarme a las cuatro de
la madrugada, ya he tomado una siesta, probablemente el primero de varios. Es
un día para quedarme adentro, quieta.
Me gustan estos
días de calma. Cuando Roberto no tiene salida, se pone a trabajar en algo productivo,
dedicándose a terminar otro artículo para la revista anabaptista o ponerse al
día en los correos electrónicos e informes. Y él se asegura de que no hay
muchos días sin salida. Se marcha de la casa, en cualquier momento, para encontrar
con quien hablar, para comprar herramientas revendida, o para ayudar a alguna
viudas. Mientras yo me quedo en casa. Y me pongo a contemplar. A mira las
flores de metal por la ventana. Y escribir. Mis mejores pensamientos vienen
durante caminatas lentas y largas, y durante los días callados.
Pensaba que éramos
sólo nosotros los introvertidos que necesitábamos tiempo de calma. Pero me equivocaba. Le estaba ayudando a Janey
desempaquetar cajas de utensilios de cocina, y ella me mostró un trozo de papel
que había encontrado en el piso en algún lado, y que había colgado en el refri.
Dice así: "Su ritmo en la vida es lento y sin prisa." Ella alzaba los
puños en el aire, exclamando ¡SÍ! con los dientes apretados en su manera
enfática. ¡Por fin, algún adivino chino la comprendía! Siempre supuse que con
toda su energía y su sociabilidad, se movería con rapidez todo el tiempo. Pero no es así. Cuando está
limpiando la mesa, o guardando las toallas, o preparando cena, o peor de los
casos, tintando las escaleras, se mueve como caracol. (¿Cómo iba a saber que
cuanto más rápido las tintas, mejor resulta?) Le frustra a ella y me frustra a mí,
que nos apuren. Pero también se frustran nuestros maridos cuando enredamos las
cosas con nuestro paso lento.
También me hace
pensar en mi amiga Katy. Fui a verla bailar en su recital de danza. Katy tiene
sus cuarenta y pico de años y es abuela. Pero ella estaba bailando en el
escenario con otros tres mamás. Creando gracia. Me encantó la función,
especialmente cuando bailaban los jóvenes con su jazz, su dub step, y su
breakdance, pero lo que mejor recuerdo es una pequeñita que salió al principio
de la función. Tenía rizos de color marrón claro, y mejillas rojas, y le habían
pegado alitas de ángel en la espalda con cinta adhesiva color de oro. Era la
hija de una de las maestras. La pequeña volteaba constantemente para ver a su
mama, tratando de imitar sus movimientos, pero no lo lograba, y a nadie le
importaba que ella no podía bailar, porque ella misma era su propia danza
viviente. Y me hizo pensar que el simplemente ser puede ser tan hermosa como el hacer, y los días de calma son buenos días para simplemente ser. N
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